La guitarra de Jean Donovan

Supe por primera vez de Jean Donovan en 1984, casi cuatro años después de que ella y otras tres mujeres de la iglesia norteamericana fueron asesinadas en El Salvador por soldados del gobierno. Jean era miembro laico del equipo misionero de la Diócesis de Cleveland. Junto con la misionera Ursulina de Cleveland, Dorothy Kazel, y dos hermanas Maryknoll, Maura Clarke e Ita Ford, Jean sirvió a los pobres en El Salvador en la época de la guerra civil, cuando el gobierno dirigido por militares consideraba que el ayudar a los pobres era subversivo. Jean se había preparado para su tarea diocesana al participar en el programa de formación misionera de los Misioneros Laicos Maryknoll.

Yo era voluntario en la frontera entre California y México con refugiados salvadoreños en 1984 cuando vi la película Roses in December, el documental de 1982 sobre Jean Donovan. Las imágenes de Jean tocando su guitarra y su increíble historia me engancharon. Jean sirvió en El Salvador de 1979 a 1980. La guerra de 12 años entre el gobierno y los rebeldes, que cobraría 75.000 vidas, se estaba calentando. Jean le escribió a un amigo: “Varias veces he decidido irme de El Salvador. Casi podría, excepto por los niños, las pobres y magulladas víctimas de esta locura. ¿Quién cuidará de ellos?” Mi espíritu se inclinó ante esa poderosa simplicidad. Yo quería ser parte de eso. Y también quise aprender a tocar la guitarra.

Pero no fue sino hasta después de los períodos de misión en México y Venezuela cuando mi sueño de aprender a tocar llegó a la plenitud, cuando llegué como misionero laico de Maryknoll a El Salvador en 2012. Compré tres guitarras, una por cada década que había pospuesto. Mi idea era aprender a tocar una guitarra y prestar las otras dos.

El Salvador todavía vive un caos social debido a la división entre ricos y pobres, que resulta en la presencia de pandillas que atraen a jóvenes vulnerables a la violencia. El espíritu de servicio de Jean es tan necesario ahora como lo era cuando ella estaba aquí.

Un día, un miembro de una pandilla apareció de repente en el centro comunitario donde trabajo en La Esperanza. “Oye, dame una guitarra”, exigió.

Marvin era alto, musculoso y llevaba una camiseta sin mangas. Se paró en la entrada del centro comunitario y su rostro tomó el aire de una gárgola petrificada que no se movería hasta que consiguiera lo que quería. Le di una guitarra y le dije que la necesitaba de regreso a las 2 p.m. del día siguiente para una clase de catecismo. Tomó la guitarra y se fue. Pensé que nunca lo volvería a ver.

 

 

Al día siguiente llegué temprano para preparar mi clase. Marvin ya estaba en la entrada, abrazando la guitarra.
Me agradeció por confiar en él y puso la guitarra en mis brazos.

“Llévala de nuevo esta noche si quieres”, le dije. Sacudió la cabeza, indicando que no, y explicó que sólo quería tocar Las Mañanitas para su madre esa mañana. Era su cumpleaños. Yo conocía a su madre. Ella vivía en una pobreza extrema y estuvo postrada en cama por bastante tiempo.

“Tómala”, dije. “Sigue cantando”. Él se negó. Unas semanas más tarde fue arrestado. Corrió cuando vio a la policía y recibió un disparo y resultó herido. Él permanece en prisión.

“Si al menos pudiéramos haberlo contactado unos años antes con esa guitarra”, pensé.

Afortunadamente, pude llegar a otro joven. Alex tenía 11 años cuando lo conocí. Él también vivió con su madre en una pobreza desesperada. Como tantos niños en La Esperanza, estaba completamente aburrido. Pero el día que me presenté en su casa con una carretilla llena de libros de nuestra biblioteca móvil y una guitarra en la parte superior, se animó. Practicamos algunos acordes y él preguntó si podía quedarse con la guitarra.

“Es como un libro”, le dije. “Puedes mantenerla hasta por seis meses mientras practiques”.

Practicamos y ahora él está tocando algunas canciones. Su favorita es Madre de los Pobres. Se ha convertido en miembro del coro de la iglesia y a menudo viaja a eventos religiosos en San Salvador. Cuando regresa de estos eventos, puedes ver una luz en sus ojos. Él ahora tiene 14 años y es catequista.

La mayoría de los niños no tienen idea de lo que pueden obtener de la guitarra, pero he descubierto que si alguien está allí para alentarlos, se entusiasman con tocar y eso abre muchas otras puertas. El espíritu de Jean hizo eso por mí y, a su vez, ese espíritu ha inspirado a Alex.

La guitarra de Jean ahora se encuentra en la sede de los Misioneros Laicos Maryknoll, en Ossining, Nueva York. Fue un regalo de uno de los amigos de Jean, que inspira a una nueva generación de misioneros y a aquellos a quienes sirven.

Foto principal: Misionero Laico Maryknoll Rick Dixon toca la guitarra con Alex,
un niño de la comunidad de La Esperanza, El Salvador. (Cortesía de Rick Dixon/El Salvador)

 

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