Periodista católico comparte sus impresiones sobre Puerto Rico después del huracán María

El domingo 3 de diciembre, el Cardenal Blase Cupich, Arzobispo de Chicago, viajó a San Juan, Puerto Rico por pedido expreso del Santo Padre. Llegó 75 días después que el huracán María azotó la isla. Un observador casual hubiese podido pensar que el Cardenal Cupich llegó tarde. No fue así. Dos meses y medio después del huracán, la situación seguía siendo desesperante.

Más de la mitad de la población de Puerto Rico seguía sin electricidad y un número impreciso sigue sin acceso a agua potable. El sistema de salud está devastado, y nadie sabe cuántas personas han muerto por la falta de servicios médicos. Muchas escuelas no han podido abrir aún; y la industria turística prácticamente ha desaparecido dejando a miles sin trabajo.

 

Natalie Maldonado (dcha.) y su hermano Danni de la Parroquia San Miguel Arcángel, en Utuado, empacan alimentos para luego repartirlos a los damnificados del huracán María. (Octavio Durán OFM/Puerto Rico)

Natalie Maldonado (dcha.) y su hermano Danni de la Parroquia San Miguel Arcángel, en Utuado, empacan alimentos para luego repartirlos a los damnificados del huracán María. (Octavio Durán OFM/Puerto Rico)

 

Los reportajes son repetitivos. Los meses pasan y los periodistas continuamos diciendo lo mismo: cuando el avión se acerca a San Juan se pueden ver los rectángulos azules que salpican el paisaje desde lo alto. Esas son las carpas que reparte FEMA a las personas cuyas casas perdieron el techo.

Bajo cada carpa vive una familia que lo perdió todo, el techo primero, y luego todo lo que el agua arruinó: los alimentos, la ropa, los muebles, los colchones de las camas. Y después de perderlo todo llevan meses viviendo sin electricidad, y acaso sin agua potable, bajo una carpa.

En medio de la tragedia, los puertorriqueños han mostrado valor, solidaridad y paciencia admirables. En San Juan—prácticamente devuelta a la época de la colonia—los semáforos no funcionan. Pero Monseñor Mario A. Guijarro, párroco de San Pedro Mártir, en Guaynabo, dice que los automovilistas son pacientes en medio del caos diario del tráfico.

 

La Iglesia de Nuestra Señora del Carmen en Punta Santiago fue convertida en consultorio médico después del huracán. (Jorge Domínguez-López/Puerto Rico)

La Iglesia de Nuestra Señora del Carmen en Punta Santiago fue convertida en consultorio médico después del huracán. (Jorge Domínguez-López/Puerto Rico)

 

Incluso se habla de una renovación espiritual a partir del dolor que el huracán ha causado. Cuando visitamos Punta Santiago, un pequeño pueblo playero, los fieles de la parroquia parecían inspirados por un letrero que vimos entre los escombros: “Puerto Rico se levanta”.

El Padre José Colón, párroco de Punta Santiago, dijo: “Cuando llegué aquí después del huracán, parecía que había caído una bomba atómica. Y la gente decía que había ocurrido un milagro en Punta Santiago: ninguna de las imágenes de los santos de la iglesia había sufrido daño alguno. Pero yo digo que el verdadero milagro ha sido esta experiencia religiosa, este encuentro con Cristo que hemos visto después del huracán. La gente está más unida, nos damos la mano, nos sentimos más hermanos. Se han olvidado las viejas disputas: ahora tenemos que darnos todos la mano para salir adelante”.

 

En medio de los escombros de los huracanes, se ve el Lema "Puerto Rico Se Levanta". (Jorge Domínguez-López/Puerto Rico)

En medio de los escombros de los huracanes, se ve el Lema “Puerto Rico Se Levanta”. (Jorge I. Domínguez-López /Puerto Rico)

 

El Papa Francisco ha dicho que él deseaba que la Iglesia Católica fuera como un hospital de campaña. En Puerto Rico esa metáfora se hizo realidad. La labor humanitaria de la Iglesia en Puerto Rico roza el heroísmo. Monseñor Roberto González Nieves, quien fue sacerdote en el Bronx, dijo recientemente que aunque la misión de la Iglesia es salvar almas, hoy en Puerto Rico “tenemos también que alimentar el cuerpo”. Esa labor se ha visto secundada por la solidaridad de los católicos en todo Estados Unidos y de muchas otras organizaciones y personas fuera de la Iglesia.

En San Juan se percibe ese mismo espíritu. Monseñor Guijarro afirma: “Cuando los huracanes pasaban cerca sin tocar tierra, decíamos que Puerto Rico estaba bendecido. Pero incluso después de este huracán que tanta devastación nos ha causado, creo que también ha sido un tiempo de bendiciones para Puerto Rico, porque nos ha hecho reflexionar, nos ha hecho unirnos. La Iglesia tiene que ser siempre misionera. Tenemos que anunciar el Evangelio y dar de comer al hambriento. Esto significa que ahora la misión fundamental de la Iglesia es hacer obras de misericordia”.

 

Un voluntario de la parroquia San Miguel Arcángel en Utuado, entrega lleva ayuda al hogar de una familia afectada por el Huracán Maria. (Octavio Durán OFM/Puerto Rico)

Un voluntario de la parroquia San Miguel Arcángel en Utuado, entrega lleva ayuda al hogar de una familia afectada por el Huracán Maria. (Octavio Durán OFM/Puerto Rico)

 

Es evidente que la Iglesia local ha cumplido esa misión. Y la Iglesia que peregrina en Estados Unidos ha sido generosamente solidaria. Innumerables colectas especiales y donaciones de alimentos se han traducido en una ayuda verdaderamente masiva.

El pasado octubre, el Cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, y monseñor Nicholas DiMarzio, obispo de Brooklyn, visitaron San Juan. Llevaron $700.000 en donaciones de la Arquidiócesis de Nueva York y $115.000 en donaciones de la Diócesis de Brooklyn.

El Padre Maryknoll Roberto Carleton, quien trabajó en Puerto Rico durante varios años como promotor de Maryknoll, tiene esperanzas para el futuro de Puerto Rico. “Los puertorriqueños son personas resilientes. Los huracanes no son algo nuevo en la isla. Sin embargo, María fue un monstruo. Pero no fue un golpe de gracia”, dice Carleton. “Son personas de fe. Estoy seguro que trabajarán juntos y construirán un Puerto Rico mejor para el futuro. Que Nuestra Señora de la Divina Providencia los guíe y proteja”.

Featured Image: El efecto de los huracanes en Puerto Rico continúa. Imagen incluye una foto de parroquia en Caguas en diciembre 2017. (CNS/Puerto Rico)

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