|| Por Bernice Kita, M.M.

La calidad de la misericordia no es forzada, escribió Shakespeare. Tal vez no en sus días, pero durante la guerra civil en Guatemala, sí se forzó y se puso a prueba cuando las familias huían de un ejército inmisericorde.
Viví en Guatemala en los momentos álgidos de esa violencia que supuestamente acabó con los Acuerdos de Paz en 1996. Asistí a muchos funerales de sacerdotes y laicos asesinados. El primero fue el del Padre Maryknoll William Woods, noviembre, 1976. Él trabajaba en Ixcán, un lugar remoto donde familias sin tierras podían comprarlas con pagos de largo plazo y bajos intereses—un proyecto a iniciativa de la Iglesia Católica. No había caminos, escuelas, ni postas médicas. No obstante, los colonizadores trabajaron duro para crear una nueva vida. Woods y algunos amigos con avionetas transportaban colonos a sus tierras, enfermos a los hospitales y las cosechas al mercado.

Al proclamar el derecho de los colonos a sus títulos de propiedad, Woods levantó la ira de oficiales del gobierno. En su último vuelo de la capital a Ixcán, testigos vieron que su avioneta “explotó” entre las montañas. El pueblo nunca olvidó sus vuelos de misericordia y poco después, también fue una víctima que tuvo que huir porque fuerzas del gobierno quemaron las tierras.

Serví por tres años, con otros misioneros Maryknoll, a familias guatemaltecas en el campamento para refugiados Quetzal Edzná, en México, como parte de la Iglesia de Guatemala. Muchos refugiados que habían sido activos en sus parroquias: como catequistas, ministros de la Palabra, dirigentes de cooperativas y líderes que buscaban mejorar la vida de sus comunidades, continuaron sus funciones en el campamento.

Sentada con ellos en su capilla de palos, piso de tierra y techo de hojalata, escuché sus historias de horror. Después de una década recordaban con detalle esas experiencias que se convirtieron en una parte integral de su fe. Antes de irme de Quetzal Edzná, le pedí a algunos de ellos confiarme sus historias. Les prometí una copia mecanografiada para su familia y que, algún día, sus historias serían conocidas más allá de México y Guatemala. Sin dudarlo, me contaron atrocidades cometidas por soldados así como actos valientes de misericordia de mexicanos y soldados guatemaltecos.

Juana me contó del día que su familia huyó a México. Después que ella y sus vecinos se enteraron de una masacre en un pueblo cercano, empacaron todo lo que podían e iniciaron una larga caminata hasta el río Usumacinta, en la frontera con México. Una vecina a punto de dar a luz se quedó con su esposo, esperando morir juntos. Ella estaba sola en casa cuando dos soldados tocaron a su puerta en busca de comida. Les dio lo único que tenía, bananas. Al verla embarazada, uno de los soldados le dijo: “No tenemos órdenes de dañar a nadie, pero tienes que huir por la mañana, porque detrás de nosotros viene un pelotón con órdenes de matar a todos”. Gracias a la buena conciencia de ese soldado, dijo Juana, esa familia se salvó.

Con el ejército guatemalteco cerca, los refugiados tenían que cruzar el ancho río, pero muchos no sabían nadar. Mexicanos con pequeñas embarcaciones los ayudaron a cruzar. Pero eran tantos que para ayudar a algunos un mexicano cruzó nadando el río una y otra vez, hasta quedar exhausto. En su última vuelta no llegó a la costa de Guatemala. La corriente se lo llevó, y él desapareció.

Estoy sorprendida de los riesgos asumidos por extraños y del inmenso valor que tuvieron para realizar actos de misericordia. Me pregunto ¿qué pasó con el soldado que anunció el peligro cuando el pelotón asesino encontró el pueblo vacío? ¿el nadador rescatista habría sido rescatado aguas abajo? Oro para que aquellos que mostraron misericordia hayan recibido misericordia.

Como escribió Shakespeare sobre la misericordia: “Es doblemente bendecida: Bendice a quien la da y a quien la recibe”.

Foto principal: Mujer indígena de Guatemala recibe la comunión en campo de refugiados en México, década 1980.

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