Residentes de la Fundación Nueva Vida en Panamá sonríen en una foto de 2019. De izq. a dcha.: Elba Angélica Ramos González, Gloria Paz Rodríguez y Cecilia Méndez de Arauz. (María-Pía Negro Chin / Panamá)

Ministerio de hermana Maryknoll continúa brindando cuidado a personas mayores

L a Fundación Nueva Vida en Panamá está haciendo honor a su nombre incluso en medio de la pandemia de COVID-19. A medida que este virus se extendió por todo el mundo, la Hermana Maryknoll Geraldine Brake y su equipo se han adaptado para garantizar que sus residentes de edad avanzada sigan teniendo calidad de vida.

“Somos una pequeña cápsula de lo que está sucediendo en los hospitales y otras residencias para ancianos”, dice la hermana Brake. “Todos estos lugares se consideran de alta prioridad”.

Esta residencia no gubernamental y sin fines de lucro ha cuidado a personas de la tercera edad en Panamá durante los últimos 30 años y la actual crisis de salud no es una excepción.

“Están trabajando duro y hay una unidad increíble”, dice Gloria Paz Rodríguez, 79, residente de Nueva Vida desde hace mucho tiempo. “Nos sentimos completamente seguros aquí … Gracias a Dios y a la Virgen, tenemos una fundación donde estamos bien cuidados y bien atendidos”.

Como en muchos centros de atención para personas mayores en Panamá, las medidas de higiene se han duplicado y se han prohibido las visitas. “Extrañan a sus familias pero se dan cuenta de que (verlas) no es posible en este momento. Es un sacrificio. Todos tienen un sacrificio que ofrecer”, dice la hermana Brake de los residentes, algunos de los cuales están acostumbrados a ver a sus familiares al menos una vez a la semana.

Según estadísticas del Ministerio de Salud panameño, a mediados de mayo, Panamá, un país de 4 millones de personas, reportó más de 8.500 casos confirmados del virus. Hasta ahora, han habido 244 muertes en todo el país.

Los residentes de Nueva Vida, dice la hermana Brake, tienen entre 64 y 101 años de edad, y muchos tienen condiciones de salud preexistentes que podrían hacerlos vulnerables, por lo que las condiciones sanitarias son de suma importancia.

La hermana Brake saluda a la residente María Alcalá en el Hogar Nueva Vida en febrero de 2019. (María-Pía Negro Chin / Panamá)

La hermana Brake saluda a la residente María Alcalá en el Hogar Nueva Vida en febrero de 2019. (María-Pía Negro Chin / Panamá)

Yazmin Salazar, una cuidadora de la salud, y la hermana Brake distribuyen la Hostia consagrada a los residentes mientras usan guantes y mascarillas en abril del 2020. (Cortesía de Geraldine Brake / Panamá)

Yazmin Salazar, una cuidadora de la salud, y la hermana Brake distribuyen la Hostia consagrada a los residentes mientras usan guantes y mascarillas en abril del 2020. (Cortesía de Geraldine Brake / Panamá)

Después de que se ordenó un toque de queda nacional en Panamá—inicialmente a partir de las 5 p.m. hasta las 5 a.m.—el equipo de la hermana Brake ajustó su horario y los cuidadores acordaron trabajar turnos de 16 horas con solo un día libre para continuar brindando atención a los residentes las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

“La buena disposición del personal para hacer ajustes (de tiempo) personalmente y con sus familias es una verdadera bendición”, dice ella, agregando que el desprendimiento del personal la inspira.

La solidaridad entre el personal, las familias y los residentes no sorprende. Es una continuación del compromiso de la fundación de brindar a sus residentes un ambiente saludable, agradable y digno para pasar sus últimos años, dice.

La hermana Brake fundó este ministerio después de trabajar con ancianos panameños que fueron desplazados cuando el ejército estadounidense invadió el país y depuso al gobernante de Panamá, Manuel Antonio Noriega, en diciembre de 1989. La misionera explica que después de que bombardeos obligaron a miles a refugiarse en una escuela cercana, las Hermanas Maryknoll pasaron meses ayudando en el refugio improvisado. Con la ayuda del arzobispo panameño Marcos Gregorio McGrath y organizaciones cívicas, la hermana Brake logró instalarse en un antiguo hospital, donde los enfermos y los ancianos podían sentirse seguros y valorados.

Nueva Vida, ahora ubicada en la antigua Base Aérea Howard en Panamá Pacífico, ha continuado atendiendo las necesidades de la gente. “El símbolo de la fundación es una mariposa, cuya evolución hacia la plenitud de vida refleja nuestra misión”, dice la hermana Gerri, como se le conoce.

