¿Pedro vs. Pablo?

¿Qué hacemos cuando los desacuerdos amenazan separar nuestra comunidad de fe? A veces, la oposición exterior parece menos perjudicial para nuestra Iglesia que las divisiones internas. Los cismas comprometen el mensaje de la Iglesia y escandalizan al mundo. Tan importante es la unidad de la Iglesia que Jesús oró para que sus seguidores permanezcan unidos y el mundo pueda creer que el Padre lo envió (Juan 17, 21).

Las divisiones han plagado a la Iglesia desde el principio. El primer desafío fue dar la bienvenida a los gentiles en una comunidad formada por los discípulos originales de Jesús, que eran judíos. El grupo llamado los judaizantes, al que Pedro ministraba, insistía en que los gentiles varones se circuncidaran, es decir se hicieran judíos, antes de llamarse cristianos. Pablo no aceptó eso. Dijo que uno no es salvo por seguir la ley sino por la fe en Jesucristo y que si somos salvos sólo por obedecer los mandamientos, Jesús murió en la cruz por nada (Gálatas 2, 21). Afortunadamente, el argumento de Pablo ganó.

Pablo criticó públicamente a Pedro por lo que él veía como incoherencia e hipocresía. Cuando Pedro estaba con los cristianos gentiles, comía con ellos (ignorando la creencia de que un judío circunciso no podía sentarse en la mesa con un cristiano gentil sin caer en la impureza), pero cuando los judaizantes llegaron de Jerusalén, Pedro volvió a su vida kosher. Pablo escribe en Gálatas 2, 11: “Pero cuando Cefas (Pedro) llegó a Antioquía, yo le hice frente porque su conducta era reprensible”. ¡Guau! ¡Pablo, el recién llegado al cristianismo, tuvo la audacia de reprender abiertamente a Pedro, que había sido elegido personalmente por Cristo para dirigir la Iglesia!

Lo asombroso, por supuesto, no es que Pablo discutió con Pedro, sino que a pesar de sus serios desacuerdos, trabajaron juntos para el establecimiento de la Iglesia. Quizás estos desacuerdos están registrados en el Nuevo Testamento para darnos la esperanza de que nosotros también podemos trabajar juntos por el bien de la Iglesia.

El 29 de junio celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, dos grandes misioneros. También es el día de la fundación de los Padres y Hermanos Maryknoll, cuando conmemoramos que en 1911 el Papa San Pío X le concedió a los Padres James A. Walsh y Thomas F. Price permiso para comenzar un seminario misionero.

Como Pedro y Pablo, nuestros fundadores también dejaron de lado sus diferencias por el bien de la Iglesia. El padre Walsh era una persona práctica y sensata con la visión de una misión en el extranjero; el padre Price era un místico que quería centrarse en la misión en Estados Unidos y en el extranjero. A pesar de sus diferencias, se unieron para fundar Maryknoll.

Hoy, otras serias diferencias amenazan la unidad de la Iglesia. Una minoría insiste en que la comunión se recibe más apropiadamente en la lengua, preferiblemente de rodillas. Un grupo cuestiona el Vaticano II, otro grupo defiende los cambios que inició y otro insiste en que los cambios fueron demasiado lejos. Podemos debatir sobre lo que nos divide, pero no podemos honrar la presencia del Señor en la Eucaristía, si ignoramos la oración del Señor por la unidad.

Como Pedro y Pablo, como Walsh y Price, permitamos que nuestro discipulado supere nuestras divisiones y deje que el pan bendito, roto y compartido, se convierta en la Eucaristía que nos une.

Foto principal: Estatuas de San Pedro (izquierda) y San Pablo (derecha) en el Vaticano en Roma, Italia. (Cortesía de Diane Mastrogiulio/ Ciudad del Vaticano)

 

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