PROGRAMA FUNDADO POR MARYKNOLL SE BASA EN LA FE PARA EL ÉXITO EN LA LUCHA CONTRA EL VIH EN KENYA

El pasaje a la pequeña casa de Anne Ndungu es una angosta quebrada entre casuchas de metal corrugado y palos de madera en Mathare, la sobrepoblada barriada de Nairobi, la capital de Kenya.

Ndungu, una madre de tres niños, descubrió que era VIH-positiva en 2009 cuando estaba embarazada de su segundo hijo. Su esposo había descubierto que tenía el virus de la inmunodeficiencia que causa el SIDA, y probablemente se lo transmitió a ella.

“Me sentí como si no fuera nadie”, dice ella, recordando el momento en el que supo que tenía el virus. “Pensé que iba a morir de inmediato”.

Hoy, su segundo hijo tiene 9 años y no tiene el virus. Tampoco lo tiene su tercer hijo, un robusto bebé de 4 meses al que amamanta. No sólo sus tres hijos están libres de la enfermedad, sino que su propia salud ha mejorado hasta el punto de que el virus es indetectable en ella. Eso se llama tener una carga viral de “cero”.

Anne atribuye su éxito de sobrevivir la infección—que ha matado a 78 millones de personas en el mundo desde que el SIDA fue identificado en 1981—no sólo a la medicina antirretroviral sino también al apoyo de su “comunidad”, los trabajadores clínicos y voluntarios en un programa fundado por Maryknoll en Nairobi que por 25 años ha ayudado y atendido a personas con VIH y SIDA.

Cuando el Programa de Socorro para el SIDA del Decanato Oriental fue iniciado en 1993 por el Padre Maryknoll Edward Phillips, lo único que podían hacer sus trabajadores era acompañar a los moribundos y sus familias. Pero hoy EDARP—siglas con las que se conoce al programa—tiene un nivel de éxito que supera el promedio en muchas ciudades importantes del mundo, incluyendo Nueva York, a pesar de operar en Mathare, uno de los peores tugurios de Nairobi, y probablemente del mundo.

El Padre Maryknoll Richard Bauer, quien el año pasado se unió a EDARP, dice que el éxito se debe a que el 80% de las personas VIH positivas del programa toman constantemente sus medicamentos antirretrovirales. “Manhattan en este momento está luchando con un 65% de cumplimiento con sus personas VIH positivas”, explica el misionero.

Alice Njoroge, directora gerencial de EDARP, destaca que el éxito también se debe a la fe de la mayoría de los más de 1.000 trabajadores comunitarios de EDARP, quienes monitorean a las personas con VIH, SIDA y tuberculosis—enfermedad que está estrechamente asociada con la infección. Estos trabajadores de la salud de la comunidad, o TSC, se aseguran de que sus vecinos seropositivos tomen sus medicamentos consistentemente, que coman bien; y les proveen apoyo para que se mantengan en el tratamiento.

Organizados, capacitados y apoyados a través de las pequeñas comunidades católicas del área conectadas a las parroquias locales, los TSC son parte primordial de la misión de compasión de EDARP, quienes alientan constantemente a sus vecinos VIH-positivos, incluso ofreciéndoles apoyo espiritual a quienes lo deseen.

“A través de mi fe, aprendí que Jesús solía ir a la gente y los curaba”, dice Elizabeth Oduor, una TSC y conversa al catolicismo. “Decidí continuar el trabajo de Jesús, seguir el ejemplo de Jesús y buscar a las personas que están enfermas”.

Otro indicador importante del éxito, dice el padre Bauer, es que la tasa de transmisión del virus de madres VIH-positivas a los recién nacidos, es menor del 1% entre las 25.000 personas atendidas por EDARP.

En el laboratorio médico de vanguardia que EDARP administra, el líder del equipo de laboratorio Jessee Karanja dice que en el 2017 no hubo nuevas transmisiones de madre a hijo entre los aproximadamente 200 nacimientos entre clientes de EDARP. Si no hubiera intervención con medicamentos, un tercio de los bebés nacidos de madres con VIH estarían infectados con el virus, dice el padre Bauer.

