Por Barbara Fraser, Catholic News Service

LIMA, Perú (CNS) — En el noveno día del estado de emergencia que impuso Perú para frenar la difusión del coronavirus, Antonio Palomino Quispe llegó a su casa justo antes del toque de queda de la noche.

Había estado entregando canastas de comida ese día, el 24 de marzo, a 30 de los 10 ancianos de bajos recursos que normalmente reciben desayuno y comida tres días a la semana en la parroquia San Martín de la Caridad, en Villa El Salvador, un vecindario pobre en el límite sur de la capital de Perú.

Desde el 16 de marzo, cuando el gobierno ordenó a la gente quedarse en casa excepto para comprar comida o medicina o acudir al doctor en una emergencia, los «Martincitos», como llaman a los ancianos a su grupo, por san Martín de Porres, habían estado encerrados en sus hogares.

Muchos viven solos, así que extrañan las comidas, ejercicio, actividades y compañía que antes les proporcionaban sus reuniones.

«Los mayores son la gente más olvidada» en Perú, y los más vulnerables a la enfermedad, dijo Palomino, de 59 años, quien fundó el grupo hace tres décadas.

Aunque los ancianos no se pueden reunir, él sigue siendo su línea vital. A la mañana siguiente entregó otras 70 cestas llenas de comida y otros artículos donados a la parroquia.

La pandemia del coronavirus barrió gran parte del mundo antes de llegar a América Latina, dándoles a los líderes tiempo para sacar enseñanzas de las altas tasas de mortalidad en países como España e Italia.

Los oficiales dicen que las medidas drásticas de Perú están previniendo que el número de casos ascienda más allá de la capacidad de respuesta del sistema de salud.

La mayoría de los demás países latinoamericanos han tomado medidas semejantes, aunque algunos no han limitado el movimiento tan severamente como Perú.

Millones de latinoamericanos ganan cada día solamente lo suficiente para cubrir las necesidades diarias de sus familias, así que un confinamiento total crea dificultades rápidamente. Los oficiales gubernamentales deben equilibrar el peligro del COVID-19 con el riesgo de que el pueblo pase hambre y con el peligro de disturbios sociales.

Los problemas son más agudos en ciudades más grandes, como Sao Paulo o Río de Janeiro en Brasil, donde millones de personas se acumulan en favelas–barrios pobres que a menudo carecen de agua corriente y servicios de alcantarillado.

Los expertos de la salud advierten que el COVID-19 se podría extender por las favelas con resultados letales, pero el gobierno no ha impuesto medidas nacionales, dejando a los estados y las ciudades decidir sobre sus propios pasos.

En Río de Janeiro, una cuarentena impuesta ha dejado sin trabajo a vendedores ambulantes, manicuristas, peluqueros, personas de mantenimiento, guardias de seguridad y otras personas, dijo Vania Ribeiro, vice presidenta de la Asociación de Residentes de la Tabajara y Cabritos, dos favelas que tienen 21,000 habitantes.

«Si no vas a trabajar, no tienes nada que comer en casa», dijo Ribeiro a Catholic News Service. «No hay dinero, no hay agua, no hay comida. Es una situación muy difícil».

El trabajo de su clínica de salud local se comparte con Copacabana, un vecindario con un gran número de ancianos que tienen un mayor riesgo de muerte si contraen el virus. Pero la clínica no tiene paquetes de pruebas de COVID-19, así que las personas con síntomas son enviadas a pasar la cuarentena a sus casas, dijo Ribeiro.

Sin embargo, en las favelas con frecuencia tres generaciones comparten una única habitación que sirve como sala y dormitorio, quizá con una pequeñisima cocina separada.

«¿Cómo puede estar un residente de una favela en cuarentena sin contacto con otras personas?» preguntó Ribeiro. «¿Cómo podemos aislar a los ancianos?»

El alcalde de Rio de Janeiro propuso trasladar a los ancianos que den positivo en la prueba a hoteles, pero Ribeiro dijo que eso no ayudará a vecindarios como el suyo, donde la clínica no tiene pruebas.

Como Brasil, México también se ha negado a imponer cuarentenas y sólo estaba comenzando a limitar grandes concentraciones de personas. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha llevado a cabo mítines en regiones rurales, abrazando a sus simpatizantes y besando a bebés.

