Sacerdote reflexiona sobre momento de epifanía en Monte Tabor

 

Aunque las experiencias de los misioneros Maryknoll en el extranjero varían tanto como los países y culturas a los que vamos, todas comparten una característica común: los encuentros nos cambian. Toda nuestra fe, ideas y actitudes chocan–como olas ante las rocas—contra la dura realidad que la gente enfrenta. Se podría decir que la teología es lo que sucede cuando lo que creemos fricciona con los bordes ásperos de la realidad. Sí, nosotros vamos al extranjero a apoyar, consolar, aliviar y animar a la gente, pero al final nos damos cuenta de que este proceso también nos ha transformado.

Vemos a las personas bajo una nueva luz mientras ellos van por su propio Viacrucis. Para algunos, la vida es, de hecho, una crucifixión. Unos pocos afortunados eventualmente experimentan el renacimiento, la renovación y la sanación. Sin embargo, para la gran mayoría de las personas, la mayor parte de sus vidas ocurre en esa zona del limbo que existe entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua. El desafío para nosotros es reconocer y encontrar a Cristo incluso allí.

Jesús a menudo se dio el tiempo para orar, para reflexionar y para mantenerse firmemente plantado en el amor y la voluntad del Padre. A veces se iba solo, alejándose de las multitudes y de las exigencias de su ministerio. Pero en una ocasión, registrada en el Evangelio de San Lucas (9, 28-36), Jesús llevó a Pedro, a Santiago y a Juan—a algo así como un mini retiro—al Monte Tabor. Quizás recitaron el Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado…” O quizás Jesús les recordó una de las varias profecías de Isaías acerca del “Siervo Sufriente de Dios”. O quizás les pudo explicar cómo el sufrimiento por el Reino de Dios revela la gloria de Dios. De repente, los discípulos tuvieron un vistazo sobre quién era realmente este Jesús de Nazaret: no era sólo un carpintero, era algo más que un rabino, un predicador o un sanador. Más allá de su esperanza de que fuera un mesías, ¡Era el Hijo de Dios!

La Ley, representada por Moisés quien apareció en el Monte Tabor, y por los profetas, simbolizados por la aparición de Elías, dieron testimonio de que la gloria de Dios se revelaría de la manera menos esperada y más escandalosa: la crucifixión de Jesús. ¡En esta conciencia, los discípulos se dieron cuenta que estaban en la misma presencia de Dios!

Esta epifanía duró sólo un momento. ¿Quedó en sus corazones una pequeña chispa de ello para sostenerlos en los momentos más oscuros de la duda, el miedo, la tristeza y la desesperación, que siguieron después de la crucifixión de Jesús? Tal vez. Pero ni siquiera su encuentro con el Cristo Resucitado borró esas dudas. Sólo el Espíritu Santo pudo sostenerlos a través de la noche oscura para hacer arder su vacilante fe en llamas. Sí, Jesús fue transfigurado en el Monte Tabor, pero los discípulos no se transformaron radicalmente sino hasta Pentecostés.

Así es como debe ser también con nosotros. Nosotros debemos permitir que nuestra fe sea puesta a prueba por la vida. Y debemos permitir que nos transforme si es para que podamos salvarnos. Nuestra fe tiene que ver mucho con la transformación: una virgen se transformó en una madre, Dios se transformó en un ser humano, el agua se transformó en vino, los pecadores se transformaron en santos, y el pan y el vino se transformaron en el cuerpo y la sangre de Cristo. Nuestra Eucaristía no termina en el altar, sino que debe llevarnos al mundo donde, dándonos la fuerza y el coraje para poner nuestra fe en acción, lleva a cabo la transformación del mundo iniciada por Cristo.

Foto principal:Un mosaico en la Iglesia de la Transfiguración
en la región israelita de Galilea.


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