Beatriz Grando, la administradora de la residencia, dice que los 78 residentes de Nueva Vida provienen de todos los ámbitos de vida, incluyendo a ministros, reinas de belleza y contadores públicos. “Me gusta escuchar las historias de sus vidas, y me da mucha tranquilidad ayudar (a los residentes) a tener calidad de vida”, agrega.

“El adulto mayor es muy relegado en la sociedad”, continúa Grando, 66. “Todas las organizaciones piensan en el bienestar de los niños, pero a veces los ancianos tienen muy poco apoyo, y están abandonados incluso por las autoridades”.

Los voluntarios de la comunidad a menudo visitaban a los residentes de Nueva Vida para com- partir actividades como bingo, cantos y otros juegos antes de que el COVID-19 se convierta en una pandemia mundial. (Cortesía de Geraldine Brake / Panamá)

Los voluntarios de la comunidad a menudo visitaban a los residentes de Nueva Vida para com- partir actividades como bingo, cantos y otros juegos antes de que el COVID-19 se convierta en una pandemia mundial. (Cortesía de Geraldine Brake / Panamá)

La necesidad de vivienda y cuidado para los ancianos en Panamá refleja el fenómeno global de que las personas están viviendo por más años, dice la hermana Brake. Según las Perspectivas de la Población Mundial de las Naciones Unidas, para el 2050 una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años, frente a una de cada 11 en el 2019.

“Envejecer no es un proceso fácil”, dice la hermana Brake. “Requiere mucha valentía y humildad aceptar las limitaciones del cuerpo e incluso la dependencia absoluta a veces de otras personas”.

La hermana Brake hace eco de los sentimientos del Papa Francisco cuando le dijo a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud que se acercaran a los ancianos como fuente de sabiduría. “Las personas mayores necesitan sentir el amor y la ternura de amigos y seres queridos. Esto los mantiene vivos y les demuestran que son importantes”, dice.

Su equipo de 34 personas, y los voluntarios que los ayudan, muestran amor a los residentes todos los días, ya sea preparando comidas, lavando la ropa, escuchando sus historias o vistiéndose y alimentándolos.

“Las personas que atienden aquí son muy preparadas y lo hacen con tanto cariño, con tanto amor que uno se siente como en casa”, dice la residente Elba Angélica Ramos González, de 90 años.

Cecilia Méndez de Arauz, de 97 años, también siente que la fundación es su hogar y se refiere a la hermana Gerri Brake “como una madre para nosotros. Cuando hay algo que necesitamos, ella lo está adivinando y nos lo da”.

La calidez de familia es algo natural para esta misionera alta, risueña y con una voz dulce. La hermana Brake, de 73 años, creció en Wilmington, Delaware, en una familia de 12 niños. La fe de su familia y la invitación de su madre para ver la bondad en las personas marcaron una diferencia en su vida. “Estoy agradecida por mi familia, que me inculcó un espíritu de fe y amor a Dios”, dice la misionera, quien ingresó a las Hermanas Maryknoll en 1966.

Enviada a Nicaragua en 1972, la hermana Brake ayudó a las personas a reconstruir sus vidas después de un devastador terremoto ese año. Durante sus nueve años en ese país centroamericano, ella también acompañó a la gente durante gran parte de la Revolución Nicaragüense. “Aprendí mucho de mi tiempo en Nicaragua”, dice, y explica que las personas se unieron para ayudarse mutuamente a construir un sentido de comunidad.

Ese espíritu de ayuda mutua también está creciendo en Panamá durante este tiempo de pandemia, dice ella. Muchas familias y personas de la comunidad han donado medicamentos, verduras, productos de limpieza, máscaras y batas de hospital para ayudar a mantener saludables a los residentes de Nueva Vida. Muchos familiares y voluntarios ayudan a desinfectar los edificios. “No están viendo a sus parientes, pero están dispuestos a ayudarnos con la limpieza adicional de sillas o mesas cuando los residentes están en sus habitaciones”, dice la hermana Brake.

“La crisis nos hizo ver en lo frágil que somos y la importancia de la solidaridad con los demás”, agrega Grando.

Ante el COVID-19, la hermana Brake y su equipo se han asegurado de que las rutinas de los residentes se mantengan consistentes para mantener sanos sus cuerpos, mentes y almas. Los residentes continúan con sus oraciones matutinas, celebraciones litúrgicas, fisioterapia y actividades como bingo y películas mientras observan medidas de distanciamiento social.

“El rezo del rosario es aún más importante ahora”, dice la hermana Brake, y agrega que la fe de los residentes se ha fortalecido al rezar en solidaridad por la salud alrededor del mundo.