Grupo de Estados Unidos visita un programa de apoyo escolar en Cochabamba, Bolivia durante un viaje de inmersión Maryknoll. (Cortesía de Discípulos Misioneros Maryknoll/Bolivia)

visitantes extranjeros aprenden sobre la riqueza misionera

Se acerca la  Navidad. Es tiempo de alegría y renovación para la humanidad y la creación.

Belén está lleno de familias venidas de todas las regiones por el censo, pero no hay lugar para todos. En el centro de la escena, un pesebre. Un pequeño lugar en las periferias de la ciudad, donde animales buscan refugio nocturno.

Este espacio permite el milagro de que los excluidos tengan lugar en la fiesta de la vida. Allí se encuentra Dios y la humanidad, los más pobres, los extranjeros, los animales y el cosmos con la estrella que indica el lugar de este acontecimiento maravilloso.

También en ese rincón del mundo vislumbramos las raíces de nuestra fe, la encarnación, y un modelo de convivencia, de la fraternidad universal. La Navidad revela la posibilidad de otros modos de relacionarnos y encontrarnos.

En el Centro Misionero Maryknoll tenemos experiencias que nos recuerdan la necesidad de recuperar nuestras raíces y promover una cultura del encuentro, como dice el Papa Francisco.

Parte del Programa de Voluntariado del Centro Misionero Maryknoll, son los viajes de inmersión para diferentes grupos de personas de Estados Unidos que llegan a Bolivia para conocer la realidad latinoamericana y renovar su compromiso misionero. Hace unos meses recibimos a personas que trabajan en la pastoral hispana en diferentes partes de los Estados Unidos. Todos ellos son migrantes de diferentes países o hijos de migrantes nacidos en tierra estadounidense.

La experiencia tuvo tres momentos: El contacto histórico con las misiones en la Chiquitanía boliviana, que iniciaron misioneros jesuitas en 1540; la vivencia con comunidades misioneras en Santa Cruz y en Cochabamba; y el encuentro con expresiones de la religiosidad, cosmovisión y la cultura andina.

¿Qué reflexiones y aprendizajes surgieron durante el viaje, para los participantes y nuestro equipo? Primero, que el camino del discipulado misionero es como la experiencia migrante—una peregrinación que se emprende para buscar la posibilidad de construir una vida mejor, un mundo más justo. Esto implica, como dice el teólogo Paulo Suess “ser huésped en la casa del otro”. El migrante y el misionero se saben extranjeros, personas que llegan con su riqueza y su cultura a la tierra de otros y la pisa como suelo sagrado.

Segundo, los participantes sintieron arder su corazón al conectarse con expresiones de la religiosidad y ritualidad andina; y con la memoria afectiva de sus tierras y culturas de origen, con cuentos de sus abuelos, rezos y ritos familiares, que a lo largo del tiempo se fueron olvidando.

Por último, los visitantes de Estados Unidos, quienes partieron de su tierra hace mucho tiempo, y quienes nacieron en ese país de padres extranjeros, sintieron la necesidad de recuperar sus raíces olvidadas o perdidas, muchas veces, por intentar sobrevivir. Descubrieron el valor de la identidad propia y, cómo, esa identidad es una riqueza en el lugar donde viven hoy.

Lo vivido durante este viaje de inmersión me ha conectado con lo que celebramos en la Navidad. La fiesta de la vida donde todos tienen lugar y nadie se siente excluido. Donde tu origen aporta al misterio y revela su plenitud. Necesitamos recuperar y cultivar la “cultura del encuentro”, construir una verdadera fraternidad universal, hace realidad un mundo donde quepan todos los mundos.