Misionera Laica Maryknoll ha dedicado su vida a dar de comer a los que tienen hambre

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[googlefont font=“Cormorant Infant” fontsize=”20″]Texto y fotos por Mary Ann Cejka[/googlefont]


Antes de conocer a la Misionera Laica Maryknoll Ann Greig, le tenía un poco de temor. Alta, delgada, adusta, Ann me hacía pensar en un tipo de profeta como Juan el Bautista, quien seguramente vivía de langostas y miel silvestre y gritaba “¡arrepiéntanse!” en el desierto.

En una visita a El Salvador para conocer los ministerios de los Misioneros Laicos de Maryknoll, descubrí que estaba en lo correcto sobre la parte profética. La vida de Ann es un testimonio cabal sobre la primera y más básica de las obras corporales de misericordia: Dar de comer al hambriento. Comparta un tiempo con Ann y notará de inmediato su dedicación por ofrecer alimentos nutritivos a niños en riesgo de malnutrición. Ella decidió hace mucho tiempo dedicar su vida a ese propósito.

Greig demuestra el uso de un producto de soya.

Pero estaba equivocada en decir que Ann inspiraba temor. Nada de ella es rígido o severo. Al contrario, ella es llevadera, humilde y con los pies en la tierra. Ella mastica chicle, engríe a un bien cuidado gato que tiene de mascota y le encanta una buena broma compartida con una buena taza de café.

Ella nació en Missouri pero como “una niña engreída de la marina”, creció “en varios lugares”: Hawái, California, Kansas y Virginia. Su familia finalmente se estableció en Coronado, California, en donde Ann asistió a la secundaria. Inmediatamente después de obtener su bachiller en dietética de la Universidad de California, ella se unió a los Cuerpos de Paz. En su servicio en El Salvador, conoció a los Misioneros Laicos Maryknoll y se unió a ellos en 1982.

la comunidad salvadoreña a producir harina de soya y leche de soya.

La Misionera Laica Maryknoll Ann Greig enseña a las mujeres de la comunidad salvadoreña a producir harina de soya y leche de soya.

Después de 10 años en Perú como misionera laica Maryknoll, Ann regresó a El Salvador en 1993, justo después de la brutal guerra civil de ese país. Pronto se dio cuenta del número alarmante de niños que estaban muriendo, en gran parte debido a una desnutrición crónica. En respuesta, ella y, en ese entonces también misionera laica Maryknoll, Sheila Matthews empezaron lo que Ann llama “un ministerio básico para demostrar cómo se preparan alimentos con soya” en San Ramón, un vecindario empobrecido de rápido crecimiento en San Salvador, la ciudad capital de El Salvador, con el objetivo de incorporar proteína de soya en la dieta de los niños. La soya es barata comparada con otras fuentes de proteína, explica Ann, y nada se desperdicia ya que se puede usar todo el frijol.

Después que dos terremotos estremecieron el país en el 2001, Ann extendió la magnitud del programa y empezó a producir harina de soya para hacer leche de soya y un cereal caliente para el desayuno. Ahora en su tercera década, el programa de soya ha crecido hasta alcanzar 8,500 beneficiarios en El Salvador y sus alrededores rurales; el programa de la sucursal de San Ramón sirve entre 150 a 200 personas—niños, mujeres embarazadas y madres lactantes—por día.

“El hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna”.



El número es importante en el pequeño país de unos 7 millones de habitantes donde, de acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos, 19.2 por ciento de niños menores de 5 años son desnutridos crónicamente, 40.6 por ciento de las familias viven en la pobreza y 12.2 por ciento de ellos en extrema pobreza. Pero son los rostros humanos que sostiene la atención de Ann. Muchos bebés en San Ramón no nacen con peso saludable, ni tienen un desarrollo estable. “¿Sabes qué significa para un niño no tener una nutrición apropiada?” pregunta Ann, su voz llena de intensidad. “¡Eso afecta su desarrollo cerebral! Todo su futuro depende en si consiguen los alimentos adecuados ahora”.

Ann quedó encantada cuando Clara, una joven embarazada del vecindario quien tomó leche de soya durante su embarazo, dio a luz a un saludable varón. Clara también tomó leche de soya mientras daba de lactar a su bebé, y ahora él continua desarrollándose.

Niños tomando leche de soya y en una fiesta donde entretienen a los adultos con bailes tradicionales.

En una atareada esquina de una calle no muy lejos del centro del programa de Soya, una mujer llamada Teresa subsiste a duras penas con su familia vendiendo plátanos tostados en una carretilla. Ella y su esposo, Salomón, tienen cuatro hijas. Salomón es mecánico, quien, como muchos salvadoreños, sólo tiene trabajos esporádicos. El Programa de Soya hace posible que parejas como Teresa y Salomón puedan alimentar a sus familias. La mayoría de las familias pagan $1.50 dólares americanos por semana para subscribirse y recibir una distribución semanal de productos de soya.

Ann y su personal también entrenan a una red de mujeres voluntarias como promotoras de salud para ofrecer educación nutricional en comunidades urbanas y rurales. Ellas llevan bolsas de harina de soya para hacerlas disponibles localmente.
El programa está en camino a convertirse en autosuficiente, siempre desarrollando nuevos productos de soya y creando productos que pueden ser vendidos para generar ingresos para proveer soya a otras familias necesitadas. Ann reporta que el recién llegado Misionero Laico Maryknoll Dwayne Fernandes está brindando una excelente asistencia profesional con este aspecto del programa.

Niños tomando leche de soya y en una fiesta donde entretienen a los adultos con bailes tradicionales.

En una reciente conferencia internacional sobre nutrición en Roma, el Papa Francisco declaró: “El hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna”. El Programa de Soya responde a esa necesidad. En vez de distribuir comida gratis, el programa hace productos de soya disponibles a precios bajos para familias pobres y provee clases en cómo usarlos. El recientemente publicado “manual de soya” ofrece recetas para personas que cocinan con leña y lecciones sobre lo que constituye una dieta balanceada, cómo combinar alimentos para maximizar la nutrición, y formas de evitar enfermedades relacionadas con los alimentos.

Ann dice que lo que la impulsa a seguir adelante es “la esperanza y la resiliencia de la gente salvadoreña”. Ella indica: “Es muy difícil ser pobre, pero estas personas pasaron por una terrible guerra y una serie de desastres naturales; ahora hay una situación complicada con las pandillas y la sequía. Todos estos traumas le causa estragos; sin embargo, no pierden la esperanza”. Tampoco Ann, quien personifica a quienes Jesús llama “bendecidos” por reconocerlo en aquellos que pasan hambre.

La Misionera Laica Maryknoll Ann Greig enseña a las mujeres de la comunidad salvadoreña a producir harina de soya y leche de soya.

Foto principal: Este mural se encuentra en San Ramón, un barrio de San Salvador, El Salvador, donde la Misionera Laica Maryknoll Ann Greig ofrece un programa de alimentación nutritiva a base de soya.
 

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