Reflexiones sobre uno de los objetivos más preciados de la vida misionera: cuidar y alentar la vida

 

En el Centro Misionero Maryknoll en América Latina tenemos muy claro el llamado del Papa Francisco de incorporar en nuestra vida y planes misioneros el cuidado de la Casa Común (nuestro planeta), y la transformación de los modos en que nos relacionamos con la Tierra y con nuestros hermanos y hermanas.

Iniciamos el año con realidades sociales y climáticas antagónicas en diferentes partes del mundo. Los que vivimos en el sur empezamos el anhelado descanso de vacaciones en medio de la explosión del verano. Los que viven en el norte están en pleno invierno. Para los primeros, el clima les habla de la abundancia de vida expresada en colores, vegetación, actividades al aire libre. Para los segundos, el clima les habla de lo que se gesta en el silencio, aquella vida que está en germen, escondida pero que con certeza explotará a su tiempo.

El cambio de clima ilumina lo que significa la renovación misionera a la que la Iglesia y el Papa Francisco nos llaman hoy. Este año empieza con circunstancias que nos interpelan: la violencia en aumento, catástrofes naturales que dejaron miles de muertos y daños irreparables, la corrupción que acompaña a los poderes que nos gobiernan, las guerras declaradas y las que se insinúan constantemente, las migraciones de personas huyendo de peligros o buscando mejores rumbos, el avance de flagelos como el narcotráfico, la trata de personas y los femicidios, la realidad de una Iglesia que aún no despierta a la renovación a la que se nos invita.

Al ver estas realidades nos preguntamos: ¿Si Cristo ha venido para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia, cuál es nuestro papel en medio de las realidades que nos rodean? ¿De qué manera, desde nuestro humilde lugar en la sociedad y en la Iglesia, ayudamos a gestar nueva vida?

La metáfora climática nos habla de la vida que se hace visible, palpable y también de la que se gesta en el silencio del sabio invierno. Como dice el escritor argentino Jorge Luis Borges: “A la vida sólo le basta un intersticio para aparecer”.

A pesar de que las realidades que nos rodean parecieran ganarnos y amenazar la vida, debemos reconocer que hay muchos proyectos de vida en nuestra sociedad y en la Iglesia que se hacen visibles en la solidaridad, en el compromiso con el otro, en la salida a los márgenes como nos invita el Papa Francisco.

El profetismo de muchos que luchan por el cuidado de la tierra y de la vida de las personas se escucha con voces cada vez más fuertes y provoca transformaciones, aún en medio del martirio muchas veces.

También hay mucha vida en los pequeños proyectos que se llevan a todo pulmón desde la generosidad de hombres y mujeres de nuestros pequeñas comunidades. Humildes servicios que cambian vidas, quizá muy pocas, pero son el germen de grandes cambios.

A veces creemos que la transformación de la sociedad vendrá de los poderosos, de los gobiernos o proyectos fuertemente financiados. Pero aquel que cambió la historia de la humanidad nació en la pobreza, en medio de la noche oscura, cobijado por animales. Es el poder de lo pequeño, la fuerza transformadora del cariño y del cuidado del otro.

Los misioneros estamos llamados a analizar la realidad que nos rodea, a gestar vida de manera visible o en el silencio, y valorar lo pequeño que, desde nuestras comunidades y familias podemos hacer para transformar en realidad el proyecto de Jesús: que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

Foto principal: La naturaleza muestra la abundancia de los regalos de la creación de Dios. (CNS/Vaticano)

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