Niños observan la procesión del Viernes Santo en Soyapango, El Salvador. (CNS/El Salvador)

Salvadoreños desplazados internamente que huyen de la violencia Encuentran un refugio temporal seguro

Pablo, 19, ha vivido por 13 meses junto a su padre, su hermano, 12, y otras siete personas en lo que en broma llama “este paraíso”. Es un refugio secreto administrado por la Iglesia en las afueras de San Salvador. Excepto por algunas citas relacionadas con sus solicitudes de asilo, no han salido, ni ido a la azotea, ni mirado por una ventana.

Pablo toca bajo la guitarra para los visitantes de hoy, y junto con su familia, dirige a los demás a cantar el himno favorito de la iglesia. Tienen cuidado de no hacer mucho ruido, y Pablo esconde la guitarra bajo su cama para que no sea confiscada.

“En cierto modo es peor que una prisión”, dice. “En la cárcel uno puede salir al patio por lo menos en algún momento del día, pero aquí no”.

La madre de Pablo fue brutalmente asesinada por pandilleros, y él y el resto de su familia amenazados. Para salvar sus vidas, su padre, Rafael, decidió que la familia no tenía más remedio que irse. Le pagó a un amigo que prometió llevarlos a Estados Unidos. Pero cuando llegaron a México, les exigió más dinero—que no tenían.

Las autoridades mexicanas eventualmente los pusieron en contacto con la Iglesia Católica salvadoreña, que después de examinarlos, les dio una habitación en la casa en El Salvador, que forma parte de una red de refugios administrados por la Iglesia.

El resto de esta pequeña comunidad está formada por Elena, cuyo esposo fue asesinado y que está aquí con sus dos hijas y un hijo; por Marco y Daniel, una pareja gay; y Silvia, una mujer transgénero.

Migrante de El Salvador que viaja a los Estados Unidos ora durante una parada en Tecun Uman, Guatemala. (CNS/Guatemala)

Peter Altman enseña inglés a las personas que han sido desplazadas debido a la violencia y que no pueden dejar el refugio secreto por motivos de seguridad.(Meinrad Scherer-Emunds/El Salvador)

Peter Altman (izq.) ayuda a desplazados internos en El Salvador. (Meinrad Scherer-Emunds/El Salvador)

Miembros de pandillas salvadoreñas escuchan charlas cristianas en una cárcel. (CNS via Pulitzer Center/El Salvador)

Recluidos en la casa, su vida es monótona, pero varias veces a la semana esperan la visita de Peter Altman, un misionero laico Maryknoll.

“Cuando Pedro viene, trae alegría”, dice Rafael. Altman les enseña algo de inglés, ayuda a los niños con matemáticas y otros estudios, dirige proyectos de arte y juega con ellos.

“(Les) he enseñado a jugar Uno, Yahtze, Sorry! Bingo y una variedad de juegos con cartas”, dice Altman, “cualquier cosa que ayude a romper la monotonía”.

Altman, quien también es el director de la región de El Salvador de los Misioneros Laicos de Maryknoll, trabaja en dos albergues que forman parte de una red de la Iglesia para atender a desplazados internos.

Según un informe de derechos humanos del año pasado, “El Salvador está experimentando una epidemia de violencia generalizada relacionada con pandillas, con niveles de homicidios por encima de la mayoría de los países afectados por conflictos. Como consecuencia …hay niveles extremadamente altos de desplazamiento interno”. El informe responsabiliza al gobierno salvadoreño por no reconocer el problema y por no proporcionar medidas de protección ni una solución duradera a la crisis.

El Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos, con sede en Ginebra, estima que en 2017 casi 300.000 salvadoreños (el 5% de la población) fueron nuevos desplazados internos, casi todos obligados a huir de sus hogares debido a la violencia endémica en el país. “Han tenido que recoger las pocas posesiones que pudieron agarrar y abandonar sus hogares debido a amenazas de violencia”, dice Altman. El refugio les proporciona un lugar seguro mientras pasan por el proceso de solicitud de un estatus legal en Estados Unidos u otro país. “Cuando vienen, no tienen absolutamente nada, casi siempre solo la ropa que llevan puesta. La idea es brindarles un ambiente de apoyo mientras se desarrollan sus procesos legales”.

Altman explica que no es seguro que salgan del refugio porque El Salvador es un país pequeño y siempre existe el riesgo de que se los identifique o que se identifique el refugio y su misión.

Aunque se quejan un poco de las estrictas reglas del refugio y de que se les exige permanecer las 24 horas del día, los 7 días de la semana, se consideran bendecidos. Haber sido evaluados y admitidos en el refugio significa que tienen una buena probabilidad de que finalmente se apruebe su solicitud de asilo.

“La mayoría tiene todo lo que se necesita para ganar una entrada legal a Estados Unidos u otro país”, dice Altman. “El desafío es que por cada familia que está en nuestro refugio, hay 200 familias desplazadas y sin recursos, por una razón u otra, para pasar por el proceso. Tal vez les falte algo de la documentación o informes policiales para corroborar sus historias”.

Carmen Aguilar de El Salvador forma parte de una caravana que viaja a los Estados Unidos. Ella llora en Tecun Uman, Guatemala, ya que espera llegar a los Estados Unidos para mantener a sus tres hijos. (CNS/Guatemala)

Después de haber vivido y trabajado con personas pobres en El Salvador por más de cinco años, Altman agrega que sabe que “los salvadoreños aman a El Salvador. En un mundo ideal, ellos querrían vivir, trabajar y criar a sus familias en El Salvador. Cuando veo historias en las noticias sobre salvadoreños que emigran a Estados Unidos, me queda muy claro que esto no es sólo una búsqueda de mejores oportunidades económicas. La mayoría de las veces, las personas no tienen opción de quedarse en sus hogares. Ellos están huyendo por sus vidas”.

El Salvador tiene un lugar especial en los corazones de los Maryknoll. Durante la guerra civil del país, las Hermanas de Maryknoll Ita Ford y Maura Clarke, la Hermana Ursulina Dorothy Kazel y la misionera laica Jean Donovan fueron martirizadas, al igual que San Oscar Romero y muchas otras personas de la Iglesia. Actualmente nueve misioneros laicos y los sacerdotes Maryknoll John Spain y Jack Northrop, ministran aquí.

Además de dar la bienvenida y acoger a los solicitantes de asilo de El Salvador en Estados Unidos, dice Altman, otra manera para que los católicos estadounidenses muestren solidaridad con la gente que sufre en El Salvador es apoyar lo que los misioneros laicos Maryknoll hacen aquí.

“Han tenido que recoger las pocas posesiones que pudieron y abandonar sus hogares debido a amenazas de violencia”.

“Nuestros misioneros están ayudando a crear un futuro mejor y más oportunidades para las personas”, dice. “Participan en programas educativos con jóvenes en riesgo, en programas con pequeños agricultores, brindan asistencia educativa en áreas urbanas, trabajan con cooperativas de mujeres y programas nutricionales y llegan a personas sin hogar, incluyendo un número significativo de salvadoreños deportados de Estados Unidos”.

Los asesinatos, disparos, violencia, son eventos comunes en muchas de las comunidades en las que trabajan los misioneros Maryknoll.

Pero a pesar de todos los desafíos que enfrentan, los misioneros Maryknoll en El Salvador también encuentran razones para tener esperanza. “Me encanta ser un misionero laico Maryknoll”, dice Larry Parr, quien sirve en misión en El Salvador desde 2007, “y ser capaz de usar mis dones para trabajar junto con los jóvenes en algo más grande que yo, para crear un mundo más justo y compasivo”.

Los nombres de los residentes del refugio han sido cambiados para proteger sus identidades.