En un video colocado en las redes sociales el 22 de marzo, animaba a la gente a seguir comiendo fuera para apoyar la economía.

Los observadores dicen que López Obrador quiere salvar a las clases trabajadoras, que no tienen los medios económicos para soportar el aislamiento social y podrían estar sin trabajo durante varias semanas o meses. «No tienen ningún ahorro. Viven de pago a pago», dijo a CNS el padre Robert Coogan, un sacerdote americano de la diócesis mexicana norteña de Saltillo.

El padre Coogan sirve a los presos que son especialmente vulnerables al virus al vivir en lugares confinados y densos.

«Se propagará a toda la población de la prisión si entra», dijo el padre Coogan. «Nadie de mi equipo entra y yo sólo voy a decir Misa–ningún otro contacto con ellos».

Los presos están preocupados, especialmente si tienen escaso acceso a la información y están preocupados por lo que les podría pasar a sus familias, dijo.

La preocupación también es creciente en la región amazónica, donde los casos son menos, pero en comunidades remotas, especialmente aldeas indígenas, donde faltan servicios de salud y son especialmente vulnerables.

En Boa Vista, en el noroeste de Brasil, el riesgo es mayor para los venezolanos que han huido del colapso político y económico de su país.

Unas 6,000 personas viven en campamentos oficiales de tiendas, mientras que otros 20,000 viven en campamentos improvisados o edificios abandonados, o duermen en la calle, dijo Esther Tello, co-directora de Cáritas, la oficina de ayuda social y humanitaria de la Iglesia católica en Boa Vista.

A muchas colonias les falta agua corriente, haciendo prácticamente imposible la buena higiene que es crucial para prevenir el contagio. La preocupación creció el 24 de marzo, cuando el número de casos confirmados en la ciudad aumentó de dos a cinco.

A causa de la prohibición de reuniones públicas, los oficiales de la ciudad amenazaron con multar a varias hermanas de la Consolata que ofrecían pan y café a venezolanos sin techo en la puerta de su convento cada mañana. Las hermanas–que son ellas mismas ancianas y tienen un mayor riesgo de contraer el virus–tuvieron que dejar de servir los desayunos, dijo Tello.

En Iquitos, la ciudad amazónica más grande de Perú, el obispo José Javier Travieso Martín, del Vicariato de San José de Amazona, fue hospitalizado con COVID-19. Los oficiales de salud estaban rastreando a más de 60 personas con quienes había tenido contacto antes de ser diagnosticado.

Muchas de esas personas son misioneros o catequistas que regresaron a las remotas comunidades rurales e indígenas después de reunirse con el obispo justo antes de que se declarase el estado de emergencia.

En vecindarios pobres de Iquitos, donde las casas de madera están construidas sobre pilares a causa de las inundaciones de temporada, el pescado, que es esencial en la dieta amazónica, había desaparecido de los mercados y los precios de otros productos habían ascendido, dijo a CNS Estela María Pérez Vílchez, de 42 años.

Pérez, que limpia en una clínica de diálisis, se considera afortunada de tener un trabajo durante el confinamiento. A pesar de la orden del gobierno de quedarse en casa, algunos de sus vecinos todavía se atreven a salir unas cuantas horas al día para vender artículos, o manejar carritos a motor en un esfuerzo por ganarse unos cuantos dólares.

«No hay trabajo, y la gente no sabe si va a poder comer», dijo Pérez, catequista laica en la parroquia de la Inmaculada Concepción.

Una buena higiene es también difícil para mucha gente a quien le falta el agua corriente en su casa y deben pagar a otros unos cuantos centavos por una cubeta de agua para lavarse.

Pérez extraña las reuniones semanales en la capilla del vecindario, donde normalmente dirigía la Liturgia de la Palabra e iba a comenzar clases de educación religiosa para niños este mes.

«Oramos para que no ocurra nada», y que el estado de emergencia se levante pronto, dijo Pérez. Para evitar contraer el virus, añadió, «tomo precauciones, pero quien de verdad me protege es Dios».


Lise Alves en Sao Paulo y David Agren en Mexico City contribuyeron con este artículo.

Imagen destacada: Una mujer y un niño con máscaras protectoras caminan por la estación de tren Central do Brasil en Río de Janeiro durante la pandemia de coronavirus el 24 de marzo de 2020. (CNS / Ricardo Moraes, Reuters)