Ni la guerra ni la enfermedad impiden que una Hermana Maryknoll alivie las vidas de las personas a las que ha servido en misión en tres continentes

|| Por Mary Ellen Manz, M.M.

Teníamos sólo unos días de haber regresado a Sudán, después de haber sido expulsadas de Juba el año anterior, cuando Judith, una de las jóvenes que trabajaban en la clínica improvisada le dijo a la Hermana Joan Sauvigne que había un anciano moribundo y solo en su cabaña de barro. Se fueron a ver lo que podrían hacer para que se sienta más cómodo. Sin conocer el idioma, excepto el lenguaje del amor, la Hermana Sauvigne decidió ir cada mañana, en su camino a la clínica, y cada tarde, en su camino de regreso, visitar a José para atender sus necesidades y darle de comer. El murió unas semanas después. Con la ayuda de Judith y el párroco, la Hermana se encargó de su entierro. Así es esta misionera. De sí misma que una vez entre risas dijo: “Creo que soy extrovertida. ¡Me encanta la naturaleza, lugares de campo, los animales, las aves y por supuesto las personas! Yo estoy aquí para dar testimonio de que así como es tan agradable, ella también es una luchadora tenaz por los derechos de los oprimidos y los más débiles, incluso si eso le genera una situación de riesgo para ella misma; y siempre estará dispuesta a atrapar a los insectos y dejarlos al aire libre en lugar de matarlos.

En 1992 cuatro Hermanas Maryknoll que trabajábamos en la Arquidiócesis de Juba en el sur de Sudán fuimos obligadas a abandonar el país órdenes de las fuerzas de seguridad del gobierno. Para junio de 1993, estábamos listos para regresar a Sudán, pero en la Diócesis de Torit, que estaba bajo el control del Ejército de Liberación Popular de Sudán (SPLA). Esta vez, la Hermana Joan Sauvigne, que anteriormente había servido en Corea del Sur durante 31 años desde el momento en que el conflicto de Corea terminó, vino con nosotras.

 

Hermanas Maryknoll llevan consuelo y ayuda a los más oprimidos y débiles, como este niño, en Sudán del Sur.

Hermanas Maryknoll llevan consuelo y ayuda a los más oprimidos y débiles, como este niño, en Sudán del Sur.

En Corea, ella cuidó refugiados que huyeron de Corea del Norte a Pusan, en la clínica de las Hermanas y el Hospital de Maryknoll; trabajó en una clínica de pacientes externos y luego se trasladó a la isla de Pengyong donde realizó ministerios de educación y enfermería. En 1974, ella y otras dos Hermanas Maryknoll atendieron a los enfermos de lepra en el Hospital Nacional de Lepra en la Isla Sorokdo. Ella recuerda haberse horrorizado al principio, al ver la terrible desfiguración de muchos de los pacientes, pero luego dice: “Pero una vez que llegué a conocerlos, lo único que vi fue la hermosa gente que son”.

La Hermana Sauvigne dejó Sorokdo en 1984 para cuidar a su madre, que se estaba recuperando de un derrame cerebral. Ella aprendió a conducir—para horror de sus hermanos—para poder estar con su madre en Williston Park, Long Island, por la mañana y volver a trabajar en el asilo de ancianos de las Hermanas Maryknoll a las 5:00 de la tarde. Cuando su madre murió en 1993, la Hermana Saivugne le preguntaron sus planes para el futuro. Ella dijo, “quiero ir donde puedo dar de comer, trabajar y servir a los más pobres”.

Así fue que la Hermana Joan Sauvigne, a la edad de 67 años, se embarcó en una misión completamente nueva. Esta vez fue al continente africano, a Sudán, un país desgarrado por una guerra civil, y con una cultura muy diferente a la de Asia, en todos los sentidos. Sin embargo, esta nativa de Nueva York se sintió como pez en el agua y nadie pudo estar mejor preparada que ella para su ministerio de curación de los enfermos.

lifetime of Healing, Maryknoll Sisters

Asistiendo a pacientes con lepra en la Isla Sorokdo, Corea del Sur.

Durante los próximos 15 años, trabajamos juntas en tres lugares diferentes, siendo el primero Loa, donde después de sólo siete meses de misión entre la etnia Madi tuvimos que empacar todo en nuestra camioneta de manera inmediata y evacuar el lugar antes que las fuerzas de combate llegaran allí. El Obispo Paride Taban de la Diócesis de Torit luego nos asignó a Chukudum entre la tribu didinga. La clínica allí había sido gravemente dañada y necesitaba reparación.

