No sé cuándo volveré

Eugene Obwoya, un agrónomo y catequista católico de 76 años, envejeció en un campo de refugiados. “Es mi tercera vez en el exilio”, dice con una risa irónica sobre su huida a la vecina Uganda de los combates en su nativo Sudán del Sur. “En este momento todavía soy un refugiado. No sé cuándo volveré”. Él se encuentra en el asentamiento para refugiados en Palabek al norte de Uganda, no lejos de la frontera.

Obwoya tenía unos 20 años cuando salió del país por primera vez para escapar de los ataques del ejército de Sudán que intentaba sofocar la primera guerra de independencia de los sudaneses del sur. Regresó en 1971, sólo para huir nuevamente en 1989 durante la segunda guerra por la independencia. Pasó 18 años como refugiado en Uganda, y volvió a su hogar en 2007, a los 65 años.

Cuando el sur de Sudán— ampliamente cristiano—finalmente se independizó del norte,—predominantemente musulmán—en 2011, brevemente el futuro pareció brillante. Luego, en 2013, las dos tribus principales que gobiernan el nuevo Sudán del Sur—los Dinkas y los Nuers—se dividieron en lo que se ha convertido en una guerra civil cruel y caótica.

 

Refugiado de Sudán del Sur en el asentamiento Palabek, al norte de Uganda. Este Catequista de Sudán del Sur que envejeció en un campo de refugiados cuenta su historia sobre su huida a la vecina Uganda.

Eugene Obwoya, 76, es uno de los 36.000 refugiados en el asentamiento Palabek, al norte de Uganda.

 

El 3 de abril 2017, Obwoya y otros 7.000 miembros de su tribu Acholi, una minoría en Sudán del Sur, literalmente tuvieron que correr por sus vidas cuando fuerzas del gobierno Dinka atacaron la ciudad de Pajok, como parte de una ofensiva contra fuerzas rebeldes Nuer que acamparon a 12 millas de distancia.

“No sabíamos lo que nos podía pasar a los civiles, porque ésta se consideraba un área controlada por los rebeldes”, dice Obwoya, que escapó con su esposa y su nieta. Sus hijos y otros nietos ya habían huido antes.

Desde entonces, el asentamiento Palabek, ha aumentado su población a 36.000 personas. Es uno de 15 lugares en Uganda que alberga a aproximadamente 1 millón de refugiados de Sudán del Sur, así como a más de 200.000 refugiados de la vecina República Democrática del Congo y otros lugares.

“Y siguen llegando”, dice Lazar Arasu, un sacerdote salesiano de Don Bosco y capellán del asentamiento Palabek. “Siguen las matanzas en Sudán del Sur y la gente también viene por comida. No ha habido ningún cultivo durante el último año”.

El padre Arasu se ha asociado con el Padre Maryknoll John Barth para ayudar a satisfacer las necesidades sacramentales del asentamiento así como las necesidades físicas y de desarrollo de la comunidad. Esto incluye establecer guarderías y proporcionar suministros, uniformes y almuerzos a escolares, ayudar a organizar la perforación de pozos de agua, organizar la atención médica para los enfermos más graves y comenzar proyectos para la generación de ingresos.

 

“El campamento está prácticamente invadido de niños”, dice Barth. “Aproximadamente el 60 por ciento de las 36.000 personas tienen menos de 18 años. Ofrecerles escuela es un gran problema”. Para ayudar a abordar esa necesidad, la orden salesiana del padre Arasu construyó cuatro guarderías para cuidar y educar a 200 niños cada una. Los Padres y Hermanos Maryknoll les brindará uniformes y almuerzos escolares para el próximo año.

