Niños en Tanzania son bendición para misionera laica

Vivo en la mitad de un dúplex recién construido encima de lo que puede ser la colina más alta de Mwanza, Tanzania. Viajo a pie y uso las daladalas (minivans) y pikipikis (motocicletas) en esta área. No hay camino pavimentado, y sólo algunos caminos ligeramente desgastados serpenteando a través de las enormes rocas y las cavernas golpeadas por la lluvia.

Cada día es una experiencia de terreno accidentado, ya que vamos cuesta arriba y abajo por el terreno más áspero de Mwanza. Después de veinte minutos, llego a la carretera pavimentada en el fondo de la colina para llegar al Kindergarten Shaloom (pronunciado “Shalom” y que significa paz).

No importa cuán temprano en la mañana sea, 13 estudiantes, todos pobres y muchos huérfanos, corren a la puerta para reunirse conmigo y comenzar su día escolar. Entramos juntos y, como es la costumbre local, nos quitamos los zapatos—los de ellos la mayoría rotos—y los alineamos por la puerta.

Luego, los niños balancean suavemente los pies un poco mientras se sientan en las sillas de la clase. Dirijo una oración espontánea que cristianos y musulmanes hacen eco por igual. Mi gramática kiswahili es áspera, pero los niños valientemente perciben el significado más profundo, o por lo menos simplemente me siguen.

Después, los llamo uno por uno para elegir un rompecabezas, un conjunto de bloques o tarjetas, un libro, o algo así, para disfrutar la primera hora. Tengo la bendición de emplear a dos mujeres de Mwanza. Rehema es mi co-maestra.

Misionera Carpenter acompañada de otros voluntarios y trabajadores del kindergarten.

Aunque su educación es escasa, sus talentos son grandes. Ella comienza guiando a los niños en el juego. Mamá Jerad, la madre de nuestro estudiante Jerad, recientemente comenzó a cocinar y limpiar para nosotros. Ella es sorda y su vida ha sido muy difícil.

Afortunadamente, pudimos ofrecerle un trabajo. Limpia vigorosamente y lo hace bien. Ella está aprendiendo el ritmo de hervir mucha agua para purificarla y beberla cada mañana y a preparar los alimentos y bebidas de los niños.

Me siento muy bendecida de estar aquí con estos hermosos niños.

Rehema y yo disfrutamos dirigiendo a los niños a través de dos o tres lecciones cada día—enfocándonos en lectura, escritura y aritmética. Gracias a las Hermanas Dominicas y a otros educadores aprendí habilidades de enseñanza, tengo mucho de qué aprovechar para preparar nuestras lecciones. Rehema añade su sabiduría maternal y su conocimientos por experiencia.

Sam Stanton, director ejecutivo de los Misioneros Laicos Maryknoll, interactúa con estudiantes durante una actividad escolar.

El día incluye canciones, danzas, juegos al aire libre, y un tiempo apacible para dibujar y pintar. A veces, cuando están al aire libre, los niños se reúnen espontáneamente. Uno se para sobre una roca y comienza un canto animado. Los demás responden.

Cuando el canto es acerca de un león persiguiendo a otros animales, en cierto ritmo, muchos de los niños corren a máxima velocidad para tratar de capturar a dos “leones” designados. Cuando los escucho, siento como si estuviera escuchando canciones con cientos de años de antigüedad, y casi puedo sentir el ritmo de los tambores.

Al final del día escolar, Rehema y yo generalmente caminamos juntas a los daladalas, hablando sobre los estudiantes y lo que pueden necesitar.

A veces, una chica muy callada, Zainabu, permanece en el aula un poco más que el resto. “Tengo hambre”, susurra. Su voz es tan suave que debo poner mi oído en sus labios para escuchar. Ambos padres murieron. Ella es delgada. De vez en cuando, hemos podido enviarla a casa con una bolsa de arroz.

Un niño alegre, Mikaeli, se retira del resto y se sienta y llora. Él también es muy delgado. “Probablemente tiene hambre”, me dice Rehema, o “probablemente hay problemas en su casa”. También lo hemos enviado a casa con arroz. Otro niño se sienta rascando su piel herida.

Sus ojos se agrandan al mirar a la pizarra. Como la mayoría de los padres o tutores de nuestros hijos, su madre no puede permitirse el lujo de llevarlo al médico o comprar medicina. Hemos podido ayudarlo a través de su crisis de salud.

Aparte de educar a los niños también se ofrece alimentación y atención médica.

La malaria es un problema constante para la población de Mwanza, al igual que otras enfermedades. Para padres y cuidadores empobrecidos, como los de nuestro Kindergarten Shaloom, los costos médicos son increíblemente altos. Los niños mueren con frecuencia. Calladamente hemos proporcionado atención médica a muchos de nuestros estudiantes, pero definitivamente más necesidades médicas surgirán cada mes. Esperamos continuar con este servicio.

Los regalos que recibimos de nuestros familiares y amigos en Estados Unidos nos permiten comprar materiales de aprendizaje y de arte, pelotas y cuerdas de saltar, tiza y pizarras. Contratamos a un plomero para llevar agua corriente al fregadero de la cocina.

Hemos comprado gas y otras necesidades para que podamos cocinar. Hemos reemplazado los vidrios rotos de las ventanas, las cerraduras y las bisagras, para que ya no nos inunden las fuertes lluvias.

Ofrecemos comida nutritiva todos los días para los niños —fruta, avena, un huevo y un bizcocho junto con agua limpia. ¡Nunca ha quedado una migaja en un plato! Estos niños, y quienes los crían, tienen hambre.

“Me siento muy bendecida de estar aquí con estos hermosos niños”.

 

Tenemos esperanzas, si recibimos regalos en abundancia, de añadir una segunda aula al aire libre. También nos gustaría enviar a niños con un paquete de frijoles o arroz a casa más a menudo, sobre todo para las familias que sufren los dolores del hambre.

Actualmente, proporcionamos atención médica según sea necesario y los salarios de Rehema y Mama Jerad les permiten comprar alimentos para sus familias y asegurar que sus hijos puedan asistir a la escuela.

Tenemos la esperanza de que podamos continuar Kindergarten Shaloom en los próximos años. Este es nuestro octavo año, y los padres locales están muy agradecidos con nosotros.

Nuestro grupo actual entrará al primer grado el próximo año en escuelas deterioradas y con 50 a 100 compañeros en cada salón de clase, sin libros y sin suministros. En estas condiciones, muchos niños, quizás incluso la mitad, no aprenderán ni siquiera los fundamentos básicos.

Sin embargo, después de una buena fundación en el jardín de infantes donde aprenden a leer, escribir y calcular, nuestros niños de Kindergarten Shaloom entran al primer grado con fortalezas. A pesar de estos desafíos que enfrentan, a menudo nos alegramos al oír lo bien que le va a los niños de Shaloom en los siguientes años.

Foto principal: Sonriente misionera laica Susana Carpenter y co-maestra Rehema (izq.) educan a niños del Kindergarten Shaloom en Mwanza, Tanzania.

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