He trabajado en el North Central Bronx Hospital en Nueva York durante 27 años como enfermera registrada. En este momento, nuestro hospital es una zona de guerra mientras luchamos contra COVID-19.

Todas las cirugías electivas han sido canceladas. Varias unidades, incluida la mía, se han convertido en unidades de pacientes COVID-19. El personal de atención médica usamos equipo de protección personal, pero inicialmente, como muchos de mis colegas, sentía mucha ansiedad al darle asistencia a pacientes con COVID-19. Nos preocupaba cómo este coronavirus podría comprometer nuestra propia salud y la salud de nuestros seres queridos en el hogar.

Luego escuché el discurso del Papa Francisco durante su bendición especial el 27 de marzo. Nos recordó que todos estamos juntos con Jesús en este viaje. “Entreguémosle nuestros miedos a él para que pueda vencerlos”, dijo el Papa Francisco. Pude sentir la energía de Dios llenar mi corazón. Necesitaba darle a Jesús mis miedos. Sin mi fe en Cristo resucitado, no estaría tan tranquila y concentrada como lo estoy hoy.

En este momento la situación es abrumadora. Los trabajadores de la salud lloramos cuando vemos que tantos pacientes con COVID mueren, solos, después de luchar tan duro para mantenerse con vida.

Nunca experimenté lo que es una guerra, pero en mi tierra natal, Corea, crecí escuchando historias de las doctoras y enfermeras Hermanas Maryknoll que ayudaban a los enfermos durante la Guerra de Corea. También conocí al Padre Maryknoll Gerald Farrell, un médico que sirvió en Corea. Aquí en Nueva York, cuando visito Maryknoll y conozco a muchas hermanas, hermanos y sacerdotes que dedicaron sus vidas a mi país cuando lo necesitábamos, me siento inspirada para realizar mi propio trabajo.

Estamos en un momento desconocido de la vida con esta pandemia. Sin embargo, estoy experimentando el milagro de estar unido con los otros trabajadores del hospital. Trabajamos juntos con una energía dirigida, diferente a la anterior.

A medida que atendemos a los necesitados, nos animamos unos a otros. Cuando me siento impotente, sigo trabajando junto con los demás trabajadores médicos. La mayoría de nosotros venimos de diferentes países, culturas y religiones, pero parece que todos estamos unidos en esta lucha en presencia de Dios. Nos preocupamos los unos por los otros, preguntando cómo estamos, cómo están nuestras familias. Más allá de ser profesionales, nos relacionamos entre nosotros como seres humanos. Juntos estamos luchando para salvar el precioso regalo de la vida. Muchos en el hospital mencionan la palabra “Dios”, pidiéndole a Dios que esté con los pacientes y con todos nosotros.

En casa, con mi esposo Peter y mi hijo, Paul, de 27 años, tomo todas las precauciones para protegerlos: distanciamiento social, lavado de manos y uso de máscaras. Paul tiene autismo y yo temía que no entendiera lo que está sucediendo. Él entiende más de lo que pienso y quiere abrazarme para ayudarme a cargar mi cruz. Le digo “ahora no” y espero que comprenda.

Pero Dios se mueve y nos cambia a todos. En medio de la pandemia de COVID-19, mi esposo y mi hijo se unen a mí en oración cada noche. Creo que Dios nos está escuchando a cada uno de nosotros en nuestra lucha, porque como dice San Pablo, “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? … en todo esto obtenemos una amplia victoria”, Romanos 8,35-37.

Nota editorial: Esta reflexión será parte de la sección de Juntos en Misión de la edición de Julio/Agosto 2020 de nuestra revista. Pero queríamos compartir este testimonio inspirador de Serena Sook Lim con nuestros lectores durante estos momentos.

 


Imagen destacada: Serena Sook Lim (sentada a la izquierda) y sus compañeros de trabajo en el Hospital North Central Bronx en Nueva York se toman un descanso y se animan mutuamente a cuidar a los pacientes con COVID-19. (Cortesía de Serena Sook Lim)