DIÁCONO HISPANO Y SU ESPOSA ACEPTAN LA INVITACIÓN

“Dios nos llama a todos a servir, en diferentes modos, pero a servir,” dice Oscar Cifuentes. Él sintió su llamado al lado de su esposa, Ericka. Ella, sus tres hijos, y otros familiares, acompañaron a Oscar cuando fue ordenado diácono de la Arquidiócesis de Nueva York el 23 de junio, 2018.

Su camino al diaconado, siempre discernido en pareja, empezó en la parroquia Santa Ana en Ossining, Nueva York, donde conocieron a sacerdotes Maryknoll, como el Padre Rafael Dávila, quien les inspiró por su espíritu misionero.

Un día, un diácono participó en la Misa y Ericka le preguntó a Oscar: “¿No quieres estudiar para el diaconado?” Oscar, sorprendido, respondió: “¿Yo?”

El matrimonio se mudó a Beacon, Nueva York, donde vieron la necesidad de ayuda pastoral para los hispanos. Viendo la entrega de la pareja, el párroco les habló del diaconado. Con el apoyo de Ericka, Oscar decidió prepararse para servir.

Oscar hizo dos años de servicio en la parroquia, y un año de discernimiento que consistía en entrevistas con los dos esposos, evaluaciones psicológicas, talleres introductorios y un emotivo retiro para candidatos al diaconado y sus esposas.

Luego, siguieron cuatro años de formación más exigente. “Aunque hablo inglés”, dice el diácono nacido en Guatemala, “es difícil leer libros y escribir en inglés”.

También le fue difícil seguir con su trabajo como técnico en informática. Los lunes y miércoles, él iba directamente del trabajo a las clases en el seminario. “Antes, ayudaba a Ericka en su trabajo de limpieza de casas. Los dos nos sentíamos fatigados y frustrados”, dice Oscar.

Ericka describe una experiencia de esa época difícil. “Asistimos a un retiro. El sacerdote hizo una profunda dinámica, casi sin palabras, sobre San Francisco—con pelotitas y gestos. Capté el contenido: ‘Hazme un instrumento’. Me salían las lágrimas. Nos ayudó a enfrentar nuestros desafíos juntos, unidos”.

Oscar también había llegado a un punto de fatiga y su compromiso con la formación tuvo una prueba decisiva: “Saliendo del trabajo, tuve un accidente automovilístico. Fue una pérdida total. Con dos hijos en la universidad, nuestra situación económica era precaria. No sabía qué hacer. Dije: ‘tal vez no me es posible terminar la formación’. Fui a la próxima clase con la idea de despedirme de mis maestros y compañeros. Le conté mi situación a mi maestro, un sacerdote. Unos pocos días después, me habló por teléfono. ‘Mira,’ me dice, ‘te encontré un carro, de buen precio. ¿Puedes venir a verlo?’ Lo fui a ver. ¡Tenía menos millas que mi carro chocado! Grande fue mi sorpresa cuando el padre me dio la llave, diciendo: ‘Es tuyo. Te lo regalo’”.

“Hasta ese momento, creo que no me había convencido totalmente: Dios me ama. Cuando pasó lo del carro, era como que Dios me decía: ‘Tú no quieres, pero yo sí’”.

En junio, rodeado por su familia en la Catedral de San Patricio en Nueva York, Oscar fue ordenado diácono. “Íbamos saliendo de la Misa, y dije: ‘Gracias, Dios mío, por haberme permitido llegar hasta aquí. Estoy en tus manos”, dice. Ese mismo día, Oscar y Ericka fueron a compartir su alegría con el Padre Dávila en Maryknoll, quien les había inspirado en el principio de este largo caminar.

Cada mes, Oscar se encarga de la reposición del Santísimo, acompañado de Ericka y sus hijos. Los esposos coordinan los bautismos en español en la parroquia—Ericka brindando las pláticas pre-bautismales y Oscar, celebrando el bautismo. “Ha comenzado una nueva etapa de mi vida”, sonríe Oscar.