La Hermana Sauvigne lo describe así: “Cuando la hermana Marilyn Norris y yo empezamos nuestra labor clínica en Chukudum, la habitación la que usamos no tenía ventanas. Estaba llena de gente con nosotras, 3 auxiliares, 2 traductores y 12 pacientes que alineados en las paredes. La habitación era tan oscura y, por supuesto, la gente es muy de piel oscura, por lo que todo lo que podíamos ver de ellos cuando entraban por primera vez era sus relucientes dientes blancos, ya que nos sonrieron en señal de bienvenida”. Afortunadamente, la clínica bombardeada fue reparada unos meses más tarde y las cosas mejoraron. Ella continúa: “Los primeros seis meses fueron una tremenda lucha para capacitar al personal, pero con el tiempo, estábamos viendo entre 200 y 250 pacientes al día”.

Aunque ser bombardeados por aviones Antonov no era inusual, en abril de 1999 la lucha llegó a nuestra zona y nos vimos obligadas a evacuar una vez más. La pregunta más importante en nuestra mente fue: “¿A dónde nos está enviando el Señor esta vez?” Todavía queríamos servir a nuestras hermanas y hermanos sudaneses queridos.

Resultó ser un lugar muy lejano llamado Nanyangachor, entre la tribu Toposa, en la frontera entre Etiopía y Kenya. Las personas son pastores nómadas que no tenían acceso a ayuda médica ni educación para sus hijos. Así que, a petición del obispo Taban y la Sociedad Misionera de San Patricio de Irlanda, la Hermana Norris, la Hermana Sauvigne y la Misionera Laica Maryknoll y Dra. Susan Nagle, establecieron una clínica rústica en dos tiendas de campaña y una cabaña con techo de paja. Yo, trabajé con varios profesores de Kenya, e iniciamos una escuela de primer grado en chozas. Cada clavo, saco de cemento y material para la construcción necesitaba ser cargado desde Kenya. Sólo había una pista para cualquier vehículo a seguir para llegar allí y que significaba cruzar zonas pantanosas y lechos de ríos de alrededor de 150 millas de la frontera de Keniya en Lokichoggio. El viaje duraba 12 horas en un día seco. En la temporada de lluvias podría tomar días o semanas y era más inteligente quedarse en casa. Pero esta misionera valiente de más de 70 años hizo ese viaje muchas veces durante los 8 años que estuvimos allí para salvar las vidas de los pacientes que necesitaban más ayuda que la que el muy aislada centro de salud era capaz de proporcionar.

Lifetime of Healing, Toposa children South Sudan

La Hermana Mary Ellen Manz rodeada de estudiantes de la aldea Nanyangachor, Sudán. (S.Sprague/S. Sudan)

Pero nunca fue demasiado para ella y ella nos hacía reír contándonos los incidentes durante esos viajes. En una ocasión hizo el peligroso viaje con una mujer a punto de dar a luz. Ellos estaban atrapados en el lodo profundo durante dos días y cuando ella trató de salir del coche sus zapatos se quedaron atorados en el lodo. Cuando

finalmente llegaron al hospital de campaña de la Cruz Roja de Kenya, la mujer dio a luz debajo de un árbol, pues tenía miedo de sentarse en una cama. Las camas eran algo desconocido para nuestra gente—que prefería la seguridad de estar en tierra firme.

Durante nuestros años allí varios niños huérfanos heridos fueron llevados a la clínica casi a punto de morir. La Hermana los cuidó hasta que sanaron, les tomó bajo su protección, se encargó de que fueran a la escuela, y durante el tiempo de vacaciones el centro de salud se convirtió en su hogar. Para ellos, la Hermana Sauvigne era realmente su madre.

A finales de 2007, sólo dos de nosotras quedamos trabajando en Nanyangachor, ya que la Hermana había muerto repentinamente de cáncer en 2006. Once niños en la primera clase de 8º grado de la escuela graduada y una comunidad de Franciscanos de Kenya llegaron a hacerse cargo de las obras que habíamos comenzado. Ya era hora de seguir adelante y ver lo que Dios ya tenía reservado para nosotras.

Ahora puedo encontrar a la Hermana Sauvigne a las 7:30 todas las mañanas, en el tercer o cuarto piso de la Unidad de Cuidados en el hogar para Hermanas Maryknoll donde ella es una miembro activo de las Hermanas del equipo pastoral. Ella ya no realiza cuidado de enfermería, sino es una agente de pastoral que se extiende a sus Hermanas que están más necesitadas de su amor y amistad. Ella es sacristán de la capilla y sigue siendo una amante empedernido de los animales, cuidando de cinco cacatúas, 2 cotorras, un pájaro azul y 2 gatos. Ahora a sus 90 años de edad, ella admite que es momento para más oración y tardes de siesta.

 

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