Madina, un puente entre dos mundos

 

Madina Dhahir Haji se hizo ciudadana estadounidense el año pasado, 12 años después de llegar a este país con su mamá y cuatro hermanos menores de un campo de refugiados de Kenya. Vestida con un velo floreado con las puntas atadas elegantemente alrededor de su cuello, ella, un ex refugiada posó para la foto de naturalización con un juez y una bandera estadounidense detrás de ellos. Madina lucía radiante de orgullo. Hoy día, sin embargo, su sonrisa se desvaneció.

“Tal vez reaccionaron así porque llevaba cubierta mi cabeza”, dice, recordando las obscenidades que le gritaron recientemente mientras caminaba por su casa en Essex, Vermont, a sólo una milla de distancia de mi casa. “No sé. Estaba asustada”.

 

Una ex refugiada Bantú Somalí en Vermont retribuye al país que le dio la bienvenida

Madina con sus hermanos y hermanas un año después de haber llegado a Estados Unidos, cuando la familia de Christie Redmond les explicaron el significado de la Navidad. (Marybeth Christie Redmond/Vermont)

 

Aunque Madina había experimentado comportamientos de odio anteriormente, cuando le dijeron “tú hueles” y “regresa de donde viniste”, el clima de intolerancia que ha surgido durante el pasado año la ha dejado enfadada y confundida. “Esta no es la América que yo pensaba que era”, dice ella.

Madina y su familia llegaron a Burlington, la ciudad más grande de Vermont, como refugiados Bantú Somalíes en el 2004. Mi esposo, mi hijito y yo esperamos en el aeropuerto cuando la mamá de Madina, Zahara, una mujer estoica con un colorido vestido africano, salió de la puerta de llegadas con un bebé atado a su espalda y otros cuatro niños de 3, 5, 7 y 9 años, quienes iban detrás de ella calzando zapatillas de lona, Keds, que les quedaban grandes, y que fueron proporcionadas por la agencia de reasentamiento. A última hora el esposo de Zahara decidió quedarse en el campo de refugiados, donde Zahara dio a luz a cada uno de sus hijos. De ese modo, ella llegó como una madre soltera a Vermont, un nombre cuyo único significado para ella fue el de un lugar seguro para sus hijos.

La familia vino con unas cuantas bolsas que contenían todas sus pertenencias, incluyendo unas cuantas joyas y algunas ropas. Como sus anfitriones, les ofrecimos plátanos y mangos, frutas conocidas para ellos, y gestos de amistad; y nos comunicamos con exageradas señales con las manos durante la semana que vivieron en nuestra casa. La primera noche bajé por las escaleras de mi sótano habitable para ver cómo estaban. Los encontré a todos, los seis, dormidos en la cama matrimonial con las piernas y brazos entrelazados. Ni siquiera tocaron las otras camas de la habitación disponibles para ellos.

Después les ayudamos a instalarse en un apartamento en Burlington y a cada uno le dimos un abrigo y botas para el invierno que se aproximaba. Yo pensé que mi relación principal sería con Zahara, pero quedó claro que Madina, a sus 9 años de edad, sería el puente intermediario. Ella, más sabia que sus años, funcionó como la traductora de su mamá, cuidó de sus hermanos menores y fue en la familia quien navegó a través de este nuevo mundo extraño de compras de comestibles, citas con el doctor y ser puntuales.

 

Una ex refugiada Bantú Somalí en Vermont retribuye al país que le dio la bienvenida

 

Cuando las temperaturas invernales llegaron y el frío pasaba por debajo de la puerta principal que estaba dañada, fue Madina quien me llamó para pedir ayuda y lidiar con el propietario que no les prestaba atención.

A través de los años, ella se convirtió en un faro para mí, enseñándome sobre la dignidad humana contra viento y marea. Mientras su mamá se enfocaba en sobrevivir, Madina llegó a este país con una alma amplia, lista para la amistad y el compromiso. A ella le encantaban aspectos culturales de Estados Unidos tales como Trick or Treating y las fiestas de cumpleaños, mientras que al mismo tiempo honraba sus raíces musulmanas africanas.

Hace un año, Madina y sus hermanas planearon mudar la familia a Essex, donde vivimos nosotros. Mi hijo Liam y el hijo de Zahara, Sharma, el bebé que vino atado a su espalda hace 13 años, están en la misma aula en la escuela. Zahara se volvió a casar, tiene dos hijos más, y trabaja en el turno de la noche en una tienda local.

Madina, ahora en su último año de la universidad de Vermont, estudia educación para ser profesora de escuela intermedia y poder trabajar con recién llegados al país que necesitan aprender inglés. Ella balancea el peso de estudiar a tiempo completo y trabajar 20 horas a la semana para una agencia del gobierno que ayuda a nuevos americanos a conocer sus derechos. (Sus hermanos están en varias etapas de su educación y cada uno de ellos empieza a trabajar a los 16 años de edad para contribuir con los gastos).

No me puedo imaginar mi vida sin esta relación enriquecedora. Madina me enseña cómo lucen la resiliencia y la fortaleza. Pienso en los adolescentes a los que guiará en su clase y cuán afortunados serán de aprovechar su profundo conocimiento sobre el viaje del inmigrante. Nuestra nación será un lugar más enriquecido y más compasivo por los generosos regalos que ella ha traído.

Foto principal: Cortesía de StoryCorps/Vermont

 

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