||

[googlefont font=“Cormorant Infant» fontsize=»20″]Por Deirdre Cornell[/googlefont]

En estos días, estamos viendo fotos, videos y noticias de migrantes y refugiados que han tenido que dejar sus tierras. Algunos están huyendo de la violencia que causan las guerras. Otros huyen de lugares afectados por crisis producidas por cambios ambientales y económicos. Todos forman parte de un éxodo global en busca de un mejor porvenir. En el camino borrascoso, las mujeres y niños son los más desprotegidos.

Fidencia Ernesto Moreira, una joven de 25 años, sabe lo que es emigrar. Cuando era adolescente, vivió una experiencia que le costó su hogar.

Fidencia nació de una madre católica y un padre musulmán en el norte de Mozambique.

En Mozambique, uno de los países más pobres y subdesarrollados de África, las mujeres no salían de sus casas debido al machismo dentro de la cultura, y el peligro en salir sin protección paternal. Sin embargo, la madre de Fidencia era muy activa en su parroquia.

“A mí me gustaba ir… por la música”, dice Fidencia, sonriendo. “Mi madre me decía: ‘Fidencia, todo lo que tú quieres hacer, hazlo. Si tú quieres cantarle a Dios, hazlo. No te preocupes. Dios va a cuidar de ti’”.

Fidencia recuerda otro consejo. “Mi madre usaba un canasto para aventar el trigo que compraba en el mercado. Lo sacudía y lo movía hasta que la paja quedaba afuera y los granos de trigo quedaban adentro. Decía: ‘Hija, así tienes que hacer en la vida. Lo que no sirve, échalo para afuera; conserva lo sano. Hay que saber distinguir entre lo bueno y lo malo—y tener la valentía para echar lo que no convenga’”.

A Fidencia le sirvieron esos consejos. Cuando tenía 14 años, su madre murió de cáncer. “Somos seis hijos en total. Yo era la mayor y la única mujer. A mí me tocó tomar el lugar de mi madre. Tuve que soportar mi tristeza y la de mis hermanos, y también la de mi padre”, dice ella.

Cada día Fidencia preparaba a sus hermanos para la escuela, limpiaba la casa, cocinaba y alistaba el almuerzo que su padre llevaría al trabajo. Además de eso, estudiaba y asistía a su curso técnico.

Un año después, su padre falleció de un derrame cerebral.

“Al igual que mi madre, mi padre también murió en mis brazos”, dice Fidencia. “Ahora realmente nos quedamos huérfanos”.

Como tantas mujeres en el mundo, ella también sufrió la presión de aceptar un matrimonio arreglado. Su tío le dijo que aceptara casarse con un hombre 17 años mayor que ella para solucionar sus problemas. Ella no aceptó. “Mi tío se enojó y me expulsó de la casa”.

Así empezó su historia de migración.

Fidencia acudió a la parroquia, donde recibió ayuda de los feligreses. “Me alojaron en sus casas mientras hacían arreglos para que mi hermanito y yo fuéramos a una escuela de internado”.

Su vida dio una vuelta. “En el internado, disfruté mucho al conocer compañeras de diferentes culturas, etnias y clases sociales”, dice la joven. “Me integré al grupo de oración; llegué a ser líder de reflexión bíblica y a ayudar en la liturgia. ¡Estaba feliz!”

Luegó enfrentó otro reto. “Empecé a sentir cansancio y dolor en mis extremidades. Perdí sentido en las piernas y me caí de las escaleras. Después del accidente, no pude caminar”, cuenta. Pero su alegría no se apagó durante el tiempo que estuvo hospitalizada. “Cantaba en mi cama, aunque no podía bailar como antes”.

Al recuperar su salud y el uso de sus piernas, Fidencia terminó el ciclo escolar en el internado y tomó la decisión de migrar a otra región al sur del país para seguir estudios superiores. “Tuve miedo, soy provinciana y no conocía la ciudad. Pero me acordé de las palabras de mi madre: ‘Dios va a cuidar de ti’”.

Dios cuidó de ella. Fidencia ahora trabaja en la Universidad Católica de Mozambique. Allí conoció un movimiento de mujeres laicas, donde actualmente es coordinadora del grupo de jóvenes. Seguramente, pone al grupo a rezar, reflexionar sobre la Biblia, y a cantar y bailar.

Fidencia y su valentía, superando cada reto con alegría y fe en Dios, me da aliento. Que siga siendo una mujer de valor. Y que Dios cuide a todos los jóvenes que dejan sus lugares de origen en búsqueda de una vida digna.

Foto principal: Fidencia Moreira (izq.) transmite su fe y alegría a compañera Flavia Olimpia Jose Duvane. Abida Jamal/Mozambique.

maryknoll-icon-grey