Una anciana cristiana desplazada por la violencia sectaria que incluye ataques de extremistas islamistas descansa en una iglesia en Kaya, Burkina Faso, en mayo 2019. (CNS/Burkina Faso)

Cada año, cuando aparecen los anuncios en la televisión para adoptar o patrocinar animales maltratados y rescatados, quedo rendido ante esos tristes ojos de cachorro y gatitos haciendo puchero—y con la música de “Amazing Grace” en el fondo, nada menos. “¡Paren! ¡Ya!” murmuro yo, “¡Tomen mi dinero, pero no me muestren más mascotas abandonadas!” Y de ese modo hago mi donación anual.
Admito que solo el cincuenta por ciento proviene de la compasión, la mitad restante viene de un sentido de empatía casi insoportable. Puedo sentir lo que sienten esas pobres criaturas, así que debo hacer algo.

El abandono es probablemente la peor experiencia emocional que alguien puede sufrir. La traición duele, sin duda, pero la ira y el deseo de venganza y auto-conservación pronto brotan de esas heridas para calmar el dolor. Pero el abandono golpea hasta el suelo debajo de nuestros pies cuando nos damos cuenta de que aquel de quien más dependíamos nos ha olvidado. Nunca nos sentimos tan solos y vulnerables.

Durante la Cuaresma es costumbre contemplar el sufrimiento del Señor. Si bien es cierto que generalmente nos enfocamos en el dolor físico que Jesús sufrió: la flagelación, la corona de espinas, la crucifixión, todo esto queda pálido en comparación con el terrible trauma emocional que sufrió: la traición de Judas, la negación de Pedro, la deserción de la mayoría de sus discípulos. Pero lo más insoportable de todo fue el abandono que Jesús sintió mientras estaba colgado de la cruz al pronunciar el inicio del Salmo 22, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

El Dios con quien se había comunicado tan íntimamente a diario ahora se queda inexplicablemente silente y distante en la hora de la mayor necesidad de Jesús. Jesús había profetizado que cuando lo levantaran en la cruz, atraería a todas las personas hacia él.

La gente reconocería en su torturado y roto cuerpo su lamentable condición humana. Del mismo modo, una humanidad traicionada, crucificada y abandonada reconocerá el grito de abandono de Jesús como propio.

Dios se hizo humano en Jesús precisamente para experimentar todas las pruebas de la vida, no tanto para aprender lo que es ser humano, porque Dios lo sabe, sino para revelar que incluso en nuestras situaciones más oscuras, Dios está realmente con nosotros. Y en ese momento, cuando nos damos cuenta de que nada puede separarnos del amor de Dios, somos salvados. Al igual que el Salmo 22 empieza con un sentido de abandono, luego dice: “Porque Él no ha mirado con desdén ni ha despreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó cuando pidió auxilio”.

Con su último aliento, Jesús dijo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”,  proclamando así su fe en la victoria final de Dios.

Desde la antigüedad, Dios consideró nuestra soledad y humildad, y, movido con compasión, Dios se convirtió en uno de nosotros para estar con nosotros y librarnos de todo mal. Y nosotros, a quienes Dios ha salvado, debemos, a su vez, estar con todos nuestros hermanos y hermanas en su hora de necesidad. Pero para hacer esto debemos verlos como Dios los ve. Con compasión. Sintiendo lo que sienten. Sufriendo lo que sufren. Jesús experimenta el abandono para que todos los que se sienten abandonados puedan experimentar a Jesús. Expresar solidaridad con todos los que sufren es realmente una “Amazing Grace” (misericordia asombrosa).

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