Caminaba a la bodega un sábado por la mañana aquí en Mombasa, Kenya, donde sirvo como misionera laica Maryknoll, cuando vi a Asha en la esquina con sus dos hijos adolescentes. Ella y su familia abandonaron Yemen el año pasado a causa de la guerra y viven en la planta baja de la casa donde vivo. Como Asha estaba hablando por teléfono, sólo pasé y decidí no interrumpirla. Unos minutos después sentí un brazo alrededor de mi hombro. Miré y vi a Asha sonreír plenamente. Puse mi brazo alrededor de su cintura y seguimos caminando tomadas del brazo y charlando. Hemos debido llamar la atención. Ella tiene 40 años, y vestía un hijab negro (velo y manta que usan las mujeres musulmanas). Yo tengo 60 años, y vestía un pantalón blanco y una camiseta con la imagen de Monseñor Oscar Romero en la parte frontal y una de sus citas en español impresa en la parte de atrás. Nuestra amistad hace visible el amor de un Dios que ambas profesamos y creemos.
Susan Nagele, MKLM

 

En algún momento creí que uno no podía cruzar el mismo río dos veces, porque el agua, como el tiempo, sigue fluyendo. Pensé que, después de servir en la aldea guatemalteca de San Andrés Sajcabajá de 1992 a 1998, no iba a regresar. Sin embargo, aunque el río siga fluyendo, el lecho del río permanece. Del mismo modo, aunque el tiempo siga fluyendo, la vida permanece. Así que estoy aquí, de vuelta en San Andrés.

En mis primeros días quedé asombrada pues las personas me reconocían y se acercaban a mí en la calle. Una joven madre dijo que ella y otras pequeñas niñas bailaron una danza nativa el día de mi despedida en 1998. Ahora ella tiene una hija de la misma edad que ella tenía cuando me fui. Nery, el recién electo alcalde, se acercó para darme la bienvenida otra vez. Él fue mi profesor del idioma quiché en 1992. Roberto, el pequeño niño que ayudé a deshacerse de una tenaz infección al oído, es ahora un profesor, entusiasta de continuar sus estudios. Me llena de humildad saber que muchas personas me recuerdan mientras me dan la bienvenida de nuevo al río de sus vidas.
Bernice Kita, M.M.
relatos-misioneros-novemeber-17-2

 

Un catequista de una aldea remota en Tanzania en donde mi esposo Erik y yo servimos como misioneros laicos Maryknoll nos invitó a su casa un domingo. Su esposa, hijos y él vivían en una simple casa de adobe de dos habitaciones. Tener invitados en casa era un honor especial para ellos. Para la ocasión, él prestó unas pequeñas sillas plegables de madera rústica. Los niños corrían dentro y fuera de la habitación mientras conversábamos y por momentos nos sentábamos en silencio. Su esposa gentilmente nos sirvió lo que sería para ellos un festín, ugali (puré de harina de maíz) y manteca derretida donde se mezcla el ugali. Después de lavarnos las manos y dar gracias por los alimentos, comimos de un plato común. Nos sentimos bendecidos al ser bienvenidos por esta familia y disfrutamos esta comida especial donde el amor y la misericordia abundaron.
Margo Cambier, MKLM

 

Parte de la realidad de estar en misión en Mwanza, Tanzania, es la necesidad de tener un guardián de la casa por las noches. Ashley, mi esposa y misionera laica Maryknoll, y yo hemos empleado a un joven, Faraja, cuyo nombre significa “consolar” en swahili. Faraja y yo tenemos la misma conversación a diario. Le pregunto cómo estuvo la noche y él alegremente responde, “Dios me está ayudando, Michael. Dios está conmigo”. Esto, a menudo me hace pensar: “¿Quién es el misionero?” Recientemente, su esposa dio a luz a su segundo hijo. Además de un nombre de la etnia, muchos niños en Tanzania también reciben un nombre cristiano. Faraja me preguntó si le podía hacer el honor de visitar a su familia y darle un nombre a su hijo. Inspirados en su saludo diario, Ashley y yo escogimos Emanuel, que significa “Dios está con nosotros”.
Michael Leen, MKLM
maryknoll-icon-grey