Enfermos mentales son encadenados y enjaulados
en país asiático

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[googlefont font=“Cormorant Infant” fontsize=”20″]Por Sean Sprague[/googlefont]

Kong Chhoeung, de 53 años, ha estado encadenado a su cama de bambú en el pueblo de Treng Troyeng, Camboya, por 13 años. Demacrado, débil y de mirada embelesada, nunca se levanta para caminar debido a que la cadena puesta en su tobillo izquierdo es demasiado corta. Va al baño al lado de donde duerme, agachándose en el suelo. Su hermana mayor, Kong Mom, limpia sus heces, le trae comida y es la única que lo cuida.

Cuando tenía unos 40 años, Chhoeung mostró signos de enfermedad mental y se volvió violento; atacaba a su familia y agredía sexualmente a las niñas que pasaban por su vivienda rural. Luego trató de quemar la casa. En un país casi sin servicios de salud mental fuera de las ciudades principales, el único recurso de Kong Mom fue encadenarlo en casa, por su seguridad y la de los vecinos. Pero lo que es peor, su hermano menor, Kong Tha, 38, también se volvió un enfermo mental y ha sido encadenado durante un año, fuera de la vista de su hermano mayor. Kong Mom se ocupa de sus dos hermanos encadenados, sobreviviendo con la venta de comida en el mercado, por lo que gana alrededor de 50 centavos al día. La mujer de 58 años de edad, es ingeniosa, pero ya no puede más.

La enfermedad mental es un gran problema en Camboya

Kong Tha 38, también padece una enfermedad mental. Cortesía de Sean Sprague.

“Me molesta esta situación que permite que la gente sufra por tanto tiempo sin el cuidado adecuado,” dice el Padre Kevin Conroy, sacerdote diocesano de Cleveland, Ohio, que ha servido como sacerdote asociado Maryknoll en Camboya durante los últimos 10 años. “Los sacerdotes católicos locales a menudo me cuentan de personas con enfermedades mentales en sus parroquias a las que no tienen manera de ayudar. Siento en mi corazón que son los más pobres entre los pobres”.

La enfermedad mental es un gran problema en este pobre país asiático que se recupera del trauma de la era del régimen de terror de los Jemeres Rojos, bajo el liderazgo de Pol Pot. Más de 2 millones de personas fueron asesinadas, en lo que se conoce como los Campos de la Muerte, a principios de la década de 1970. Debido a que todo tipo de infraestructura y sistema educativo fue destruido, la salud mental no ha sido considerada una prioridad. El gobierno gasta apenas 0.02% de su presupuesto total en la salud mental.

“Antes, la gente no hablaba de los problemas de salud mental debido a la vergüenza y estigma asociados”

El Equipo de Salud Mental y Rehabilitación del Padre Conroy está ayudando a llenar este enorme vacío. “Este equipo surgió de mis años enseñando en la Universidad de Phnom Penh, en el programa de Maestría de Psicología Clínica. Los estudiantes se reunieron y decidimos iniciar un proyecto que ayudaría a los enfermos mentales y educaría a otros en la comunidad. Parece que no tenemos escasez de jóvenes camboyanos que quieren servir a los enfermos mentales”.

El sacerdote de 61 años de edad, tiene conocimiento en salud mental y trabajo social; sirvió en misión en El Salvador durante los tiempos de violencia civil entre 1989 a 1995. Después obtuvo una maestría y luego un doctorado en psicología y consejería clínica antes de venir a Camboya con el programa para sacerdotes asociados que permite a sacerdotes diocesanos servir por un tiempo con Maryknoll para responder a su llamado a la misión en el extranjero.

La enfermedad mental es un gran problema en Camboya. Maryknoll.

Debido a la escasez de servicios de salud mental, las familias se ven obligadas a encadenar a sus seres queridos. Maryknoll ha iniciado un programa para ayudar a estas personas. Cortesía de Sean Sprague.

Una de las ex alumnas del Padre Conroy, Be Bunnary, una joven de 27 años de edad de ojos brillantes, ha estado trabajando con el Equipo Móvil de Salud Mental de Maryknoll y hace frecuentes visitas a las zonas rurales. “La gente no entiende lo que es la salud mental”, dice Be. “Educamos a las comunidades para que puedan entender. Cuando oímos hablar de una persona con problemas mentales, visitamos su casa, realizamos entrevistas y ofrecemos sesiones de consejería; luego convencemos a la familia y al paciente para que vayan a buscar tratamiento en el hospital”.

Muchos camboyanos piensan que los enfermos mentales son seres poseídos por espíritus malignos. “Les tiran agua fría, los golpean con palos o, a veces, los queman para expulsar a los malos espíritus”, dice ella. “Nada de esto funciona; a menudo quedan heridos y se enferman y deprimen más”.

El equipo de Maryknoll anima a los pacientes a buscar tratamiento en hospitales que tienen un servicio de psiquiatría—ya que no todos lo tienen. Los miembros del equipo con frecuencia llevan en su propio vehículo a los pacientes. Poco a poco están logrando resultados positivos, pero el problema es enorme. Los pacientes suelen volver a casa donde son encadenados de nuevo, aunque en un estado sedado, más tranquilos. La esperanza es que algún día se curen. Unos pocos afortunados van del hospital a recibir atención por parte de las Hermanas de la Caridad, que tienen un centro de rehabilitación residencial para estos casos en la capital, Phnom Penh. El Padre Conroy dice que el programa de Maryknoll necesita su propio centro de rehabilitación y tratamiento donde los pacientes puedan permanecer y recibir cuidados continuos.

El programa de Maryknoll resalta la importancia de la participación no sólo de las familias de los enfermos, sino de toda la comunidad para ayudar con la curación. “Cuando llegamos a un pueblo por primera vez, las personas dicen que no tienen esperanzas”, dice el Padre Conroy. “Pero cuando regresamos a ver a la persona varias veces, parece que toda la aldea mejora, suben sus ánimos; y ese sentimiento de desesperanza desaparece. Frecuentemente, cuando las condiciones de la persona con una enfermedad mental mejoran—y ellos empiezan a trabajar y a ser productivos—la economía de la comunidad mejora”. Por esta razón, el Padre Conroy involucra a los líderes de la comunidad y a los trabajadores parroquiales para que reciban un entrenamiento básico y entiendan y sepan lidiar con enfermedades mentales.

“Antes, la gente no hablaba de los problemas de salud mental debido a la vergüenza y el estigma asociados”, dice Leng Hong, una trabajadora parroquial de Kampiong Speu, quien recibió dicho entrenamiento. “Pero ahora más y más casos están siendo revelados mientras tomamos mayor interés. Los líderes de los pueblos se están involucrando y buscando una solución. Esto es nuevo. La gente estaba en la oscuridad antes, pero ahora están empezando a ver la luz, ya que ahora entienden los problemas de la salud mental”.

Foto principal: El Padre Kevin Conroy visita a Kong Chhoeung, 53, un hombre con una enfermedad mental quien debido a su agresividad es repetidamente encadenado en su hogar en una aldea rural en Camboya. (Sean Sprague)

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