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[googlefont font=“Cormorant Infant” fontsize=”20″]Por Misioneros Maryknoll[/googlefont]

Jubileo de la misericordia

Cuando viví en Santa Rita, una comunidad de reubicación para refugiados en la región de El Petén, al norte de Guatemala, solía visitar a los niños de la escuela primaria durante el recreo. Un día, todos los niños estaban disfrutando de una taza de Incaparina (una bebida rica en proteínas) y una pieza de nuestro propio pan recién hecho en casa. De pronto, uno de los chicos golpeó accidentalmente mi pieza de pan de la mesa y el pan cayó rodando por el piso de tierra. Otro chico lo recogió y me lo dio. Yo me quedé mirando el pan con tierra cuando la pequeña María dijo: “Yo voy a traerle otro”. Se fue y regresó con su taza de Incaparina y una pieza de pan, que me entregó. Cuando me di cuenta que ella me estaba dando su propia pieza de pan, quise devolvérsela. Pero ella insistió en que me quedara con el pan. Así que partimos el pan y lo compartimos. ¡Un momento de misericordia que atesoro!
Martín Shea, M.M.

 

Hace unos años como Hermano Maryknoll asignado a Egipto, trabajé en un hospital del gobierno que sirve a personas con lepra. Zakia era una de las pacientes. Tenía unos 30 años de edad, no era atractiva, tal vez porque no pudo recibir los medicamentos que reducen las deformidades físicas que pueden resultar de la enfermedad. Un día una dama británica que a menudo visitaba y traía regalos a los pacientes, me comentó: “Zakia, es muy femenina, ¿no?” Al principio dudé, pero después respondí: “Sí, lo es”. Yo había estado concentrando en la apariencia externa de Zakia pero esta visitante vio su belleza interior, pues Zakia era amable y cordial. Ese fue un momento de misericordia para mí. Desde entonces, trato de buscar y entender el interior real de la persona que está delante de mí.
Robert Butsch, M.M.

 

Rosa, una hermosa joven que conocí durante mis años de servicio misionero en Sudán del Sur como Hermana Maryknoll, fue atacada atrozmente por un hombre una noche que caminaba de regreso a su humilde casa. Afortunadamente ella y sus amigos fueron capaces de defenderse y luego identificar al malvado atacante.

Posteriormente en el juicio, que fue realizado por los ancianos de la aldea bajo el “árbol de las reuniones” en esta región pobre y aislada del país, el culpable debía ser reprendido con una multa ejemplar para que enmiende sus errores. Sabiendo que Rosa era tan pobre como un ratón de Iglesia, una de nuestras Hermanas Maryknoll le preguntó cuánto estaba pidiendo por la multa. Rosa juiciosamente respondió: “Oh, Hermana, no puedo recibir nada a cambio, de este pobre hombre. Soy cristiana y estoy segura que Dios y Jesucristo lo perdonarían de corazón”.
Joan Sauvigne, M.M.

 

Durante el año pasado en las montañas Nuba de Sudán, donde ofrecí un ministerio pastoral como sacerdote Maryknoll, Hadiya, una viuda, estaba en casa cuando una de las viviendas de una sola habitación con techo de paja de la pequeña comunidad empezó a incendiarse. Sin dudarlo, Hadiya se apresuró a sacar a las dos jóvenes que estaban durmiendo en la vivienda en llamas. Después de este acto de amor y valentía de Hadiya, las tres afectadas fueron llevadas urgentemente al Hospital Madre de la Misericordia, donde las dos jóvenes se recuperaron más rápido que Hadiya, quien pasó ese sufrimiento sin quejarse ni molestarse. Yo como misionero sólo puedo admirarme de la misericordia y la compasión divina de esta gran mujer que arriesgó su vida para salvar la vida de las dos jóvenes.
Thomas Tiscornia, M.M.

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