Aleska García y su abuela, Petronila Reyes, en Goascorán, Honduras. García intentó llegar a Estados Unidos para reunirse con su madre, pero fue retornada a su país. (CNS, Paul Jeffrey/Honduras)

En Honduras, Encontrando Seguridad de la Violencia Pandillera

Los ojos de Joaquín brillan cuando habla de sus clases de cocina. “Me encanta la cocina francesa, la japonesa”, dice. “¡Y sé cómo mezclar cocteles!” Su sueño de ser un chef lo transporta a un lugar seguro donde no existen las maras (pandillas), ni la amenaza de que su vida termine abrupta y cruelmente.

Su sueño es una isla de luz en un mar de oscuridad y peligro; es un sueño que Casa Alianza Honduras (CAH) le está ayudando a proteger y cultivar. “Gracias a Casa Alianza, he podido avanzar. Este lugar es un refugio”, Joaquín dice a un grupo de visitas. (Su nombre y el de otros jóvenes han sido cambiados para proteger sus identidades.)

CAH es parte de la federación de Covenant House, una red de santuarios para niñas, niños, y adolescentes sin casa, abusados, explotados, y traficados que se extiende a través de Centro y Norte América. En América Latina, estos refugios son conocidos como Casa Alianza en Honduras, Nicaragua, y México, y como La Alianza en Guatemala.

Sea en Estados Unidos o Centroamérica, la misión de Covenant House es la misma: brindar albergue, seguridad, y los servicios y programas que los jóvenes necesitan para poder sanar y avanzar sus vidas, y hacerlo con amor incondicional y respeto absoluto. Desde esta misión común, cada Casa enfrenta los desafíos propios de su lugar; en Honduras, eso incluye la violencia pandillera y la migración.

Casa Alianza Honduras outreach worker brings basic food supplies to a migrant family returned to San Pedro Sula. (Fotos cortesía de Covenant House/Honduras)

Un rayo de luz entre la espada y la pared

Joaquín tiene solo 17 años. Él sabe que no puede regresar a su casa porque la pandilla que domina su barrio lo tiene amenazado de muerte. Joaquín se esfuerza por describir cómo se siente al andar con el blanco puesto sobre la espalda, pero no halla las palabras. Aunque se aferra al sueño de ser un chef, se preocupa por la violencia que le espera afuera de las puertas de Casa Alianza y cómo, después de tres intentos frustrados, podría reunirse con su hermana en Estados Unidos. Le saltan las lágrimas.

Es una situación imposible para un adolescente. Los adultos a lo largo de las Américas pueden discutir interminablemente sobre política migratoria, pero para un joven que enfrenta la muerte, esas constantes discusiones son una bulla vacía.

En 2010, Casa Alianza Honduras empezó un programa para responder a las necesidades de las niñas, los niños, y jóvenes devueltos solos a San Pedro Sula, Honduras, después de sus intentos frustrados de alcanzar la seguridad de Estados Unidos o México. San Pedro Sula, La Ceiba, y Tegucigalpa son consideradas las ciudades más crueles del país para la violencia pandillera.

Casa Alianza staff lead a workshop in San Pedro Sula to help returned migrants regain their footing and build a different life in Honduras.

Caravanas de migrantes

Al principio, miembros del equipo de reintegración familiar de Casa Alianza viajaron en auto o autobús por más de seis horas desde Tegucigalpa para encontrar los buses de migrantes dejados por el gobierno mexicano cada semana en la zona fronteriza de Honduras. El equipo identificó a los menores no acompañados y rápidamente evaluaron si pudieran ser reunidos con sus familias, ubicados en un refugio local, o llevados a la capital para encontrar seguridad en la residencia de Casa Alianza.

“Hoy, tenemos un equipo técnico de cuatro personas trabajando permanentemente en San Pedro Sula”, dice Nely García, quien encabeza el equipo de reintegración familiar que abarca la misión con jóvenes migrantes. San Pedro Sula es la 31ava ciudad—la más reciente—donde Covenant House ha establecido su programa.

“La situación en la frontera de Estados Unidos es muy difícil. Existe mucha separación, existen muchos retornados”, dice García “Nuestro objetivo es ayudar a los jóvenes a permanecer en Honduras cuando las condiciones se den para su seguridad. Los barrios que ellos van escapando son amenazados por las maras, y no los podemos retornar a esos barrios”.

A Casa Alianza outreach worker checks in on a family recently returned to Honduras to assess their immediate needs.

Irma Madrid Jiménez (izq.) del equipo de Casa Alianza Honduras con madre e hijo recientemente retornados de ruta migratoria a San Pedro Sula.

Una niña retornada abraza su nueva mochila y útiles escolares y se prepara a reincorporarse al sistema escolar en San Pedro Sula.

García dice que en lo que va del 2019, Casa Alianza ha reunido a 58 niñas, niños, y jóvenes con sus familias a través de este programa. “Tenemos un alto nivel de retención”, dice ella. “Alrededor del 90% de los jóvenes con quienes trabajamos no vuelven a la ruta migratoria. Logramos situarlos en un lugar seguro con su familia inmediata o extendida”.

No Solo Sobrevivir Sino Florecer

Sin embargo, agrega, el proceso para asegurar que un niño retorne a un hogar y una comunidad seguros y donde él o ella pueda no solo sobrevivir sino florecer, puede ser largo. El equipo de reintegración familiar en San Pedro Sula trabaja con el niño o la niña, la familia, y la comunidad para construir un tal ambiente en el hogar y el barrio.

Cuando no existe esa posibilidad, los jóvenes son recibidos en la residencia de Casa Alianza Honduras en la capital. Allí encuentran seguridad, oportunidad, y aliento para seguir sus sueños. Jóvenes como Joaquín; Oscar, de 14 años; Mateo, de 17; y Diego, de 16, quienes se reunieron con las visitas recientes en Casa Alianza.

Los cuatro jóvenes dieron gracias por el lugar tan seguro y enriquecedor que Casa Alianza ha sido para cada uno de ellos y por la oportunidad de seguir sus sueños—como el de Joaquín para la cocina—los cuales fueron interrumpidos por la amenaza de la violencia. Su temor a las represalias de las maras aún permanecen, no obstante, y el llamado de la ruta migratoria les inquieta.

Recordando su intento frustrado de escapar, Oscar dice, “Da miedo, pues. En la ruta migratoria, muchas veces, uno no tiene comida ni dinero. Se tiene que depender de las familias que se encuentran en el camino para estas cosas”.

“Sin embargo,” añade Mateo, “¿cómo iba yo a temerlo cuando la única opción aquí era la muerte?”