Ni extranjeros ni advenedizos

Existe un sufrimiento que pasa casi desapercibido. Es una tristeza invisible que pesa en el alma y no tiene expresión pública—y ni cuenta en los discursos del ámbito político. Es el dolor de los inmigrantes quienes al perder a un ser querido no pueden regresar a sus países de origen para los funerales debido a su estatus migratorio. Sufren el luto a la distancia.

Don Carlos Umberto Naula Orellana nació el 5 de junio de 1930, en Cuenca, Ecuador. Antes de su fallecimiento, el 1 de abril del 2018, él y su esposa María Natividad, celebraron 68 años de matrimonio. Don Carlos tenía un negocio de venta de leche. Se levantaba a las 4 de la mañana para ordeñar a las vacas.

Oswaldo, uno de sus ocho hijos, estudió medicina veterinaria inspirado en el trato gentil que don Carlos daba a sus vacas. “No sólo era mi padre, sino mi hermano, mi amigo, y sobre todo, mi maestro. Me enseñó a valorar la naturaleza y los animales; y que un padre da lo mejor que tiene”.

Oswaldo no pudo regresar a Ecuador para enterrar a su padre.

No es el único. Debido a las severas políticas actuales, millones de inmigrantes, como Oswaldo, viven en un limbo. No sólo los indocumentados, sino también las personas con casos en proceso, no pueden salir del país—pues podrían no tener la oportunidad de volver a entrar. La burocracia del sistema de inmigración hace que muchas familias esperen años para que se resuelvan sus casos. Mientras tanto, sus parientes envejecen hasta que son llamados a su destino final.

Aunque soñaba con volver a ver a sus padres; Oswaldo no pudo siquiera estar en el velorio de su padre. Como único consuelo le queda que sus dos hijos, nacidos en Nueva York, al llegar a una edad suficiente para viajar solos, sí tuvieron la dicha de conocer a sus abuelos. Hasta fueron a ordeñar leche con don Carlos.

Sobre el doble dolor de perder a su padre y no poder ir a su entierro, Oswaldo dice: “No hay como solventar ese dolor interno. Sabía que mi padre estaba enfermo, y ya tenía 88 años, pero aun así—a pesar de que uno sabe—no absorbo ese pensar que ya no esté allí”.

Oswaldo fue el único de los hermanos que no pudo asistir al funeral de don Carlos. La última vez que él vio a su padre fue hace 25 años.

En situaciones similares de pérdida, Oswaldo y su esposa han ayudado a otras familias a realizar Misas memoriales para acompañar el dolor de los inmigrantes que no pudieron regresar a sus países para despedirse de sus seres queridos. Así lo explica Oswaldo: “¿Adónde vamos con este dolor? Pues a la Iglesia”.

La comunidad hispana de Beacon, Nueva York, retribuyó el gesto de Oswaldo y lo acompañó en su dolor. El párroco y la religiosa de la Iglesia San Juan también fueron generosos. Todos ellos entienden que los seres queridos no son números ni estadísticas—son nuestros padres, madres, hermanos, parientes, vecinos, amigos.

En la fe, creemos que existe un reino donde no hay “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2,19-20).

Durante la elegía después de la Misa, Oswaldo afirmó que no hay fronteras para Dios y que volverá a encontrarse con don Carlos: “Nos estará esperando con una leche fresca”, dijo.

Foto principal: Un niño de México ve a través del muro de la frontera en San Diego, California. Muchas veces, inmigrantes no pueden regresar a sus países para enterrar a sus seres queridos. (CNS/California)

 

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