‘CAMINARÍA DOS MIL MILLAS A LA FRONTERA’

Reconocí inmediatamente los nombres de los lugares cuando leí los artículos sobre la caravana de migrantes que caminaban a Estados Unidos en busca de asilo. La caravana, comenzó en octubre desde San Pedro Sula, Honduras, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Tampoco me sorprendió leer los relatos de los migrantes procedentes del famoso barrio de Chamelecón en San Pedro Sula.

Yo caminé por los caminos polvorientos de ese barrio plagado de pandillas con el difunto Padre Thomas Goekler, un sacerdote de la Arquidiócesis de Hartford que se unió a Maryknoll y que en ese entonces trabajaba para contrarrestar la actividad pandillera en Chamelecón. En el camino, él me señalaba a derecha e izquierda las casas de los jóvenes asesinados por bandas rivales y los lugares en las calles donde ocurrieron los asesinatos. En un terreno baldío, dijo que antes había una casa con dos hijos que pertenecían a pandillas rivales. Ambos fueron asesinados y la familia desmanteló la casa y se fue.

Rezamos en el velatorio de un pandillero de 18 años, cuyo cofre tenía una pequeña ventana de cristal que permitía verlo con la nariz tapada con algodón. Algunos de los jóvenes presentes se rieron mientras rezábamos. El hermano mayor del joven asesinado miró intensamente al padre Tom mientras el sacerdote les llamaba la atención. Temí que el joven sacara un arma y le disparara al sacerdote, pero el padre Tom, una de las personas más valientes que he conocido, no se inmutó ni parpadeó. Continuó su discurso. Les dijo que ellos habían tomado sus decisiones en la vida, pero que a él le preocupaban los niños en la habitación. “¿Es esto lo que quieren? Porque en unos pocos años aquí es donde van a estar”, dijo, señalando con la cabeza hacia el ataúd.

Durante mi visita, él me contó cómo las pandillas usan la violación en grupo para vengarse o celebrar victorias; que había sido amenazado de muerte y que escapó fuegos cruzados.

Conocí una historia de éxito: un joven llamado Henry con tatuajes en los brazos, pecho y rostro, quien encontró la fe y abandonó la Mara Salvatrucha o MS-13. Fue difícil imaginar a ese joven carismático y amistoso haciendo lo que debió haber hecho mientras estuvo en la pandilla.

Un año después que regresé a Estados Unidos y escribí sobre el padre Tom y Henry para las revistas de Maryknoll, el padre Tom me llamó llorando: “Mataron a Henry”. Los miembros de su ex pandilla se metieron a la casa de Henry, pasaron delante de su esposa y de su hijo, y le dispararon en la ducha. ¿Por qué? Él se rehusó a ayudarlos en una pelea después de un partido de fútbol. Una vez que uno está dentro de una pandilla, rara vez sale con vida. Esto ocurrió hace más de una década. El padre Tom también falleció, de muerte natural.

He pensado mucho en Chamelecón desde que comenzaron las noticias de la caravana el pasado otoño. Como periodista de Maryknoll, he viajado por todo el mundo, desde Asia hasta África y América Latina. Chamelecón es quizá el lugar más peligroso en el que he estado.

Si viviera en Chamelecón, haría cualquier cosa para proteger a mis hijos de ser reclutados, violados o asesinados por una pandilla. ¿Caminaría más de dos mil millas hasta la frontera de Estados Unidos? Pueden apostar que sí. Descalzo si tuviera que hacerlo. Hasta que caiga de agotamiento y tenga que ser cargado. ¿Hay algunas personas en la caravana que necesitan ser examinadas por inmigración y no ser admitidas? Por supuesto, pero eso no garantiza vilipendiar a todos e ignorar la difícil situación de los inocentes desesperados. No es ilegal buscar seguridad a través del asilo.

Esta es una crisis humanitaria. La crisis no está en nuestra frontera, sino en los países centroamericanos de Honduras, Guatemala y El Salvador. Y requiere del liderazgo de Estados Unidos, México, Canadá y América Central para encontrar formas de abordar la violencia y la pobreza de nuestros pequeños vecinos del sur, para que los padres con hijos no sean obligados a huir de sus hogares. Ellos son nuestros vecinos. Somos su vecino del norte, grande, rico y poderoso, y es nuestra grandeza y nuestra tradición el dar la bienvenida a las masas acurrucadas y pobres que anhelan respirar libremente.

Necesitamos recordar el gran y simple mandamiento de Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Foto principal: El difunto Padre Thomas Goekler con Henry, quien fue asesinado por miembros de su ex pandilla en Honduras. (Sean Sprague/Honduras)