La fundadora de la Iniciativa de Artesanos Refugiados de Seattle, Ming-Ming Tung-Edelman, y un voluntario cortan material para las mascarillas que los voluntarios entregarán a los trabaja- dores de la salud para brindarles protección ante el virus. (CNS, Lindsey Wasson, Reuters/ Washington)

En todo el mundo, la Semana Santa fue diferente este año debido al COVID-19. En ese contexto, el Papa Francisco nos pidió que reflexionáramos sobre los Siete Dolores de María. Tradicionalmente, el viernes anterior al Domingo de Ramos se observa en honor a Nuestra Señora manifestada como la Madre Dolorosa.

San Oscar Romero dijo una vez que la Virgen María es una “peregrina que llega al alma de un pueblo”.  La devoción a la Madre Dolorosa surgió en Europa en la Edad Media y se comunicaba por medio de expresiones populares, medios artísticos, desde las primeras pinturas en los Países Bajos medievales hasta llegar a las obras contemporáneas en África y Asia. Cada retrato hecho en honor a la Madre Dolorosa tiene la misma intención: conmover las almas de los espectadores y transportarnos al pie de la Cruz junto a María.

En medio de la pandemia del COVID-19, durante la Cuaresma y Semana Santa, me acordé de un hecho histórico: la devoción a la Madre Dolorosa alcanzó su apogeo en el momento de la pandemia conocida como la Peste Negra, que aterrorizó a las poblaciones en Europa. En esos momentos, las obras de arte con la imagen de la Virgen Dolorosa, se convirtieron en declaraciones públicas, colocadas en espacios comunes, para inspirar y consolar a los enfermos y a quienes les atendían, así como a los moribundos y los entristecidos.

La Virgen Dolorosa es conocida con otros nombres en muchos países y también se inculturó en las Américas. Yo conocí a la Virgen de la Soledad en México, en el estado sureño de Oaxaca. La leyenda habla de una mula cargada con un enigmático tronco de madera que llegando a un sitio se negó a moverse. Dentro del misterioso baúl encontraron la cara pálida y triste de la Virgen y sus manos “como lirios”. Esta historia comunica una realidad profunda: la Virgen mora con su gente, comparte sus penas y angustias. La roca sobre la que se había acostado la mula, a la entrada de la basílica, a veces filtra agua salada; se dice que son las lágrimas de la Virgen. En tiempos de crisis, una mancha aparece en su rostro.

Durante la Semana Santa en Oaxaca, tradicionalmente se saca a la Virgen de la Soledad de la casilla de vidrio que la protege y la bajan de su pedestal. El vestido brocado de la imagen se cambia por una simple túnica negra y su corona con joyas incrustadas se reemplaza con una sencilla. La imagen se coloca en una plataforma donde los devotos pueden acercarse. Los dolientes vienen a ofrecer sus condolencias a la Madre que llora por su Hijo.

La Madre Dolorosa expresa nuestra pérdida y demuestra nuestro luto durante este tiempo de la pandemia de COVID-19. Experimentamos la soledad del distanciamiento social, igual como María al pie de la Cruz. Nosotros mantenemos distancias, y nuestros seres sufren en aislamiento, afuera de nuestro alcance de poder abrazarlos. La postura de la Virgen en la Crucifixión nos permite, nos obliga, a hacer lo impensable: entrar en la Pasión de Cristo. Al hacerlo, necesitamos ejemplos de fortaleza. ¿No es por eso que el Papa Francisco nos pidió que reflexionemos sobre los Siete Dolores durante la pandemia?

El coronavirus disminuirá, pero los países en desarrollo tienen en su pobreza acceso limitado a la atención médica. Incluso en Estados Unidos los efectos del virus son más nocivos para los más vulnerables: los trabajadores de bajos salarios tienen que luchar aún más arduamente para sobrevivir; los detenidos no reciben visitas y sus audiencias en la corte han sido aplazadas y sus casos prolongados; y los inmigrantes indocumentados no son elegibles para recibir el estímulo económico o beneficios de desempleo. La pandemia pone al descubierto desigualdades ya existentes.

La Madre Dolorosa sabe lo que es ver a un ser querido detenido, encarcelado y agonizando. Conoce esa “espesa oscuridad”, que el Papa Francisco dice viven las sociedades bajo la pandemia. Ella nos enseña a guardar esperanza en el sufrimiento y nos llama a llorar juntos. Si hemos aprendido algo, es que compartimos una vida en común, y un planeta común. ¿Y quién mejor que la Virgen María conoce la fragilidad humana clavada en una cruz? Sigamos buscando su presencia e inspiración.