El seminarista de Maryknoll Diego Ramírez (dcha.), quien es médico de profesión, respondió solidariamente a emergencias en hospitales, clínicas y el asilo Hogar San José en Bolivia. (Cortesía de CMMAL/Bolivia)

L a cuarentena decretada en Bolivia, a raíz de la pandemia de COVID-19, ha interrumpido y transformado el ritmo de vida del Centro Misionero Maryknoll en América Latina (CMMAL) y el de todos los habitantes de la ciudad de Cochabamba, donde tiene su sede. Nada es lo mismo y cuando acabe la cuarentena nada va a ser lo mismo. Como se dice, ya existe “un antes y un después” de esta crisis. En adelante, nuestros programas de formación misionera destacarán una mayor urgencia en salir a “las periferias al encuentro con él otro”.

Cuatro sacerdotes Maryknoll, el seminarista Diego Ramírez y nuestro jardinero, Emilio Olarte, somos los únicos que pasamos nuestros días de cuarentena en el centro misionero. No solamente nos hemos adaptado a las restricciones señaladas por el gobierno, sino que estamos aprendiendo a apreciar que en medio de toda crisis existen oportunidades inesperadas y apreciamos los beneficios de la más importante solidaridad social.

De los cinco misioneros Maryknoll confinados en estos casi tres acres de terreno en el que se encuentra el Centro Misionero Maryknoll para América Latina—antes lleno de empleados, profesores, voluntarios, y estudiantes de misión—uno que ha dado un particular ejemplo de solidaridad social es el seminarista Maryknoll Diego Ramírez, quien nació y se educó en el pueblo de Morelos, estado de Coahuila, en México, antes de entrar a prepararse para ser miembro de los Padres y Hermanos Maryknoll.

Después de un estudio intensivo del idioma quechua por seis meses, Diego estaba preparado para iniciar su práctica pastoral, durante sus dos años de capacitación misionera en el extranjero que Maryknoll ofrece a sus candidatos en Bolivia. Él iba a vivir en una comunidad quechua hablante en una pequeña comunidad rural. Siendo médico de profesión, Diego, además de su formación pastoral, iba a colaborar en una clínica para ayudar a sanar a los habitantes más necesitados del lugar.

Pero en la víspera de su partida a esta zona en la periferia llegó la noticia de la declaración de la cuarentena. Eso cambió abruptamente sus planes. En vez de salir a realizar su compromiso pastoral, Diego tuvo que venir a vivir en comunidad con nosotros en el Centro Misionero. Sin embargo, desde el primer día respondió no solamente dando servicios a los misioneros de mayor edad de nuestra comunidad sino que como médico ha podido responder a las emergencias en hospitales y clínicas de la ciudad y también en el asilo Hogar San José, donde dos de sus compañeros seminaristas, Matthew Sim y Charles Ogony, y el Hermano Maryknoll Ryan Thibert están pasando la cuarentena realizando servicio voluntario para los residentes.

En el centro misionero, Diego tomó la iniciativa de quedarse a cargo de la cocina y ser nuestro cocinero, aprovechando la experiencia laboral que adquirió en un restaurante en Texas, en el que trabajó durante su época de estudiante.
Diego describe con estas palabras cómo se ha sentido en lo que llama su voluntariado de cuarentena: “Cumplir con la voluntad de Dios en la misión no es simplemente responder a las necesidades del pueblo en momentos formales eclesiales sino cuando surgen emergencias urgentes como la crisis de COVID-19”.

Nadie sabe cuánto tiempo va a durar la cuarentena en Bolivia. Sin embargo, en los próximos años cuando reflexionemos sobre cómo nos afectó esta experiencia de distanciamiento social, vamos a poder recordar las experiencias de haber practicado la solidaridad social adentro y afuera de nuestra comunidad y centro misionero de varias maneras únicas e inolvidables.

Sin lugar a dudas entre nuestros recuerdos destacados estará el testimonio de vida de nuestro hermano seminarista Diego Ramírez.

Otros momentos, como la Semana Santa de este año, sentados en la mesa para las comidas festivas que hemos celebrado juntos, también van a estar presentes en el reconocimiento del Jesús Resucitado en el “partir del pan” de una manera diferente pero no menos profunda que en las liturgias formales celebradas en nuestra capilla.