Tanzania

En Mwanza, Tanzania, donde mi esposo Chris y yo trabajamos como misioneros laicos Maryknoll en proyectos de educación y desarrollo económico, a los niños les encantaba saludarnos con un inglés quebrado, cada vez que llegábamos a nuestra casa. Un día, una niñita, de unos 5 años de edad, estaba jugando afuera. “How are you? (¿cómo estás?)” preguntó. “Estoy bien, ¿y tú?” respondí. “How are you?” preguntó de nuevo. El volví a responder en inglés que estaba bien y le expliqué, en swahili, que sólo tenía que saludarme una vez. Mientras estacionaba el carro, escuché que la niña le dijo a su hermanito. “¡Howareyou está estacionando su carro en el jardín!”
Katie Reid, MKLM

 
 

Mi esposo Erick y yo vivimos como misioneros laicos Maryknoll en Issenye, una aldea rural tanzana en las planicies desérticas del Serengueti, donde trabajamos en ministerios pastorales y de desarrollo comunitario. Allí conocimos a María, una mujer Watatulu que nos traía diariamente leche recién ordeñada de una de sus vacas. Un día María vino a nuestra casa a visitarnos y tomar té. Mientras le enseñaba fotos de un calendario de Nueva Inglaterra, ella se sorprendió por la cantidad de árboles que vio en la foto y preguntó: “¿Dios plantó todos esos árboles ahí?”. Le respondí, “Sí, Dios los plantó allí”. Hasta el día de hoy reflexiono sobre su profunda pregunta
Margo Cambier, MKLM

 
 

Islas Marshall

 

En la isla de Wotje, en las Islas Marshall, donde serví como hermana Maryknoll, caminé a la parroquia un domingo y encontré a un niñito afuera, solo. El pequeño Lee se sacó las sandalias antes de entrar a la iglesia, como es apropiado aquí. Luego, él se escabulló dentro de la iglesia, encontró una silla junto a su primo y se esforzó para subirse a la silla. Después que se acomodó, miró hacía la ventana y vio a su papá sentado en la terraza leyendo el periódico. Lee se esforzó para bajarse de la silla, ponerse sus sandalias y fue a la terraza. Lee tomó la mano de su papá y lo llevó a la iglesia. Esta vez, su papá le sacó las sandalias, entró con él a la iglesia y lo sentó en sus piernas. Un niñito muy contento llevó a su papá a la iglesia..
Carolyn White, M.M.

 
 

Guatemala

 

En una edición anterior conté la historia de Antonio Pérez, un guatemalteco casi ciego por cataratas avanzadas. Programé una cita para una cirugía, pero tres días antes de la operación, la esposa de Antonio me informó que la cara y boca de su esposo estaban torcidos. Tenía parálisis facial. Postergamos la cirugía para una nueva fecha, pero un día antes la esposa me dijo: “¡Él dice que no irá!”. Afortunadamente, Miguel, el profesor que acompañó a Antonio a su examen de ojos el año pasado, lo convenció. El día de la operación ocurrieron más complicaciones. No había electricidad, y la doctora tuvo que esperar por un generador de corriente. A pesar de todo, la cirugía fue exitosa. El momento más satisfactorio llegó cuando Antonio regresó a casa y un vecino al verlo llegar le preguntó: “¿Puedes ver?” Antonio dijo: “Claro que puedo ver; ¡puedo verte!”
Bernice Kita, M.M.

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