“El programa ha hecho un trabajo muy bueno, casi eliminando la transmisión de madre a hijo”, dice el padre Bauer, de 59 años. “Personalmente, doy crédito de eso a los trabajadores de la salud de la comunidad y a los voluntarios que identifican a las personas, especialmente a las mujeres embarazadas, para que reciban tratamiento, y luego tengan un parto seguro”.

Anne, una madre de transmisión cero, dice que cuando supo que era VIH positiva pensó: “Es mi final y no voy a tener (más) hijos”, dice, “pero ahora estoy feliz. Tengo hijos”.

Njoroge, quien ha trabajado con EDARP desde sus inicios, dice que la motivación de fe del ejército de TSC, a quienes se les paga un pequeño estipendio por su servicio, es tan esencial para el programa del Decanato del Este que todos vienen al programa a través de las pequeñas comunidades cristianas. Esas comunidades, también conocidas como comunidades eclesiales de base, surgieron del mandato del Concilio Vaticano Segundo de involucrar a los laicos católicos en la comunidad y la misión de la Iglesia.

“Personalmente, doy crédito de eso a los trabajadores de la salud de la comunidad y a los voluntarios que identifican a las personas, especialmente a las mujeres embarazadas, para que reciban tratamiento, y luego tengan un parto seguro”.

“Cuando conseguí este trabajo, una de mis tareas fue ir a las parroquias, a las pequeñas comunidades cristianas y sensibilizarlas y decirles que necesitábamos gente”, dice Njoroge. La gente de esas comunidades sabían quién estaba enfermo dentro de su comunidad y quiénes eran las personas que solían visitar a los enfermos. Luego, ella le pedía a las comunidades que sugirieran personas que pudieran recibir capacitación de EDARP. La gente tenía que tener esa motivación de fe porque a principios de la década de 1990 su trabajo consistía en acompañar a los moribundos. “Estaban muy traumatizados al ver tantas muertes”, dijo.

“Todavía mantenemos ese enfoque”, dice ella. “[Los TSC] son de las pequeñas comunidades cristianas, personas que tienen interés en otros pacientes. Tienen la voluntad de ser voluntarios. Ellos tienen ese llamado especial”.

Eso también aplica a las personas VIH positivas que, después de haber sido cuidadas por los TSC, ahora quieren retribuirle a la comunidad, dice Njoroge. Y también aplica a los pocos no católicos y musulmanes que se sienten llamados a ayudar a aquellos VIH positivos de sus comunidades. Las pequeñas comunidades cristianas, señala, actúan como catalizadores para garantizar que los TSC estén motivados por la fe y el deseo de ayudar a los enfermos y necesitados, y que no sólo estén buscando un trabajo.

Ella dice que el método EDARP también se usa en la ciudad de Mombasa, donde el fallecido Hermano Maryknoll John Mullen reprodujo el programa con la ayuda de entrenadores del Decanato Oriental (ver p. 44).

El padre Bauer considera que su función es reforzar el componente espiritual del programa. Nacido en Santa Bárbara, California, él ha trabajado en el ministerio para personas con VIH y SIDA desde su ordenación en 1985, y anteriormente sirvió en ese ministerio en Tanzania y en Namibia. Más recientemente, completó un programa de capellanía certificado por la junta en el Hospital Mount Sinai de Nueva York, donde se hace hincapié en la curación del cuerpo, la mente y el espíritu.

Aunque Anne Ndungu no menciona su propia fe, expresa su gratitud a aquellos que por su fe la han ayudado, notando que su “trabajadora social” la visita todos los días para animarla. “Sé que no estoy sola”, dice ella. “Me guiaron y estoy aquí. Y ya no soy nadie. Soy alguien”.

Nota editorial: Anne Ndungu es un seudónimo para proteger la identidad y cumplir con la ley de Kenya que limita la identificación de personas con VIH.

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