Una peruana tiene un ministerio especial con personas con VIH/SIDA

 

Tocando suavemente la mejilla de Luis, Yolanda Yactayo le pregunta al peruano de mediana edad que sufre de SIDA y diabetes si necesita algo.

“Podría usar unos cuantos pañales”, dice él, sin perturbarse por su inhabilidad de levantarse de su cama ya que los doctores le amputaron una pierna desde la rodilla hacía abajo. “Y algo de fruta”.

“¿Qué tal un plátano?” pregunta.

“Oh no; mucha azúcar”, dice él, “pero una manzana estaría bien”.

“¡Entonces son pañales y manzanas!” dice ella. “Los traeré mañana”.

Al salir, Yolanda va a una habitación pequeña llena de personas, todos con VIH, quienes se reúnen semanalmente con un grupo de apoyo. Ella no dice mucho pero escucha con atención.

Yolanda no tiene el VIH, pero el virus cambió su vida para siempre cuando, en el 2002, su hermana Marlene fue diagnosticada con SIDA. “Mi mundo se puso al revés”, recuerda. Cuando Marlene estuvo hospitalizada, Yolanda casi nunca la dejó sola.

Conocí a Yolanda en un pabellón para enfermos de SIDA en un hospital general en Lima, Perú.

Después que su hermana se dormía, Yolanda atendía las necesidades de otros pacientes, ofreciendo palabras de consuelo y haciendo encargos. Cada vez se exponía más a la misericordia que merodea en esos lugares. Poco a poco, el corazón de Yolanda se volvió VIH positivo, una expresión en referencia a las personas afectadas—y no infectadas—por el VIH. Es una condición crónica que a menudo te lleva a una vida de servicio.

Su hermana murió en el 2003—meses antes al acceso gratuito a antiretrovirales—pero Yolanda continuó acompañado a personas que viven con VIH o están muriendo de SIDA. “Los veo como si fueran mis propios hijos”, dice. “Ellos son tan jóvenes y vulnerables”. (El 50% de todas las personas recién infectadas con VIH en Perú tienen entre 15 a 24 años de edad).

Cuando la Hermana Maryknoll Margaret Hennessey, la Hermana Misionera Médica Cristina Gadiot y yo decidimos formar un grupo de discípulos misioneros laicos que nos acompañarían en el cuidado pastoral de personas con VIH, Yolanda fue una de nuestras primeras reclutas. “Le agradezco a Dios por llamarme a ser miembro de los Misioneros en el Camino”, dice ella, refiriéndose al nombre del grupo de voluntarios.

Para alimentar a sus dos hijos, Yolanda, cuyo esposo murió hace dos años, trabaja como cajera en un supermercado. Pero es su vocación como misionera lo que la satisface. “Es un compromiso de amor”, dice ella. “Soy católica y estoy convencida que si Jesús estaría aquí, él haría lo mismo que hizo hace 2000 años y lo que hacemos hoy: consolar a enfermos y dar la bienvenida a aquellos rechazados por la sociedad”.

Un corazón compasivo y una actitud de no juzgar a personas con VIH son los pre requisitos para convertirse en un misionero en el camino. El virus no discrimina pero la sociedad lo hace, especialmente cuando la mayoría de los infectados provienen de poblaciones vulnerables. Son los homosexuales, trabajadores sexuales, adictos a las drogas y prisioneros las personas con quienes los Misioneros en el Camino y muchos misioneros Maryknoll pasan el tiempo.

“Lo que más admiro es el amor incondicional que Maryknoll muestra hacía los más necesitados”, dice Yolanda. “Estoy muy agradecida de ser una Misionera en el Camino y, mediante ellos, un miembro de la familia Maryknoll”.

Para leer sobre el ministerio del Padre Fedora, vea pág. 12.

Foto principal: Yolanda Yactayo visita a un paciente con VIH en el hospital. Ella es parte de un grupo de discípulos misioneros laicos que acompañan a personas con VIH. (Cortesía de Joseph Fedora, M.M./Perú)

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