Fui parte de un equipo pastoral que se encargaba de la parroquia de Capinota, Bolivia, formada como por 30 aldeas, muchas de las cuales estaban ubicadas en el aire fino de la Cordillera de los Andes. Un día, para guiarnos a la aldea aislada de Calacaja, los campesinos trajeron una mula robusta para subir la montaña. Al principio, estuve bien con el paseo en mula, pero luego me empezaron a doler las piernas. Les mencioné a los campesinos que quería bajarme, pero me dijeron: “No, hermana. No va poder respirar”. Pensé, está bien, y seguí en la mula. Después de un rato, con las piernas aún más doloridas, volví a expresar mi deseo de bajar. La respuesta se repitió cortésmente: “Hermana, no va poder respirar”. Finalmente, decidí bajar de la mula. Me sentí muy bien, pero esa alegría duró muy poco. Después de unos minutos, sentí un gran cansancio para caminar y me esforcé para respirar. Avergonzada, supliqué que me ayudaran a subir a la mula. Los campesinos me ayudaron sin el mínimo indicio de “te lo dijimos”.

Joyce Hylazewski, M.M.

Cuando servía como diácono en una parroquia al sur de Chicago, mientras culminaba mi formación misionera con Maryknoll, parte de mi servicio incluía predicar homilías. Un domingo prediqué sobre la experiencia de Jesús en el desierto y la conecté con el “desierto de la vida” de las personas: dolencias físicas, soledad, adicción y un alto índice de violencia armada en el vecindario. Finalmente, señalé que el resultado de la experiencia en el desierto fue la resurrección. Un hombre, desconocido en la parroquia, se acercó al sacerdote para contarle que a su hijo de 13 años lo mató su amigo de 14 cuando jugaban con una pistola. Ese día, el hombre lo buscaba para matarlo por lo que hizo, pero al pasar por la iglesia, sintió un fuerte deseo de entrar. Allí escuchó que no estaba solo en su “desierto”, y que, en lugar de darse por vencido, el Espíritu nos llama a la resurrección y a una nueva vida. Cambió de idea. Uno nunca sabe cuándo y dónde Dios nos usa para tocar la vida de los demás, y cuán importante es nuestro ministerio de presencia con aquellos que están pasando por experiencias desérticas.

Jonathan Hill, M.M.

Regresé a Virginia de vacaciones cuando servía como misionera laica Maryknoll en Tanzania y le pedí a mi mamá que me recogiera del aeropuerto, yo venía en un vuelo de Ethiopian Airlines. Me percaté en el viaje que le había dicho a mamá que me recogiera un día antes, sin darme cuenta de la diferencia de horas—esto era antes de tener internet o teléfono celular. No había forma de contactarla. Entonces, llegué con la esperanza de que ella me estaría esperando. Fui la primera en pasar aduanas y al salir a la sala de espera, ahí estaba mamá, entre muchos familiares etiopíes que esperaban a sus seres queridos y me saludaron por mi nombre: “¡Hola Debbie!” Mi mamá llegó temprano, después de saber donde estacionarse del día anterior, e hizo amigos mientras esperaba mi vuelo. Ella nunca sirvió en misión en el extranjero, pero tiene corazón misionero, siempre abierta a entablar relaciones con todas las personas sin importar sus culturas.

Debbie Northern, MKLM

Como Misionera Laica Maryknoll en Musoma trabajo con las Hermanas del Corazón Inmaculado de África y en el Centro San Justin para niños con discapacidades. Rezo y espero recibir ayuda para comprar uniformes. Es difícil ver a niños con suéteres viejos llenos de agujeros y camisas viejas y harapientas. Sus zapatos también están llenos de agujeros. Mientras miraba sus zapatos un día, me recordó mi propia experiencia. A mi madre soltera y trabajadora no le alcanzaba para comprarme zapatos. Un día de lluvia llegué a casa con los pies mojados porque mis zapatos tenían agujeros. Cuando me quejé con mi mami, ella me dijo: “Angélica, ¡agradece que tienes pies!” En mi ministerio actual paso tiempo con niños con amputaciones de los pies o que tienen una deformidad, pero conservo el mensaje de mi madre de ser agradecida por lo que tenemos y de no enfocarnos en lo que nos falta.

Angélica Ruppe, MKLM