El Padre Maryknoll Joseph Veneroso reflexiona sobre la tristeza en los momentos difíciles
de la vida

Como sacerdote, o simplemente como cristiano, ¿qué podría decirle a una madre viuda que acaba de perder a su único hijo de una manera inesperada y trágica? Mientras esperaba en línea con los dolientes que se acercaban al ataúd, todo tipo de clichés piadosos surgieron en mi mente y se evaporaron rápidamente ante el duro resplandor de la realidad. Cuando la madre me vio, se levantó y cayó en mis brazos, llorando sobre mi hombro. Sin palabras.

Ninguna capacitación en el seminario, cursos sobre consejería o “aprendizaje de los libros” nos prepara adecuadamente a los sacerdotes para, quizás, el momento más difícil del ministerio: consolar a los que lloran. La primera tentación es evitar la situación; lo segundo es escapar tan rápido como lo permita el decoro; y lo último es saber “decir algo”. Instintivamente supe en ese momento que estuve llamado simplemente para estar parado allí, y abrazarla, en silencio.

Cada ser humano, a lo largo de la historia, eventualmente se enfrenta a los dos grandes misterios del sufrimiento y la muerte. Cada religión ofrece una interpretación, o acaso una explicación, para estas experiencias. Los hindúes y los budistas creen en el karma, o como lo dice la Biblia: se recoge lo que se siembra (Gálatas 6, 7). Los musulmanes se someten a la voluntad de Dios en todas las cosas, no importa cuán inescrutables. Los judíos tienen la comodidad de esa obra sublime de la literatura de la Sabiduría, el Libro de Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor” (Job 1,21).

Misericordiosamente, la mayoría solo lidiamos con estas grandes tragedias de vez en cuando. Pero a lo largo de la vida hay enfermedades constantes, reveses y situaciones que nos recuerdan nuestra frágil mortalidad. Un rechazo de una universidad, la pérdida de un trabajo, la bancarrota, el divorcio y una enfermedad grave nos obligan a enfrentar el fracaso. Y quedamos avergonzados, o al menos reacios a hacer que nuestra familia y amigos se den cuenta o se sientan incómodos por nuestra desgracia.

“No sé qué decir” es una queja común que escucho de las personas que no saben cómo responder ante las dificultades de los demás. Pero esto no es excusa para no ir y estar con ellos, aunque sea para ofrecer un beso, abrazo, apretón de manos o incluso una confesión honesta: “No sé qué decir”. Que por lo menos te preocupaste en compartir de una pequeña manera su sufrimiento, dice más de lo que las palabras pueden expresar.

Los católicos tenemos dos modelos para el sufrimiento: Jesús en la cruz y la Santísima Virgen al pie de la cruz. ¿Cuál de los dos es el más difícil? Saber que nuestro ser querido sufre al vernos sufrir tiene que ser mayor que cualquier dolor físico. Pero ambos experimentaron eso. ¿Y cuántas veces se desarrolla esta escena en este momento en innumerables hospitales, prisiones y funerarias de todo el mundo?

Debemos ser el Discípulo Amado, ofrecer nuestra presencia tranquila en las horas más oscuras; poner el dolor de nuestro amigo por encima de nuestra incomodidad, y llevar a la Virgen María en nuestros corazones, hogares y vidas como nuestro refugio en la tormenta, nuestra paz en medio del dolor, y nuestra luz guía en este oscuro valle de lágrimas. Sin palabras.

Foto Principal: Niña participa en la peregrinación de Fatima Rani en la misión de Baromari en la frontera de la India, Bangladesh. (Sean Sprague/Bangladesh)

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