Cuando se trata del Miércoles de Ceniza, definitivamente soy de “la escuela vieja”. No tengo nada en contra de decirle a la gente—o escuchar—”¡Arrepiéntanse y crean en las Buenas Nuevas!”, Pero esta admonición carece de la sobria y desgarradora: “Porque eres polvo y al polvo volverás”.

Todos, y cada uno, vamos a morir. Pasamos mucho tiempo y energía evitando esta verdad. Por eso es aún más importante que la Iglesia nos enfrente con esto al entrar en la santa temporada de Cuaresma. El Miércoles de Ceniza llevamos la marca de la cruz en nuestras frentes como un recordatorio para todos: usa tu tiempo sabiamente.

Saber que un día moriremos da lugar a las preguntas eternas: ¿De dónde vengo? ¿A dónde iré? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y cuál es el significado de la vida? Las grandes novelas, pinturas, poesía, esculturas, sinfonías y canciones intentan responder a estas preguntas, elevando nuestros espíritus y pareciendo trascender la muerte.

Sin embargo, la maldición de nuestra presciencia de la muerte también da lugar al lado más oscuro de la existencia humana: apuestas, consumo excesivo de alcohol, drogas, promiscuidad, pornografía, violencia, y en los últimos años, Internet, cualquier cosa que nos impida pensar demasiado en la muerte. Incluso el trabajo puede ser un intento para llenar el vacío en nuestros corazones.

La Cuaresma comienza, no ayudándonos a huir, ignorar o disimular nuestra mortalidad, sino afrontándola audazmente. La religión, cuando se entiende y se practica adecuadamente, es un llamado para estar completamente despierto y consciente. De esta manera, nuestros sacrificios de Cuaresma nos despojan del desorden emocional con el cual las cosas y los hábitos nublan nuestros pensamientos para poder concentrarnos y apreciar lo que realmente importa.

Aquí también soy de la “escuela vieja”. No tengo nada en contra de hacer el bien y decir oraciones adicionales durante la Cuaresma. Esto debe hacerse de todos modos, durante todo el año. Pero la Cuaresma nos invita a apagar el “piloto automático” de nuestras vidas y a acercarnos a nuestro día con atención y desapego.

Por ejemplo, en lugar de beber diez tazas de café cada día, dejo de tomarlo por completo. Claro que es difícil. Trato de no irritarme demasiado. (Como un colega observó: “¡Cada vez que renunciamos al café, hacemos penitencia!”). Me es difícil mantenerme despierto después de las 8 p.m. durante esos 40 días descafeinado. Pero cuando llega el Jueves Santo (y la Cuaresma termina oficialmente), yo felizmente saboreo esa primera taza de café, dando gracias a Dios por esta bebida tan sublime.

El ayuno y la abstinencia no debe hacernos sentir orgullosos de ser penitentes, sino más bien promover la solidaridad con los menos afortunados, especialmente si donamos el costo de esa hamburguesa con queso o de ese café latte a un comedor comunitario. Luego, en el Jueves Santo, cada bocado de comida nos hace recordar—y estar agradecidos—por la comida celestial suprema: la Eucaristía.

En su núcleo, el Miércoles de Ceniza y la Cuaresma son actos de discipulado en los que recogemos la cruz de nuestra mortalidad y seguimos a Jesús hasta el Calvario. Jesús no quita la muerte—como no quita el pecado—sino que a través de su Cruz deja sin colmillos al miedo paralizante de la muerte y por lo tanto desinfla el poder del pecado.

Sí, somos polvo. ¡Polvo de estrellas! En la fe abrazamos nuestra mortalidad, confiando en que Aquel que nos ha formado de la materia de las estrellas y nos ha creado en la imagen divina también nos levantará en el Día Final.

Foto principal: Una mujer recibe cenizas en la Iglesia de San Francisco de Asís en la ciudad de Nueva York. Octavio Durán/Nueva York

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