Antes de ser ordenado sacerdote Maryknoll en junio de 1966, yo estudiaba en el Seminario Maryknoll en Ossining, Nueva York. Durante estos años de formación, en 1964, mi ministerio pastoral era enseñar el Rito de la Iniciación Cristiana de Adultos en la famosa prisión Sing Sing, una prisión estatal de máxima seguridad y la tercera prisión construida en el estado de Nueva York, ubicada en Ossining, en el mismo pueblo donde se encuentra la sede central de la Sociedad Maryknoll. Esto incluyó servir en el altar para las misas dominicales. Una vez en misa, cuando estaba cargando y balanceando el incensario, me tropecé y derramé un poco de incienso en los escalones. Más tarde me disculpé por mi error con el prisionero que era el sacristán encargado de preparar todo los necesario para la celebración de la misa. Él respondió: “Oh, pensé que era parte de la ceremonia”.

Joseph Healey, M.M.

Recientemente ordenado sacerdote, fui asignado a una parroquia Maryknoll en Dar es Salaam, Tanzania, por cuatro meses. Uno de mis ministerios fue visitar enfermos y confinados en sus hogares para compartir el pan con ellos. Me conmovió profundamente un joven, Daniel, de 23 años, paralizado del cuello para abajo después de un accidente donde él era el pasajero. Debido a las condiciones de atención médica en Tanzania y recursos limitados, él se limita a acostarse en una colchoneta en el piso, y se da vuelta cada cuatro horas para tratar de evitar las llagas. A pesar de esto, su corazón está lleno de amor y alegría. Él alaba a Dios porque puede hablar y su mente funciona con claridad. Otras personas podrían estar maldiciendo su destino, pero él ha fortalecido su fe y está agradecido por las bendiciones que ha recibido. Visito regularmente a este santo vivo, un ejemplo brillante—no solo para las personas de fe—de la importancia y el potencial ilimitado de la gratitud.

Jonathan Hill, M.M.

H

ace muchos años cuando enseñé en el altiplano de Perú, me encontré en una situación muy singular. La escuela, solo para niñas, era una edificación de cuatro paredes de adobe con techo de lata corrugado. Había alrededor de seis filas de escritorios de madera desgastados. Estaban alineados de pared a pared, sin pasillos intermedios, con espacio para que tres estudiantes se sienten en cada escritorio.

No había ventanas. La única fuente de luz era a través de una pequeña puerta abierta en el lado derecho del frente de la habitación. Cuando llegaban las estudiantes, se subían y caminaban sobre los escritorios y luego se dejaban caer en un espacio vacío, ¡listas para la lección! Todas estas niñas aymara tenían el cabello oscuro y la mayoría llevaba paños oscuros sobre sus cabezas. Sin luz, era una tarea difícil distinguir sus rostros. ¡Pero allí estaban!

Helen Phillips, M.M.

C

uando mi esposo Erik y yo servimos en El Salvador como misioneros laicos Maryknoll, trabajé con un grupo de mujeres llamado Perlas de Esperanza. Hacían tapetes decorados y bisutería para vender y obtener un pequeño ingreso para ayudar a sus familias.

Un día llevé en una camioneta a miembros del grupo—Mati, Blanca, Raquel y Delma—y fuimos a varias tiendas en San Salvador para vender sus productos. Nadie estaba interesado en comprar los tapetes, pero las mujeres vendieron algo de bisutería, así que el viaje no fue en vano. En el camino, paramos en un centro comercial para comer. Por primera vez, estas mujeres festejaron con pizzas y helados. Aunque había varios sabores, todas eligieron helados de fresa. Pero sus rostros se retorcieron de miedo cuando subieron la escalera mecánica. El ascensor acristalado fue otra experiencia inolvidable. Las mujeres disfrutaron conocer toda la ciudad, comieron bien y ampliaron sus horizontes.

Margo Cambier