Soy una enfermera de cuidados críticos ya jubilada. Una noche en la sala de Cuidado Coronario Intensivo tuve un paciente que había sufrido un ataque al corazón muy grave, y estaba ocupada equilibrando su dolor con medicamentos mientras que su vida se retrocedía. No había nada más que se podía hacer. Yo conocía a este hombre porque había sido mi paciente muchas veces antes por su corazón. Esa noche él estaba muy agitado, y yo sospechaba que tenia miedo porque su muerte se acercaba. Yo crecí respetando la religión de cada persona, pero me sentí inspirada y finalmente levante el valor para decir: “Yo no quiero ofenderle porque sé que usted es judío, pero yo soy católica y dependemos en la oración al Sagrado Corazón de Jesús. ¿Puedo rezar con usted al Sagrado Corazón de Jesús?” Él me miró con asombro y dijo: “¿Jesús me ama a mí también?” Le dije: “Claro que sí, Jesús ama a cada persona y te quiere mucho”. Vi que sus ojos se iluminaron cuando dijo: “Oremos”. Rece en voz alta por este hombre, pidiendo al Sagrado Corazón de Jesús que le de consuelo y coraje para que sepa lo mucho que es amado. Fue un momento de misericordia por cierto; la misericordia de Dios. Él se relajó visiblemente, acostado en silencio y unas horas más tarde, murió pacíficamente. Supe que él ya estaba en los brazos de Jesús.
Lynn Houston
Melbourne, Florida

Un “momento misericordioso” puede venir cuando menos se espera. Para mí, una experiencia memorable me impacto mucho después de los hechos. Años atrás, yo y otro hermano vicentino hicimos una visita de merced. Dentro de la casa había una familia—una mujer joven con sus dos niños pequeños. No había comida. No había muebles. No había esperanza. No me sentí para nada misericordioso. Sentí que tomaría mucho más que lo poco que podíamos ofrecer ¡para ayudar a esta familia! Incluso después de que le brindamos asistencia, igual me sentí muy mal por esta mujer y sus dos hijos. Fue muchos años más tarde, en un partido de fútbol de la escuela, que abrí los ojos. Aquí fui presentado a una mujer madura y fuerte. Orgullosamente, ella empezó a aplaudir, mientras sus dos hijos estrellas jugaban bajo las brillantes luces de la noche del viernes. Su nombre y los nombres de sus dos hijos me golpearon entre los ojos. ¡Era la misma mujer y sus dos hijos que mi hermano vicentino y yo habíamos asistido hace muchos años! Me imaginé de nuevo mi más sabio y viejo hermano vicentino; cómo veía las cosas de manera diferente. La suya era una confianza y una esperanza para el futuro de esta familia. Ese era el “momento misericordioso” que yo ahora puedo ver claramente.
Jerry Roth
Finneytown, Ohio

Sólo quiero decir algo acerca de tener misericordia por los hombres encerrados en prisión, y especialmente los que pasan noche y día en confinamiento solitario sin posibilidad de salir jamás. Una cadena perpetua de confinamiento solitario es similar a tortura y destruye las mentes de los hombres hasta que se vuelven loco. Esto se supone que es un castigo temporal, pero esta sido abusado en las cárceles del estado de Nueva York y en todo el país. En el estado de Nueva York, yo personalmente conozco el caso de un prisionero, un hombre joven y listo, que fue condenado en su juventud y ahora está sirviendo cadena perpetua de vida en solitario. Creo que pronto va a perder su mente, pero por ahora sus cartas son muy leves y largas. Su nombre es David, y ya no es el mismo joven que fue hace 15 años; creo que su caso debería ser revisado. Yo sé que sin misericordia todos nos convertimos en monstruos. Lo digo en el nombre de Jesús.
Gretchen Groff
Baltimore, Maryland

Gracias por su artículo conmovedor en la revista MARYKNOLL. Yo recuerdo nuestro viaje en los barrios pobres de Kibera en Nairobi el año pasado. Regrese con una sensación de insuficiencia. Su artículo me ha ayudado mucho, para superar esa sensación de impotencia. Cuando me preguntaron ‘¿podrías volver a ir?’ les dije que no creo, que no había nada que podía hacer. Su artículo me dio la sensación de que tal vez estamos ayudando, aun cuando no podemos marcar la diferencia directamente. El apoyo financiero para los misioneros es muy importante, pero tenemos que estar presentes también. Gracias, ahora entiendo. Gracias por todo lo que hacen.
Vernon Davison
San Leandro, Californi
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Como Misioneros Laicos de Maryknoll, en una aldea remota de Tanzania donde servimos, un catequista nos invitó un domingo después del servicio a cenar en su casa. Él, su esposa y sus hijos vivían en un simple bloque de barro, con piso de tierra, techo de lata, en un hogar de dos habitaciones. Tener visitas era un honor especial. Para la ocasión, tomó prestado pequeñas sillas de madera, rústicas y caseras. Los niños corrían dentro y fuera de la habitación mientras charlábamos y, a veces, sentábamos en silencio. Su esposa gentilmente nos sirvió lo que sería para ellos un banquete: ugali, una masa rígida de harina de maíz, y pella derretida para que se moje. Después del lavarnos las manos y decir la gracia, comimos con nuestras manos derechas de los dos platos comunes. Nos sentimos bendecidos por estar tan bien recibidos por esta familia y disfrutamos de esa comida eucarística especial, donde el amor y la misericordia abundaban.
Margo Cambier, MKLM