Neoyorquino cambia la vida militar por la vida en misión

 

Mis seis años de paracaidismo de infantería en el ejército me llevaron a muchos lugares y me estiraron de maneras que no hubiera podido predecir. Mis momentos más difíciles fueron mis despliegues de combate en Irak (2007) y Afganistán (2009-2010). Como miembro de un equipo de reconocimiento en Irak y dirigiendo mi propio equipo de paracaidistas a través de las montañas de Afganistán, aprendí rápidamente que la guerra es insensible e implacable. Las acciones se deciden en milisegundos y sus consecuencias son absolutas.

A menudo luché para reconciliar mi fe católica con la misión que estaba llevando a cabo en las operaciones de combate. Finalmente, lo resolví con la ayuda de San Ignacio de Loyola, quien en su espiritualidad trinitaria enseñó que es bueno orar a cada una de las Tres Personas Divinas, individualmente y juntas.

 

Ex- soldado Neoyorquino cambia la vida militar por la vida en misión.

Cintron de soldado en Afganistán en el 2010.

 

Recuerdo estar de guardia y ver el sol levantarse sobre los picos de las montañas esparcidas a través de la frontera oriental de Afganistán. En esos momentos experimenté el calor físico del sol y la perfección de la creación que fluye de Dios Padre. En medio de la barbarie de la guerra pude experimentar breves momentos de unión piadosa con Aquel que nos creó.

Siempre tuve una atracción hacia el sacerdocio desde mis días de infancia. Como muchos otros, experimenté la duda: tal vez no soy lo suficientemente sagrado, lo suficientemente inteligente, o lo suficientemente abnegado. En parte, mi elección de entrar en el servicio militar fue mi esfuerzo por ignorar la vida del sacerdocio que Dios tal vez deseaba para mí.

Cuando hice mi transición a la vida civil en 2012, el encanto del sacerdocio volvió a entrar en vigor. Eventualmente entré en el programa de formación de mi diócesis antes de darme cuenta de que lo más adecuado para mí era una vocación misionera en el extranjero que servir a mi propia Diócesis de Brooklyn, Nueva York.

 

Neoyorquino cambia la vida militar por la vida de soldado en misión.

 

No recuerdo exactamente cuándo supe de Maryknoll, pero había oído el nombre unas cuantas veces cuando era niño en mi parroquia. Lo único que sabía de Maryknoll era que era sinónimo de misión en el extranjero. Haciendo investigaciones en el Internet, como parte de mi discernimiento, frecuentemente encontraba referencias de Maryknoll, pero rápidamente descartaba la idea de que yo podría servir tan ardientemente como lo hace un sacerdote Maryknoll.

Pasé algún tiempo en Camboya escribiendo y haciendo trabajo de servicio y, muy providencialmente, encontré algunos misioneros Maryknoll. Conocí al padre Charlie Dittmeier, un sacerdote Maryknoll asociado, y varias hermanas Maryknoll que ministran allí. A medida que fui testigo de su ferviente servicio, descubrí que la autenticidad de su vocación era algo muy atractivo. Y no podía cuestionar que la mano de Dios había dispuesto que yo viva muy cerca de donde vivían los misioneros Maryknoll.

Supongo que fue apropiado enterarme de mi aceptación a los Padres y Hermanos Maryknoll el 31 de julio, el día de San Ignacio de Loyola. Él también hizo la transición de ser un soldado que representa a su país a un soldado que representa a Cristo y a la Iglesia.

 

Neoyorquino cambia la vida de soldado por la vida en misión.

Cintron en las montañas de Oaxaca, México, donde estudió español.

 

Como seminarista de Maryknoll y eventual sacerdote, espero ser la presencia de Cristo para todos aquellos a quienes encuentro, especialmente aquellos que viven en condiciones difíciles que quizás necesitan que se les recuerde el amor de Dios.

Espero vivir entre ellos, amando y sirviendo como lo enseña nuestro Señor. Después de todo, el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir.

Foto principal: Seminarista Sean Cintron (izq.) con otros seminaristas en Cathedral Seminary House of Formation en Douglaston, Nueva York.  (Cortesía de Sean Cintron)

 

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