Misionero reflexiona sobre los cambios en su ministerio VIH en Perú

 

Apenas llega a la Posadita del Buen Pastor el Padre Maryknoll Joseph Fedora, pregunta por “sus hijos”, niños y niñas que crecieron en el albergue de pacientes con VIH en Lima, Perú. Desde 1998, él ha sido el consejero espiritual del albergue y una figura paterna para los niños que allí vivían.

La Hermana del Buen Pastor Elsa Calero López, directora del albergue, explica que en un principio la misión de la Posadita era atender a las madres en las etapas terminales del sida y tratar de dar a sus hijos una infancia feliz. Eso cambió cuando en la década del 2000 Perú recibió acceso gratuito a medicamentos antirretrovirales (ARVs). Las medicinas hicieron un mundo de diferencia.

“La pregunta ya no era cuándo iban a morir sino qué clase de vida podíamos darles”, dice el padre Fedora. La mayoría de “sus hijos” son ahora adultos jóvenes que se han reintegrado a la sociedad y llevan una vida normal y saludable, mientras continúan tomando sus medicamentos. Ellos también preguntan por el “padre José” cuando regresan a visitar la Posadita.

Mientras hablaba con las adolescentes que viven en el refugio, el padre Fedora recuerda lo diferente que solía ser cuando comenzó su ministerio de SIDA hace 19 años.

“Esta enfermedad no era sólo un diagnóstico médico; había mucho juicio moral vinculado a ella”, dice. “Las personas con VIH eran abandonadas por todos: amigos y familiares”.

“Con la educación hay una disminución del miedo y donde hay menos temor, hay más aceptación”, añade. “Todavía hay discriminación … pero mucho menos”.

A principios de su ministerio, él escribió en un cuaderno lo que llama su “letanía de santos”: los nombres de los amigos que perdió debido al SIDA, para poder recordarlos en oración. Era una forma de hacer frente a la perdida y honrar su recuerdo.

Eran personas como Ricardo. En sus últimos días en el hospital, Ricardo sufría por un cáncer de piel que le desfiguró su rostro y una fiebre que lo dejaba agotado y con los labios resecos. Cuando su hermana le ofreció una gaseosa, el dijo no con la cabeza y susurró: “El padre primero”.

“Esta es la preocupación por el otro, incluso cuando están muriendo, que me conmueve profundamente”, dice el padre Fedora. “Si hay lágrimas, son lágrimas de aprecio por la generosidad de personas como Ricardo”.

 

Misionero reflexiona sobre los cambios en su ministerio de VIH en Perú. En la foto, El padre Fedora conversa con un paciente con VIH en el Hogar San Camilo en Lima, Perú. El misionero ha acompañado a personas viviendo con VIH/SIDA por más de 18 años.

El padre Fedora conversa con un paciente con VIH en el Hogar San Camilo en Lima, Perú. El misionero ha acompañado a personas viviendo con VIH/SIDA por más de 18 años. (Nile Sprague/Perú)

La “letanía de santos” del padre Fedora tiene 402 nombres. Más de la mitad de esas personas murieron durante los primeros cuatro años de su ministerio, antes de los ARVs.

“Esto demuestra la diferencia radical que hacen los ARVs”, dice. “Con este medicamento, el (efecto del) virus no sólo se detiene, sino que puede revertir el daño (al sistema inmunológico) causado por el virus”.

La terapia ARV durante el embarazo y el parto también ha reducido drásticamente el número de bebés nacidos con VIH. En la actualidad, la Posadita se ocupa de un promedio de 25 niñas y mujeres, algunas seropositivas, y también adolescentes libres de VIH que son sobrevivientes de la violencia doméstica y la trata de personas.

“Cuando llegué a este lugar, me recibieron con los brazos abiertos”, dice Rocío, de 16 años, quien fue traficada pero ahora está libre. Las Hermanas del Buen Pastor trabajan con el gobierno peruano para proteger a las mujeres vulnerables. “Estoy muy agradecida con ellas. Son amables y nos apoyan en todo lo que pueden”.

La hermana Calero también agradece al padre Fedora por su constante apoyo y presencia. “Lo consideramos parte de la familia”, dice.

