Los Campamentos de Confinamiento en Estados Unidos en 1942
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A los 87 años, Helen Hannan Parra tiene una misión: contarle a todas las personas que pueda sobre el injusto confinamiento de japoneses-estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial en campamentos de reubicación, “para que en el futuro, algo como esto nunca vuelva a suceder”.

Parra tenía 12 años en 1945, cuando su padre, un abogado, decidió llevarse a toda su familia con él, a trabajar a dos de los 10 centros de reubicación, que el gobierno de los Estados Unidos había establecido, para segregar a los japoneses-estadounidenses poco después del bombardeo japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941.

“Me di cuenta de que esto era horrible y de hecho comencé a escribir un libro sobre eso, debajo de mi cama”, dice Parra, refiriéndose al encarcelamiento masivo de personas que llegó a conocer. Aunque perdió sus notas hace años, la octogenaria de Sacramento, California, nunca perdió sus recuerdos. Ella los comparte desde la perspectiva de su infancia en Two Days and One Suitcase, el libro que escribió recientemente con la autora Anne Neuberger.

Al explicar el título, dice: “Quise que el libro vaya a jóvenes adolescentes, quienes podrían tener la curiosidad suficiente para decir: ‘¿Dos días y una maleta? ¿De qué se trata esto? Y tomar el libro (para leerlo)”.

Estos lectores conocerán a la joven Helen Hannan como realmente es ella, a su hermana Mari, de 16 años, y a su hermano Larry, de 14, y el por qué ellos dejaron su “cómoda” vida en un suburbio de Chicago para vivir entre personas que en muchos casos solo tuvieron dos días para prepararse para cambiar de vida. A los evacuados solo se les permitió llevarse las pertenencias que pudieran meter en una pequeña maleta antes de ser conducidos a los llamados campamentos de reubicación.

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El Tule Lake Segregation Center, el último de los centros de reubicación en cerrar, en 1946, estaba rodeado por cercas de alambre de púas y protegido por soldados con armas de fuego en las torres. (Foto cortesía de Helen Parra)

“Mi papá nos contó sobre la Orden Ejecutiva 9066, que el presidente Franklin D. Roosevelt firmó el 19 de febrero de 1942. FDR estaba bajo presión de aquellos que temían que la gente de ascendencia japonesa pudiera volverse contra nosotros. Esa orden dio como resultado que nuestro país encarcelara a 120.000 personas, dos tercios de ellos ciudadanos estadounidenses”, dice Parra.

Cuando terminó la guerra en Europa, explica, su padre, quien había estado en el ejército entrenando tropas para Europa, sintió que en lugar de regresar a su bufete de abogados, tenía el deber cristiano de ir y ayudar a los japoneses-estadounidenses a prepararse para el reasentamiento a medida que se cerraban los campamentos. “Mi madre estuvo de acuerdo”, dice Parra. “Así que nos fuimos, primero al Grenada War Relocation Center en Colorado, mejor conocido como Campo Amache, y luego al Tule Lake Segregation Center en California”.

Los lectores de Two Days and One Suitcase siguen a los Hannan al interior de los campamentos. Al entrar a Campo Amache, la primera impresión de la joven Helen es la cerca de alambre de púas que rodea el área. “Me hizo pensar en un animal feroz con los dientes al descubierto”, dice. En la caseta de vigilancia, donde su padre tiene que mostrar su identificación, Helen se asusta al ver a un guardia con “una pistola muy larga”.

Pronto descubre que mientras su familia está alojada en un apartamento de tres habitaciones con sala, cocina y baño, los internos japoneses viven en barracones donde los cuartos abarrotados no tienen cocina ni baño. Los internos deben comer en un comedor y usar baños comunes que no les brinda ninguna privacidad.

 

Mari Hannan está flanqueada por dos de sus amigas, Aki (izquierda) y Toshi, a quienes conoció cuando sus amigos y sus familias fueron internados en el Centro de Segregación de Tule Lake en California. (Foto Cortesía de Helen Parra)
La precoz Helen dice: “El mundo entero estaba en guerra, pero ¿por qué deberían encarcelar a un grupo de estadounidenses?” De adulta expresa la misma incredulidad: “Estas personas no habían hecho nada malo, pero de repente eran el enemigo, porque lucían como el enemigo”.

Ella y sus hermanos, siguiendo el ejemplo de sus padres, estaban decididos a hacer todo lo posible para hacer la vida un poco más llevadera para los internos: invitar a sus nuevos amigos japoneses a sus habitaciones para hacer papas fritas y llevar a los niños más pequeños a la piscina en la ciudad.

