‘No hay nada que podamos hacer para que Dios deje de Amarnos’

Cuando invito a la gente a venir a la iglesia, a veces escucho: “No puedo ir a la iglesia; soy un gran pecador”. Eso es como decir: “No puedo ir al hospital; estoy demasiado enfermo”. No es tanto que las personas no quieran recibir el perdón, sino que no les gusta sentirse fuera de lugar en la iglesia, el único lugar en el mundo en el que todos deben sentirse como en casa. O tal vez en el fondo temen que si van a la iglesia y se sienten bienvenidos y aceptados, pueden sentirse obligados a adaptarse, si no convertidos, a una nueva forma de vida.

Una de las ironías de la vida moderna es que mientras el mundo está más poblado que nunca, las personas se sienten más aisladas y alienadas entre sí. Uno de los peores sentimientos es el de no pertenecer. Para contrarrestar esto, las personas se sienten naturalmente atraídas a unirse a grupos o clubes de personas de ideas afines que esperan que los acepten tal como son. Lástima que no sea así como se sienten en muchas iglesias, ya que idealmente, la fe cristiana debería ofrecer a todos una identidad auténtica como preciosos hijos e hijas de Dios en una comunidad de hermanos y hermanas.

En los Evangelios, vemos a Jesús haciendo precisamente eso: ir a los márgenes de la sociedad, al pecador y el marginado, a los enfermos y a los pobres, y aceptar a las personas donde están, sin condiciones previas, y hacerlas familia. “Porque el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12, 50). Entonces, ¿cuándo nos convertimos en extraños el uno para el otro, y para Dios?

Lo primero que Dios le pregunta a los humanos en la Biblia es: “¿Dónde estás?” (Génesis 3, 9). No es como que si Dios no sabe dónde estamos. Más bien, esta pregunta resalta la verdad de que debido a la culpa nos sentimos lejos de Dios, quien siempre nos está buscando, incluso cuando nosotros, como Adán, tratamos de escondernos debido a nuestro pecado. Incluso después de expulsarlos del Edén, Dios continúa buscando a sus hijos exiliados. Una y otra vez, la Biblia cuenta historias de Dios buscando a los humanos descarriados, y los humanos rechazando repetidamente a Dios.

Los relatos bíblicos sobre el destierro, el exilio, el deambular y el éxodo subrayan la condición humana básica de la alienación. No sentimos que pertenecemos a ninguna parte. Como extraños en una tierra extraña, anhelamos un paraíso perdido mucho antes de nacer. ¿Pero estamos realmente perdidos? ¿O es esa sensación de estar lejos de Dios (quien está en todas partes) solo la ilusión de alienación causada por el pecado?

A lo largo de los siglos, los humanos han ideado rituales cada vez más complejos para intentar restablecer la relación con el Dios que nunca se fue. El pecado nos ciega a la verdad de que no hay absolutamente nada que podamos hacer para que Dios deje de amarnos.

La Encarnación es la venida de Dios para estar con nosotros en nuestro exilio autoimpuesto. Mientras que la Crucifixión es el “¡No!” definitivo de la humanidad para Dios, la Resurrección es el “¡Sí!” eterno de Dios para nosotros. La salvación es la bendita realización de que pertenecemos a Dios y unos a otros. Nuestro sentido de alienación se evapora cuando aceptamos que Dios realmente nos ama.

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Foto principal: Jóvenes oran durante una “Vigilia por la Vida” en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción. (CNS/Washington, D.C.)