Monaguilla Glenda López sonríe mientras espera el inicio de una Misa en la frontera en Nogales, Arizona, 2016 (CNS/Arizona)

Justo antes de comenzar la Misa por la Solemnidad de María, Madre de Dios, le di a la monaguilla a cargo del incienso un curso rápido sobre cómo balancear el incensario correctamente para producir el número deseado de “clics”: tres veces para el Santísimo Sacramento, dos para el Libro de los Evangelios, la vela Pascal y el clero, y uno para la congregación. Sin perder el ritmo, la acólita dijo: “¿Entonces, los clics son parte de la estética?”

Me sorprendió, y me impresionó, no solo por ser una observación astuta proveniente de una estudiante de secundaria, sino de una niña. No me malinterpreten. No es que una niña haya hecho el comentario, sino que en ciertos sectores, incluso ahora, tener monaguillas se debate, se desprecia y, acaso, se prohíbe. Sin embargo, allí estaba ella, una niña de secundaria, recordándome, a un sacerdote de más de 40 años, la belleza de las varias capas de nuestras tradiciones católicas.

La Iglesia Católica Romana continúa luchando con el papel de la mujer, a pesar de que la gran mayoría de los asistentes y trabajadores de la iglesia (maestras, voluntarias, ayuda en la oficina) son mujeres. Y las mujeres siguen siendo la columna vertebral de la mayoría de las parroquias y programas de educación religiosa. Pero, como subrayó ese breve intercambio con la monaguilla, las ideas de las mujeres sobre la vida y la liturgia rara vez se buscan, mucho menos se esperan, pero esas ideas no son solo valiosas sino que son vitales.

La Biblia da fe del noble papel que desempeñaron las mujeres en los momentos críticos de la historia de la salvación. Rut, la moabita, después de enviudar, permaneció fiel a su suegra Naomi, una israelita. Rut se convirtió en una de los antepasados de Jesús. La reina Ester arriesgó su vida para interceder por los judíos que habían sido blanco de exterminio. Y, por supuesto, María, la adolescente, cambió el curso de la historia al aceptar ser madre del Mesías. Jesús respetaba e interactuaba con las mujeres. Las mujeres apoyaron financieramente su ministerio y el de los apóstoles. María y Marta eran sus amigas.

Recientemente, el Papa Francisco trató de restaurar la reputación injustificadamente dañada de María Magdalena al elevarla al rango de Apóstol por su testimonio de la resurrección. No—dicen académicos que estudian la Biblia—ella no fue la mujer tomada en adulterio. En realidad, su situación fue peor. El Evangelio de Marcos señala que Jesús había exorcizado a María Magdalena de siete demonios. Sin embargo, todos los Evangelios están de acuerdo: la primera persona en encontrarse con el Jesús resucitado, la primera persona en dar fe del principio central del cristianismo, fue una mujer que anteriormente estaba poseída, un hecho demasiado vergonzoso para fabricar.

Los santos católicos ofrecen una variedad de formas en que las mujeres han enriquecido la fe. Desde Juana de Arco, que liberó a Francia del dominio inglés, hasta Juliana de Norwich, la primera mujer inglesa en publicar un libro, la valentía y la sabiduría de las mujeres han ennoblecido nuestra herencia católica. Catalina de Siena y Bridget de Suecia persuadieron al Papa Gregorio XI para que abandonara el lujo de Aviñón y regresara a Roma. En los tiempos modernos, Dorothy Day y Flannery O’Connor, ambas mujeres laicas, imprimieron sus talentos para la escritura y sus ideas católicas. En mi vida personal, mi madre, tías, hermana y sobrina (sin mencionar a las compañeras de trabajo) me han dado ejemplos de fe, servicio y desinterés sin los cuales mi comprensión de Dios habría sido unidimensional y miope, es decir, limitado a mi perspectiva masculina.

De modo que la fe y el testimonio de las mujeres están disponibles y están disponibles para todos los que lo busquen, lo encuentren y sean lo suficientemente honestos y abiertos como para apreciarlo.

Sin embargo, hasta que aquellos en los roles de toma de decisiones en la Iglesia encuentren más maneras de enfatizar, alentar y empoderar a las mujeres, la Iglesia continuará tropezando a través de la vida con los ojos vendados, saltando sobre un pie con un brazo atado a la espalda.

La mitad de la población católica merece saber qué piensa la otra mitad sobre la fe. La sabiduría de las mujeres es demasiado valiosa como para ignorarla.

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