Jóvenes pastores bolivianos enseñan el mensaje de Navidad y el significado de la misión
Mi esposo, nuestros dos pequeños hijos y yo habíamos vivido en Amachuma, Bolivia, durante aproximadamente dos años cuando tuve una experiencia que me permitió reconocer lo que realmente significa estar en misión. Era Navidad, y una iglesia local había organizado una obra navideña para los niños de nuestro pueblo. Todos estaban emocionados. Habría disfraces y chocolate caliente y todo el pueblo estaría allí para ver la obra.
En la mañana de la obra, tres niños pequeños vinieron a mi puerta. “Hermana”, dijeron, “somos pastores en la obra y necesitamos su ayuda para nuestros disfraces”.
“¿Qué necesitan?”, les pregunté.
“Las toallas que hemos visto en su tendedero. Las grandes para nuestros cuerpos y las pequeñas para nuestras cabezas”, contestaron.
“Pero, Juanito”, le dije al niño mayor, “ya eres un pastor. Todos los días, después de la escuela, llevas las ovejas de tu familia a pastar y las mantienes a salvo de ladrones y perros hambrientos. Luego las traes a casa; les das comida, agua fresca y las pones en su corral para que pasen la noche”.

Y a Carlos le dije: “¿Recuerdas una mañana del mes pasado, cuando trajiste un cordero recién nacido a mi casa?” El cordero había nacido en una mañana helada y estaba muriendo de frío en el suelo duro. Carlos recogió el cordero, rígido por el frío, y corrió a nuestra casa porque nos había visto usar un calentador de gas portátil en nuestra cocina. “Salvaste ese corderito, Carlos. Lo sostuviste en tus brazos junto a nuestro calentador hasta que estuvo tibio y se recuperó. Eso, mi amigo, te convierte en un pastor inteligente y maravilloso”.
No creo que mis palabras en ese momento hayan tenido un gran impacto en estos pequeños queridos, y probablemente se preguntaron por qué tenía lágrimas en los ojos. Después de todo, estaban tomando muy en serio sus papeles de actuación y querían parecerse a los pastores que vieron en las imágenes de la Biblia de su iglesia. Y se sentirían más apropiadamente vestidos con mis paños de cocina y toallas de baño. Entonces, por supuesto, los envié con un montón de toallas y la promesa de que estaríamos allí para tomarles fotos y aplaudirles.

Y mientras veíamos la obra esa noche, supe que si no hacía nada más en nuestra estadía en Bolivia, encontraría maneras de decirles a estos hermosos niños que ya son lo suficientemente buenos, que sus experiencias importan, que saben más de lo que creen que saben, y más de lo que les han dicho que saben. Y no necesitan toallas de nadie para contar una historia acerca de cómo Dios nació en el mundo.
El Evangelio nos habla de Juan Bautista: “Él mismo no era la luz, pero vino a ser testigo de la luz”. Nosotros, misioneros, cuando abrimos nuestros ojos y nuestros corazones a la presencia de Dios que nos rodea en las comunidades donde vivimos, estamos llamados a ser testigos de la luz que encontramos allí.
Estar en misión es encontrar mil maneras de decir: “Eres hermoso, eres sabio y poderoso, tus formas son maravillosas, eres maravilloso tal como Dios te hizo”.
