Hermana Maryknoll comparte experiencia reciente como voluntaria en equipo de paz entre personas desplazadas por la violencia en Iraq

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Caminaba en un campamento de refugiados en Kurdistán, Iraq, cuando los gritos de una niña me estrujaron. “Vi la sangre de mis amigos”, gritaba aterrorizada. Ver la valla roja alrededor del dispensario que una de las ONG (organizaciones no gubernamentales) está construyendo para servir a los refugiados, evocó en la niña recuerdos de sus compañeros de juego muertos en la violenta guerra civil que asola a Siria. Hice mi mejor esfuerzo para calmarla y consolarla, pero me pregunto si el color rojo siempre significará la sangre de amigos asesinados ante sus ojos.

Después conocí a un adolescente con síndrome de Down. Me dijo que quería regresar a su casa para recoger su bicicleta. Su padre me explicó que cuando ISIS irrumpió en la ciudad iraquí de Sinjar, su familia tuvo que correr para salvar sus vidas. Huyeron a las montañas donde pasaron varias semanas escondidos. Ha pasado más de un año, pero el chico sólo piensa en regresar por su bicicleta. No entiende que su pueblo todavía está bajo control ISIS.

Niño consuela a su padre durante protesta de migrantes de Pakistán y Marruecos quienes bloquearon parte de la frontera Grecia Macedonia porque sólo se permitía la entrada de refugiados sirios, iraquíes y afganos.

Estas son sólo dos de las desgarradoras realidades que viven los niños, las cuales presencié el verano pasado cuando hice mi quinto viaje como miembro del Christian Peacemaker Team (CPT) en Kurdistán, al noreste de Iraq. Nuestra misión como cristianos de diversos países y tradiciones religiosas es promover la paz en zonas en conflicto en el mundo. Con personas huyendo de ISIS y disidentes amenazados por su propio gobierno, mi equipo se concentró en trabajar con refugiados y desplazados internos. Tratamos no sólo de ayudarlos a sanar sus heridas emocionales, sino también contarle sus historias al mundo.

Conocí una familia, por ejemplo, que perdió a 36 miembros cuando ISIS invadió su aldea en Sinjar. Quienes no murieron por las balas y granadas de ISIS huyeron a las montañas. Algunos murieron en el peligroso viaje, otros murieron en las montañas, donde el sol caía sobre ellos todo el día y había poca agua y comida. Los supervivientes en el campamento están de luto y se preguntan qué sera de sus vidas. Los visité después que una tormenta de arena había derribado sus tiendas de campaña y todas sus posesiones quedaron esparcidas en el suelo. Me senté con ellos en los escombros y comparé su vida a la mía aquí en Estados Unidos. ¿Qué se sentirá permanecer indefinidamente en un campamento, hacinado, con insuficiente comida y agua, durante más de un año, a la espera y la esperanza de la posibilidad de volver a casa?

Después de llegar a la isla griega de Chios, estos niños refugiados sirios esperan recibir asistencia humanitaria.

¿Qué se siente ser un refugiado en un campamento? Los niños corren alrededor, mientras que los padres tratan de mantenerse ocupado con algunos de los deberes ordinarios de la crianza de los hijos. Vi adultos jóvenes sentados, esperando. Muchos de los jóvenes no tienen trabajo ni oportunidad para ir a la escuela. Ellos simplemente se sientan y esperan.

Un hombre Yazidi me contó una historia trágica. “Cuando ISIS irrumpió en mi aldea”, dijo, “mataron a los hombres y capturaron a las mujeres más jóvenes”. ISIS tiene un concurso, dijo el hombre, el ganador del juego se lleva una chica yazidi como premio. Conocí a muchas de estas jóvenes cuando visité su aldea hace unos años. Estaban llenas de promesas y esperanzas. Ahora, ¿qué será de ellos?

Una parte gratificante de mi tiempo en Kurdistán fue trabajar con un grupo de niños refugiados sirios en un proyecto de arte y paz iniciado por una organización no gubernamental. Los rostros alegres de los niños desmentían cualquier sufrimiento que habían soportado. Varios vestían uniformes escolares, sin duda, los que llevaban cuando estudiaban en Siria. Ellos participaron con entusiasmo en el programa. Para demostrar que el trabajo conjunto es enriquecedor, los miembros del CPT les contamos que veníamos de diferentes países, pero con el mismo sueño. Uno de nosotros era de Polonia, otro de Canadá y yo de Estados Unidos. Somos un equipo de paz, explicamos, que participan en el trabajo de reemplazar la violencia con la paz. Personas de todo el mundo están uniendo sus manos, le dijimos a los niños, en busca de la paz, soñando en cómo sería un mundo en paz.

Entonces, invitándolos a compartir sus sueños, les preguntamos, “¿Cómo es la paz para ti?”
Estas son algunas de las respuestas que recibimos: “La paz es lo que era antes de la Guerra”, dijo un niño. Otro añadió: “La paz para mí es sentarme con mi familia”. Otro dijo: “La paz es como la seguridad, sin que haya policía”, y otro dijo: “La paz es como las palabras amables”, y otro respondió: “La paz es como manejar bicicleta libre y sin miedo”.

Mi esperanza y oración por los niños es que pronto manejen bicicleta libre y sin miedo, y que puedan ver “lo que era antes de la Guerra”. Ellos ya están tomados de la mano a medida que continúan estando juntos en este nuevo hogar.
La Hermana Maryknoll Rosemarie Milazzo, de Brooklyn, Nueva York, ha servido en Kenya y Tanzania y ahora pasa varios meses al año de voluntariado con Christian Peacemaker Teams.

Foto Principal: Refugiados sirios esperan en la frontera cerca a Turquía, junio, 2015. La Conferencia Episcopal Católica de Estados Unidos pide al gobierno darle la bienvenida a los refugiados. CNS/Siria

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