Joseph Veneroso (2do de dcha.) vestido de jefe nativo americano cuando asistía a kindergarten. (Cortesía de Joseph Veneroso, M.M./Nueva York)

Mi primera experiencia como un extraño o “forastero” fue en kindergarten. Una compañera era descendiente de los peregrinos que vinieron a Estados Unidos en el barco Mayflower y le encantaba decirnos intrusos extranjeros a nosotros, los niños italoamericanos. Pero cuando la clase celebró el Día de Acción de Gracias, yo me vestí de jefe nativo americano y le dije: “Bienvenida a nuestro país, cara pálida”. Nunca más nos volvió a llamar extranjeros intrusos.

Recordando años pasados, me percato de los muchos momentos en que Dios me estaba formando para convertirme en un discípulo misionero que cruza las fronteras de clase social, raza, religión, etnia y política para encontrar un sentido de comunidad en nuestra humanidad y estar en solidaridad con los pobres y oprimidos, todo en el nombre de Cristo.

Cuando estaba en la secundaria, cantaba en el coro de mi parroquia católica durante la misa dominical de la mañana y luego corríamos dos cuadras con mis amigos para cantar en el coro para el servicio presbiteriano. Fui ecuménico antes de haber oído la palabra.

Un día falté a la escuela para escuchar un discurso de campaña del joven John F. Kennedy. Durante la detención de castigo, el subdirector se sentó conmigo y discutimos el discurso de Kennedy. Me enseñó justicia con misericordia. Inspirado, organicé a mis amigos en un desfile político de dos cuadras con banderas, carteles y tambores para apoyar la candidatura de Kennedy.

En 1968, mis amigos y yo asistimos al funeral de Robert F. Kennedy. La iglesia presbiteriana local nos ofreció hospitalidad. Allí vi una Biblia escrita en un lenguaje extraño con círculos y líneas. “Eso es coreano”, explicó mi amigo. “Me encantaría poder leerlo”, profeticé sin querer.

Ese año, al reflexionar sobre una vocación sacerdotal solicité ingreso con los franciscanos. Para mi sorpresa (y el alivio de mis padres), los franciscanos me rechazaron. Tratar de descubrir la voluntad del Señor para mí en medio del fracaso fue la experiencia y preparación más dolorosa y valiosa para el discipulado en mi vida.

Estudié italiano y alemán en la universidad Albany State, y me encantó cómo los idiomas abren nuevas formas de comunicarse y mirar el mundo. El 19 de marzo de 1970—fiesta patronal de San José—fui uno de 17 miembros de la War Resisters League arrestados por protestar la guerra de Vietnam. Los Quakers pagaron nuestra fianza de $100. Camino de regreso a la universidad, ayudamos a una mujer a cambiar la llanta de su carro. Ella dijo: “Es tan agradable ver a jóvenes como ustedes, no como esos problemáticos que protestan la guerra”. Dios tiene sentido del humor.

Al graduarme, me uní al Cuerpo de Paz y enseñé inglés en Corea. Allí conocí a mi primer Maryknoll, el Padre Benedict Zweber. Se veía tan lleno de vida y alegría sirviendo desinteresadamente a pobres pescadores coreanos que me interesé en Maryknoll de inmediato. Pero, ¿cómo le dedicas tu vida a un grupo del que no habías oído hablar 24 horas antes? No pude dormir. Finalmente, recé: “Dios, intentaré unirme a Maryknoll. Si es tu voluntad, ayúdame. Si no, detenme”. Una paz llenó mi corazón. Ingresé a la Sociedad Maryknoll y he sido sacerdote por más de 40 años.

Dios me estaba preparando para una vida de discipulado misionero, y continúa formándome y enseñándome cada día de mi vida.