Los Hannan no fueron los únicos caritativos. En ambos campos se encontraron con sacerdotes Maryknoll que habían llegado a estas prisiones para estar con la gente.
El rostro de Parra se ilumina cuando habla del padre John Swift, que sirvió en Amache, y del padre Joseph Hunt en Tule Lake.

El padre Swift había servido en una parroquia en Los Ángeles con feligreses predominantemente japoneses-estadounidenses. “Simplemente recogió la parroquia y la trasladó al campamento”, dice Parra. Además de ofrecer la misa y los sacramentos, dice ella, ofreció las obras espirituales de misericordia. “Estas personas estaban tan asustadas que hasta pensaban que eran malas personas, ya que fueron encerradas por el gobierno”, dice. “Él, los alimentó espiritualmente, ayudándoles a comprender que eran buenas personas y que las buenas personas han sido perseguidas a lo largo de la historia”.

El Padre Maryknoll Richard Bauer muestra los cuatro puntos de su protocolo para trabajadores de la salud durante una pandemia.
Los Hannan: (de derecha a izquierda) Mari, Larry, su mamá y Helen posan con un amigo antes de que la familia se vaya del Tule Lake Segregation Center cuando su papá terminó su trabajo allí en 1946. (Foto cortesía de Helen Parra)
El padre Hunt, dice ella, estaba más enfocado en las obras corporales de misericordia. “Iba a la ciudad y compraba para la gente, a la que no se le permitía salir del campamento. ¡Imagínese al pobre teniendo que comprar tantas cosas para tanta gente! Pero eso fue lo que hizo hasta que mi hermana Mari se hizo cargo de las compras”.

El padre Hunt, dice Parra, había servido como misionero en Corea y Japón y había venido a Tule Lake poco después de regresar a los Estados Unidos en 1942. Ella recuerda que metió en su automóvil a tantos niños internados como pudo y los llevó de paseo. Ella estaba con ellos una vez cuando de repente el coche se averió. “Fue una noche fría de invierno”, recuerda. Mientras esperábamos ayuda, el padre Hunt salió del coche y se sentó en el parachoques leyendo su breviario. Recuerdo haber pensado: ‘El está haciendo todas estas cosas prácticas, pero ante todo es un sacerdote de Dios’”.

“La gente adoraba a ambos sacerdotes”, dice, “porque eligieron estar aquí. Amaban a la gente”.
Helen y su familia también llegaron a amar a la gente. “Éramos del medio-oeste del país y nunca conocimos a ningún japonés-estadounidense. Vivían principalmente en la costa oeste”, dice. “Nos impresionó su dignidad y paciencia. Estaban en una situación horrible, pero sentían: ‘Esta es la única vida que tenemos en este momento. Y será mejor que lo vivamos lo mejor que podamos’”.

En 1988, el gobierno de los Estados Unidos admitió el daño que había hecho a los estadounidenses de origen japonés y pagó a cada interno vivo 20.000 dólares en reparación. Pero Parra lo encuentra inadecuado. “Nunca se puede reparar una injusticia”, dice. “La mayoría de los japoneses-estadounidenses no tenían a donde regresar. No se puede devolver a un médico su práctica, ni un abogado a sus clientes, ni a los agricultores sus tierras”.

Ella repite lo que dijo su padre: “Cuanto más alto es el puesto en el que estás, mayor es la obligación que tienes de hacer lo correcto”.

Ella tiene la esperanza de que mientras se cuente esta historia a nuevas generaciones de estadounidenses, es menos probable que la repitan cuando sean los líderes.
En cuanto a ella misma, Parra dice: “Ver esta equivocación cuando tienes 12 años me ha hecho andar con la antena en alto, buscando injusticias. Seguiré reclamando todo el tiempo que pueda”.

 

Imagen destacada: Japoneses-estadounidenses solo tuvieron dos días para prepararse y solo pudieron llevar una maleta a los campamentos de segregación en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto cortesía de Helen Parra)

About the author

Margaret Gaughan

Margaret Gaughan es miembro del equipo de la revista MARYKNOLL desde 1988, primero como redactora de copias, luego como redactora asistente, y como jefa de redacción desde el año 2000. Una ex Hermana de la Divina Compasión, ella fue profesora de escuela intermedia y directora de educación religiosa; tiene una licenciatura en Inglés de Good Counsel College en White Plains, Nueva York, y una maestría en estudios religiosos de la Universidad de St. Mary en Winona, Minnesota.

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