Sacerdote reflexiona sobre el rol de los ángeles en el cristianismo y otras religiones

 

Recuerdo una noche de mi infancia despertar y mirar desde mi cama hacia la cocina. Vi a seres luminosos, con trajes y cascos transparentes. Se extendían desde el piso hasta el techo. No caminaban ni flotaban sino más bien se deslizaban. ¡Y podían atravesarse uno al otro! Después de quedarme boquiabierto, hice lo que cualquier niño haría. Grité.

Mi madre vino corriendo y me tranquilizó diciendo: “Son ángeles”. Le pregunté cómo eran y no quedé convencido con su descripción. Lo que vi no tenía alas ni aureolas, no tocaba arpa ni cantaba hosannas.

Supongo que fue un sueño, pero esa experiencia me abrió a la posibilidad de los ángeles. Cuando crecí en la década de 1960, la gente estaba demasiado preocupada por el malestar social en este mundo para pensar en otros. Los Cuerpos de Paz me enviaron a Corea, en medio de una agitación política y gran desarrollo económico. Fui a visitar al Padre Maryknoll Ben Zweber a la isla de Deok Cheok, a cuatro horas de la costa de Incheon.

Era el año nuevo lunar, y los pescadores habían adornado los mástiles de sus barcos con banderas de colores y ramas de bambú; una costumbre del chamanismo, un sistema de creencias anterior a todas las religiones, explicó el padre Ben. En el chamanismo, nada es peor que morir en el mar, donde el alma no puede estar en paz. El bambú conectaba tierra, mar y cielo para proteger a los pescadores y salvar sus almas.

Un día una tormenta hundió uno de los barcos, ahogando a sus cinco tripulantes. El chamán fue adonde se creía que el barco se había hundido y, usando bambú, intentó “atrapar” a las almas perdidas para traerlas a casa. Días después sucedió algo inesperado. Los cadáveres de los dos únicos católicos a bordo arribaron a tierra, justo frente a sus hogares. Recibieron un entierro apropiado; sus almas podían descansar. Poco después todo el pueblo se convirtió al catolicismo.

Fui testigo de otras experiencias y “coincidencias” similares durante mis 12 años en Corea, en los que hasta personas altamente educadas expresaron una reverencia por el mundo de los espíritus. Gracias a la Renovación Carismática, me sentí cómodo hablando con personas sobre espíritus y ángeles. Cuando regresé a Estados Unidos, encontré una curiosa transformación. Encuestas de opinión encontraron que más estadounidenses creían en los ángeles que en Dios.

La palabra “ángel” significa mensajero. Los ángeles son importantes no sólo en el cristianismo, judaísmo e islamismo, sino también en el bahá’í, el zoroastrismo y el sijismo.

La Iglesia Católica celebra las fiestas de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael el 29 de septiembre y la de los Ángeles Guardianes el 2 de octubre. Los eruditos de la Escritura nos dicen que los ángeles sirven como intermediarios entre Dios y nosotros. En Génesis (18, 1-15) Abraham y Sara ofrecen hospitalidad a tres visitantes, quienes pasan de hablar por Dios a dejar que Dios hable a través de ellos. La Iglesia Ortodoxa lo capta en el ícono de la Santísima Trinidad como tres visitantes angelicales. En Isaías 6 se habla de serafines que volaban. La oración del Ave María, comienza con el saludo del arcángel Gabriel: “¡Salve, llena de gracia!”

Los ángeles nos ofrecen una base común para compartir experiencias de fe con personas de otras religiones, y con personas que los encuentran menos intimidantes que una deidad. Ofrecen un correctivo a una comprensión sobre-intelectualizada de la fe. Estiran los límites de la imaginación humana y en una ocasión llenaron la cocina de un niño—y sus recuerdos—con una visión de seres celestiales.

Foto principal: Un fresco de Melozzo de Forli visto en el Vaticano. (Crédito: CNS/Vaticano)


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