Pentecostés, posiblemente el acontecimiento más significativo del calendario cristiano, parece, paradójicamente, casi pasado por alto. No hay tarjetas, ni árboles, ni huevos de colores. ¡Pero desborda más regalos que la Navidad y arde con fuego divino en lugar de luces eléctricas!

Después de la muerte de Jesús, los discípulos estuvieron avergonzados, asustados y desalentados. Después de Su Resurrección y posteriores apariciones, estaban jubilosos. Pero después de Su Ascensión se sintieron huérfanos por segunda vez. No importaba lo que creyeran—o lo que vieran—carecieron de la convicción y el coraje para actuar sobre sus creencias.

Cincuenta días después de la Pascua, los discípulos celebraron la fiesta de las Semanas que conmemora la entrega de la Ley a Moisés en el Monte Sinaí. Los discípulos conocían la Ley y las profecías. Creían firmemente que Jesús había resucitado. Sabían que esta buena noticia era para todas las naciones. Pero conocer y creer es una cosa; vivir y hacer es algo muy diferente.

Y así, se unieron en la fe—y en el miedo. Pero esta vez ocurrió algo maravilloso. Lucas nos dice en Hechos de los Apóstoles (2,1-13) que la casa donde estaban comenzó a temblar como por un viento poderoso. Lenguas de fuego cayeron sobre cada uno. Llenos de nada menos que el mismo Espíritu de Dios, salieron a las calles de Jerusalén y predicaron un mensaje muy radical y peligroso: Jesús, el Crucificado, es el Mesías y ha resucitado.

Lucas describe cómo los apóstoles empezaron a hablar en diferentes idiomas, para que personas de todo el mundo los entendieran en su propia lengua. Fue un milagro de dos partes: los apóstoles hablando y el pueblo entendiendo.

Si no hubiera sido por Pentecostés, nunca hubiéramos oído hablar de Jesús, Su enseñanza, Su muerte salvífica y Su resurrección gloriosa. El Espíritu Santo capacitó a los tímidos apóstoles a proclamar audazmente este mensaje, a pesar de los peligros. Y he aquí un mayor misterio: ¡Pentecostés continúa hoy!

Nosotros celebramos la Navidad y celebramos la Pascua; pero participamos en Pentecostés.

El Espíritu Santo nos da dones de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y temor de Dios. Y el fruto del Espíritu es: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, fidelidad, mansedumbre y temperancia”. (Gálatas 5, 22-23)

Dios continúa derramando ese Espíritu alrededor del mundo. Seguramente el mismo Espíritu Santo que transformó al Arzobispo Oscar Romero en un héroe de los oprimidos también le dio poder a Malala Yousafzai para que pidiera la educación de chicas musulmanas; y al Dalai Lama para que reaccione a amenazas con humor, sabiduría y oraciones.

Hemos sido bendecidos con innumerables testigos del Reino de Dios como la Madre Teresa, la Hermana Dorothy Stang, Rosa Parks, el Padre Stanley Rother, Dorothy Day y Julius Nyerere. Y estos son sólo los más famosos. Nuestras comunidades cuentan con gente llena del Espíritu que nos inspiran y animan.

El punto de Pentecostés es: Dios continúa derramando su Espíritu sobre los pueblos, como hace 2,000 años. Conocemos los mandamientos. El Señor nos dijo que amemos a nuestros enemigos, que perdonemos 70 veces siete veces y que tratemos a todos como hermanos. Sabemos lo que Dios requiere de nosotros, pero carecemos la convicción y el coraje para actuar. La Buena Nueva es: Jesús no nos dejó solos. Él envió al Espíritu Santo para que nos capacitara para vivir realmente el Evangelio en nuestro tiempo. ¡El Reino de Dios está a nuestro alcance!

Foto principal: En Pentecostés, 50 días después de la Pascua, el Espíritu Santo se posó sobre los apóstoles.

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