Mientras manejaba al aeropuerto de Mwanza, Tanzania, para llevar a un compañero misionero laico Maryknoll, nos encontramos con un lluvia torrencial. Llegamos al aeropuerto sin dificultades pero cuando regresé, no pude cruzar la ruta principal. Una dala dala (camioneta de transporte público) se atascó en el lodo y bloqueó el camino. Los pasajeros y el cobrador de la dala dala trataron de empujar la camioneta pero no pudieron sacarla del lodo. El cobrador me pidió que jalara con mi carro la camioneta, lo que hice. Después no me sentía cómoda manejando en el lodo, temiendo quedarme estancada, pero no conocía otra ruta alterna. Uno de los pasajeros de la dala dala amablemente se subió en mi carro para dirijirme hacía el otro lado del pueblo. Tuvimos que hacer algunos desvíos porque las calles estaban inundadas pero finalmente lo logramos. Una buena acción lleva a la otra.
Debbie Northern, MKLM
 

Vivir en solidaridad con la gente de Nicaragua es para mí ser un puente. Estoy conectada con amigos y familia de Estados Unidos, quienes comparten recursos materiales y espirituales con la gente de este país. Además comparto la belleza de los nicaragüenses. Aunque carecen de recursos materiales, tienen una profunda espiritualidad y valoran la importancia de las personas sobre las cosas, algo que a veces se pierde en sociedades consumistas. Cuando visito casas humildes, me ofrecen un huevo, una fruta o una tortilla. Cuando camino con las mamás, me muestran plantas medicinales y me enseñan los nuevos pájaros mientras escuchamos sus cantos. Estoy conmovida por la forma que me invitan a ser parte de sus vidas, compartiendo sus esperanzas y sueños para sus hijos. Ellas me enseñan a “encontrar a Dios en todas las cosas y en cada una de ellas”.
Katherine Madden, Afiliada Maryknoll
 

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Cada enero, viajo a Nairobi a un retiro y una reunión de Maryknoll. Es una oportunidad para visitar los barrios de Mukuru, donde trabajé por 20 años. Siempre tengo un anhelo especial de visitar la parroquia Holy Spirit, que empezamos con una carpa. Ahora tenemos 2,000 personas en cada una de las tres Misas del domingo. Hace tres años, el área era despejada. Ahora, estamos rodeados por edificios. Son oscuros adentro y los corredores están llenos de ropa colgada en cordeles. Hay que tener cuidado al subir las escaleras. El cemento es desnivelado y a veces no hay baranda. Las mujeres cargan baldes de plástico de cinco galones y lo suben hasta el último piso. Las pistas que conducen a esta área tienen huecos con agua y hay basura hasta las rodillas. Pero el entusiasmo de la gente es contagioso. Imagínate a 1,500 personas aplaudiendo, girando y cantando con toda su fuerza.
John Lange, M.M.
 

Hay un tipo de hormigas en Bolivia que son particularmente feroces. Estas hormigas marchan en fila una junto a la otra y devoran lo que encuentran en su camino. Es mejor dejarlas que sigan su camino. Un día, las Hermanas Maryknoll que sirven aquí descubrieron que unas hormigas estaban marchando por medio de su sala. No muy entusiasmadas, pero sabiendo que las hormigas terminarían su marcha en pocas horas, las Hermanas se fueron a dormir. Cuando despertaron la mañana siguiente, las hormigas ya no estaban, pero el televisor, radio y otras pertenencias de las Hermanas estaban dispersos en el piso de la sala. Las Hermanas asumieron que un ladrón entró a su casa en la noche y pisó el camino por donde pasaban las hormigas. Ahí fue cuando los ladrones soltaron las pertenencias de las Hermanas e hicieron una fuga relámpago.
Joyce Hylazewski, M.M.
 

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