Mujer garífuna prepara pan de coco para visitantes en Tela, Honduras. (CNS/Honduras)

Mujer que antes recibía ayuda, ahora la ofrece

Margarita Cabrera, del Bronx, Nueva York, fue parte de la delegación de la comunidad de inmigrantes garífuna que viven en Estados Unidos quienes tuvieron el honor de saludar al Papa Francisco durante su visita a Nueva York en septiembre, 2015. “Le di la mano y el beso de bienvenida”, cuenta con orgullo.

El pueblo garífuna, dice Margarita, se formó hace casi cuatro siglos, cuando dos embarcaciones que llevaban a africanos secuestrados para hacerlos trabajar como esclavos en minas y plantaciones de América, naufragaron en la isla caribeña de San Vicente. Los africanos se mezclaron con indígenas arawak y carib, formando una nueva cultura con idioma propio. Tiempo después, a través de un tratado con Honduras, la mayor parte de la población garífuna fue trasladada en 1797 a ese país. En años recientes, una nueva ola de migración garífuna ha llegado a establecerse en el condado del Bronx en Nueva York.

“Mis abuelos se establecieron en La Ceiba, Honduras, una ciudad costeña”, dice Margarita. “Crecimos en el campo, con cultivos y animales. Soy la menor y la consentida de seis hermanos”. Pero su vida cambió cuando se enamoró. El día de su boda, preparada por sus padres, el novio no llegó. Ella tenía 19 años de edad. La familia del joven, explica, no la aceptó. “Yo era del monte, y su familia era de la ciudad”, dice.

Se recuperó de esa experiencia y continuó su vida. Estudió para ser modista. Un día, una amiga que regresó de visita al pueblo le habló de las oportunidades en Nueva York.

Sus padres no estuvieron de acuerdo, pero la dejaron migrar. “Llegué a Nueva York el 24 de octubre del 1988. No tenía abrigo, sólo ropa de verano”, dice Margarita.

Al principio, no le fue muy bien, pero poco a poco pudo independizarse y encontrar un mejor trabajo. Luego, encontró una pareja, no garífuna, con la que no tuvo una buena relación. “Me insultaba, denigrando el color de mi piel”, dice. “El día que me quiso pegar, llamé a la policía y me separé de él”.

“A veces, las mujeres no tenemos auto-estima; muchas no creen que puedan superar situaciones difíciles”, dice ella.

Pero, sus padres le dieron una base espiritual que le ha durado toda la vida. “Me acerqué más a mi parroquia, San Lucas. Conocí al grupo de mujeres (del movimiento “Grial”). Crecí en liderazgo. El Padre Ryan, que en paz descanse, me ofreció un trabajo en la parroquia. Con Caridades Católicas pude arreglar mi situación migratoria, por medio del Programa TPS (Estatus de Protección Temporal)”.

Margarita estudió inglés y obtuvo su certificado de equivalencia de la escuela secundaria. Ahora, es catequista, cursillista, tesorera de la Legión de María e integrante del coro. Coordina la dispensa de comida en la parroquia y la venta de ropa usada en la casa del movimiento Grial.

Antes, Margarita recibía ayuda, ahora la ofrece. Hospeda en su casa a una familia recién llegada de Honduras—una madre soltera con sus hijos. “Trato, con las personas necesitadas, no solo de alimentarlos sino de escucharlos. Es duro, porque viven situaciones difíciles”, dice.

Pero su fe y compromiso con la comunidad garífuna la sostienen. Los proyectos de su comunidad fueron reconocidos por Caridades Católicas. Fue de esa manera que fueron invitados a la recepción para el Santo Padre.

“He vivido experiencias difíciles. Pero si mis experiencias ayudan a otras mujeres a ver que ¡sí se puede!, me alegra de compartirlas”, concluye Margarita.