El padre Fedora, quien creció en California, comenzó su misión en el sur andino del Perú después de su ordenación en 1984. Pero cuando se convirtió en capellán del Proyecto SIDA Los Ángeles mientras trabajaba como promotor misionero a principios de los 90, se dio cuenta de la necesidad de acompañar a los pacientes con VIH. Cuando regresó al Perú en 1998, después de trabajar para la revista MARYKNOLL, estaba listo para desarrollar su ministerio con las personas con VIH/sida en la ciudad de Lima.

“Los últimos 19 años han sido los más felices de mi sacerdocio porque la gente me invita a ser parte de sus vidas y compartir el peso de su cruz”, dice el sacerdote de 64 años, quien ahora balancea sus responsabilidades como superior regional de Maryknoll en América Latina con su ministerio VIH.
Su labor pastoral continúa en hospitales, grupos de apoyo y refugios, así como en cárceles, donde, con dinero de los donantes de Maryknoll, ayuda a proporcionar medicinas y alimentos para reclusos con VIH.

Además de la Posadita, él lleva el apoyo de Maryknoll al Hogar de Vida, otro refugio que alberga a cuatro mujeres con VIH y 12 niños, proporcionándoles comida y ropa, así como apoyo médico, psicológico y emocional.

“No sé qué habría sido de mí y de mis hijos si no estuviéramos aquí”, dice Roxana, que vive en el refugio con su hijo de 5 años y su hija de 8 meses. Al igual que otras madres en el refugio, ella no tenía los recursos para cuidar a su familia por su cuenta. “Tengo que dar gracias a Dios porque ahora tengo un techo y comida”.

Aunque el VIH en el Perú no es la sentencia de muerte que solía ser—ONUSIDA informó que Perú redujo su mortalidad relacionada con el SIDA en un 40% entre 2010 y 2016—todavía queda mucho trabajo por hacer. Según el Ministerio de Salud peruano, 72.000 personas viven con el virus del VIH, pero sólo el 60% saben que lo tienen. A pesar que la mayoría de personas que tienen el diagnóstico de VIH reciben el tratamiento antiretroviral gratuito, muchos terminan abandonándolo por diferentes motivos.

Otro programa apoyado por Maryknoll, el programa de visitas domiciliarias de San Camilo, aborda estas preocupaciones brindando soporte psicológico, nutricional y espiritual a los pacientes con VIH y sus familias. El Hermano Jean Yaurivilca, director del Hogar San Camilo, de la orden religiosa conocida como los Camilos, dice que los pacientes buscan ser escuchados.

 

Joven recibe medicinas de parte de una enfermera en el Hogar de Vida. Los residentes tienen atención médica gracias al apoyo de Maryknoll. (Nile Sprague/Perú)

Joven recibe medicinas de parte de una enfermera en el Hogar de Vida. Los residentes tienen atención médica gracias al apoyo de Maryknoll. (Nile Sprague/Perú)

“Un equipo de agentes pastorales, consejeros, médicos y enfermeras van a los hogares de personas que no pueden dejar sus casas”, dice el padre Fedora. “Son personas que viven en extrema pobreza y este es uno de los programas más eficaces para atender a los más vulnerables”.

Los consejeros son un salvavidas para los pacientes.

“Gracias a ellos, aprendí a aceptar esta enfermedad”, dice Lucinda, una madre de cuatro hijos cuyo marido también es VIH positivo. Con lágrimas en los ojos, comparte que recientes problemas familiares le recordaron su dolorosa infancia.

Ella dice que tenía ganas de darse por vencida, pero se calmó recordando lo que dijeron los psicólogos de San Camilo: hay que pensar en los momentos positivos de su vida para romper su “cadena de dolor”.

“Confío en ellos”, dice sobre el equipo de visita.

En el próximo Día Mundial de la lucha contra el SIDA, el 1 de diciembre, el padre Fedora continuará rezando por los 25 millones de personas que han muerto a manos de esta epidemia en las últimas tres décadas, incluyendo a los 402 santos que ha conocido.

También se unirá a otros en la sensibilización sobre la prevención y la detección, celebrando la victoria del acceso al tratamiento, luchando contra la propagación del VIH y mostrando solidaridad con los millones de personas seropositivas del mundo.

(Se han cambiado los nombres de las personas entrevistadas para proteger sus identidades).

Foto principal: Vista de San Juan de Lurigancho, uno de los distritos de Lima, Perú, donde tienen lugar los ministerios de VIH del Padre Maryknoll Joseph Fedora. (Nile Sprague/Perú)

 

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