“Se brindará avena a unos 800 niños de las guarderías todos los días”, dice Barth. “De esta manera tendrán algo de nutrición además de lo poco que comen en casa”. Él dice que Naciones Unidas, que ayuda a supervisar el asentamiento, proporciona los elementos esenciales para una comida al día. “Mantiene a las personas con vida, pero no siempre están satisfechas, especialmente los niños en crecimiento”, dice el misionero de Buffalo, Nueva York, de 65 años, quien se mudó el año pasado de Sudán del Sur a Uganda para acompañar a los refugiados.

No obstante, Barth regresa mensualmente para llevar comida a 1.200 personas de su antigua parroquia, incluyendo a estudiantes, maestros y familiares directos de los docentes, gracias a un acuerdo que mantiene abiertas las escuelas locales a pesar de que el gobierno ha dejado de pagarles a los maestros y otros empleados del gobierno. A largo plazo, Barth espera brindar atención oftalmológica y cirugía de cataratas, trabajo que realizó con éxito en Camboya, donde comenzó su ministerio como sacerdote Maryknoll.

 

Misionero Maryknoll John Barth celebra la Misa con sudaneses del sur en el campamento para refugiados en Uganda. Lea cómo un Catequista de Sudán del Sur que envejeció en un campo de refugiados cuenta su historia sobre su huida a la vecina Uganda.

El Padre John Barth celebra la Misa con sudaneses del sur en el campamento para refugiados en Uganda.

 

En Palabek, Maryknoll construyó dos edificios multipropósito, que son capillas los domingos y se usan para reuniones y clases otros días. Barth espera construir otras cinco en el asentamiento que se extiende a lo largo de más de 20 millas. Él llama a las estructuras de aluminio y madera “una gran contribución de Maryknoll”, señalando que las Misas se celebraban al aire libre o bajo árboles que proporcionaban escasa protección bajo el sol y la lluvia.

Obwoya, el director de catequistas del asentamiento, dice que las tres cuartas partes de los acholi son católicos. Antes que los padres Arasu y Barth, celebraran las Misas en el asentamiento, Obwoya ofrecía servicios, algo que hizo en Sudán del Sur, donde hay pocos sacerdotes. “Esa fue mi responsabilidad como líder de la Iglesia hasta que nos forzaron a salir el año pasado”, dice. “Así que aquí continúo trabajando como líder de la iglesia como catequista”.

Responder a las necesidades físicas y espirituales de los recién llegados va de la mano, dice el padre Arasu: “[Llegan] hambrientos, deshidratados, polvorientos, prácticamente sin nada en las manos. Es muy triste”.

El refugiado Benson Okane explica que cuando hay ataques armados la gente no tiene tiempo para recoger sus pertenencias. “Cuando empiezan a disparar, simplemente corres o te mueres”, dice el hombre de 26 años, padre de dos niños pequeños. “No les importa si eres rebelde o no”.

 

líder comunitario de Sudán del Sur en el asentamiento de Palabek, Uganda. En el artículo: un Catequista de Sudán del Sur que envejeció en un campo de refugiados cuenta su historia sobre su huida a la vecina Uganda.

Robert Ocan Vendebko, 31, líder comunitario en el asentamiento de Palabek.

 

Christine Aparo, de 48 años, que sólo habla el idioma acholi, perdió a su marido en las guerras civiles del país y quedó viuda con cuatro hijos. Cuando comenzaron los combates, ella y su familia corrieron como todos los demás, pero una hija de 19 años, nunca llegó al campamento.

“Existe el problema del trauma”, dice Barth. “Casi todas las personas han quedado traumatizadas y hay pocos programas para eso. Algunas personas han visto cosas horribles”.

Lleno de esperanza, Obwoya dice que algún día las personas regresarán a las tierras acholi. Mientras tanto, reza por la paz.

“No sabemos lo que Dios ha planeado para nosotros”, dice. “Es difícil saber cuándo llegará la paz, pero esperamos que sea pronto”.

 

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Foto principal: Eugene Obwoya, 76, es uno de los 36.000 refugiados en el asentamiento Palabek, al norte de Uganda. (Sean Sprague/Uganda)

 

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