Mientras asistía a una conferencia interreligiosa nacional en Kanyakumari en el estado de Tamil Nadu en el extremo sur de la India, tuve el placer de visitar a una familia católica, quienes eran conocidos de un amigo de mi vecindario. A mi llegada, el señor Christal con su esposa e hijas me recibieron gentilmente para una agradable estadía de una noche en su hogar. Temprano al día siguiente me dijeron que una de sus hijas adolescentes había inventado algo especial para mi desayuno: grandes pedazos de pan, empapados en huevos batidos y luego fritos. ¡Talán!, “Tostada francesa del sur de la India a la John Martin”.
John P. Martin, M.M.

Sean Sprague/Brasil

Después de una extensa reunión sobre reforma penitenciaría para mujeres con colegas de la oficina de defensoría pública en el centro de São Paulo, Brasil, decidí caminar a casa para evitar la hora punta llena de gente en el metro. Mientras atravesaba un pequeño parque me encontré con Grace, una joven mujer filipina, a quien acompañé por muchos meses el año pasado cuando estaba en la cárcel, y quien fielmente asistió a todos los talleres que ofrecí en temas de salud. En cuanto me reconoció, me dio un gran abrazo cariñoso y me agradeció profundamente por visitarla durante los momentos más difíciles de su estadía en prisión en un país extranjero. Ella estaba especialmente contenta porque recordé su nombre. Tanto así, que me dio otro abrazo. Una de las cosas más difíciles del ministerio de prisión es que a menudo no sabemos qué pasa con las mujeres después que salen de la cárcel y algunas veces ni siquiera tienen la oportunidad de despedirse. “Encontrarme” con Grace alegró mi tarde. Me sentí feliz al saber que ella tenía dos trabajos y un lugar seguro para vivir. A menudo el ministerio de prisión es como plantar semillas sin nunca ver los frutos, lo cual hizo este encuentro con Grace algo más especial.
Kathleen Bond, MKLM

CNS/Bangladesh

Con los ataques terroristas contra extranjeros en Bangladesh el año pasado, una serie de extranjeros abandonaron el país. Creo que soy el único ciudadano estadounidense en la inmensa área de la Diócesis Católica de Mymensingh.

En Navidad, pude salir a una remota aldea en las colinas de Bangladesh, que está muy cerca de la frontera con la India. Todo salió bien, ya que más de 300 personas recibieron la Comunión en las Misas y bauticé a cinco niños.

Pero una señal de los tiempos fue la presencia de cinco policías de Bangladesh que reguardaban el lugar donde me alojé en nochebuena. Ellos fueron muy amables. Una subinspectora de la policía vino a visitarme mientras escuchaba confesiones en vísperas de la Navidad.

Me conmovió cuando esta policía musulmana me pidió que orara por su familia y por todos los policías presentes, para que hagan bien su trabajo.
William McIntire, M.M.

Maryknoll Mission Archives/Micronesia

Uno de mis recuerdos más felices en mis 12 años en Yap en Micronesia es la celebración anual del Día de Yap. Todos en la isla se reúnen en el centro cívico para juegos, competencias, concursos, música y, por supuesto, comida. Un Día de Yap cuando el sentimiento patriótico estaba en su punto culminante, se observó claramente en el horizonte, un barco de excursiones, el cual regresaba de un viaje mensual a islas lejanas trayendo medicinas y provisiones. Se le envió un mensaje desde el litoral: “Hoy es el Día de Yap, icen sus banderas”.

La tripulación se apresuró en sacar todas las banderas y las izó en todo el barco. Muy orgulloso de flamear sus colores, el barco navegó a la orilla, pero pronto recibió otro mensaje. ¡Quédense afuera! ¡No desembarquen! Sorprendida y disgustada una mujer preguntó por la radio: ¿Por qué no podemos ingresar? La respuesta fue: una de sus banderas dice “cólera a bordo”.
Rose Corde McCormick, M.M.

 

Cortesía Rose Corde McCormick, M.M./Micronesia

 

Foto principal: CNS/India

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