A raíz del problema pastoral originado por el surgimiento de las llamadas “Iglesias plurinacionales” en Bolivia, la Arquidiócesis de Cochabamba organizó reuniones para analizar el tema. Nos dimos cuenta que el problema no eran estos “grupos religiosos”, que provocan confusión entre los fieles, sino que nuestro estilo pastoral no estaba respondiendo a la realidad que vive el pueblo.

En las reuniones, el arzobispo me pidió que asesore cómo gestionar la renovación misionera en la diócesis. Le propuse recuperar la práctica de lo que se conoce en América Latina, como Comunidades Eclesiales de Base (CEB).

Puse como ejemplo cómo se vive celebra y comparte la vida en una CEB de la Parroquia Santa Vera Cruz, al sur de la Ciudad de Cochabamba. Esta CEB está a un kilómetro de la sede parroquial, subiendo un cerro y vecina a una refinería de petróleo; está compuesta por familias que se han ido asentando en el lugar en los últimos 20 años—la mayoría migrantes de otros departamentos y áreas rurales de Bolivia.

Hay tres espacios de encuentro y construcción de la comunidad: La celebración Eucarística dominical; la cena del grupo nuclear de los sábados; y el Apoyo Escolar—un programa parroquial para después de la escuela (ver edición anterior).

Los domingos somos pocos en la celebración, sólo un puñado fiel que busca el consuelo y la fuerza de Dios: Don Julio y señora vienen a rezar por su hija que ha muerto recientemente; doña Elba viene a ser rociada con agua bendita para que desaparezcan sus dolores físicos; la catequista, su esposo y su hijita para agradecer la vida ya que casi mueren las dos en el parto; un seminarista que busca insertarse en la cultura boliviana; otra señora viene con su nietito al que ayuda a criar, ya que su hija lo tuvo de adolescente; una joven que pide fuerza para superar la violencia que vive en su familia; y otros quienes rezan por sus difuntos, enfermos u otras necesidades.

¿Qué realidades están detrás? La soledad y situación de precariedad de los adultos mayores; la deficiente atención médica; la violencia intrafamiliar; la realidad de jóvenes y adolescentes; la dificultad de los migrantes para integrarse en la nueva sociedad a la que llegan; la búsqueda de unidad y solidaridad. Esto es lo que rezamos y celebramos. Es por lo que pedimos y nos acompañamos. La CEB no está concentrada en ser muchos, sino en estar al lado de aquellos que necesitan una palabra o ayuda solidaria. Ahí descubrimos la presencia de Jesús, y la Eucaristía nos da fuerza para seguir cuidando la vida de quienes sufren.

La CEB continúa en la calle y la cena de los sábados. En los barrios, la calle es el espacio de encuentro donde se pregunta por el horario de las Misas, se pide una bendición o se hacen consultan. Mucho de la vida religiosa en Bolivia ocurre en las casas cuando se pide la bendición para la familia, se reza por el aniversario de un difunto, o se visita a algún enfermo.

Los sábados abrimos las puertas de la casa parroquial para compartir una cena con quienes quieran. Nos reunimos con el pequeño grupo nuclear y allí se disfrutan momentos de alegría, juegos, se disciernen desafíos pastorales, se comparten problemas y se celebran momentos importantes en la vida de las personas.

Muchas veces me he preguntado ¿para qué sirve este esfuerzo si hay tan poca participación? ¿Son las CEB una respuesta a la renovación misionera? El Papa Francisco nos da dos claves para responder estas preguntas: las periferias existenciales y el cuidado de toda la vida. Las CEB están en las periferias existenciales y allí la vida es celebrada, llorada, cuidada o sostenida. Allí, todos tienen nombre y apellido, su identidad e historia es conocida y valorada por todos y los problemas son asumidos comunitariamente.

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