La Alegría de Estar Juntos
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Hermana Maryknoll comparte  bendiciones y es bendecida al servir en Timor Oriental

Una mañana, cuando estaba en un mercado en Timor Oriental, la Hermana Maryknoll Susan Wanzagi tuvo una experiencia para la que no estaba preparada.

“Una mujer se me acercó y dijo, ‘Debido a que no fui a misa, quiero besar su mano para recibir una bendición’”, recuerda ella. Aunque inicialmente desconcertada, pero conmovida por el respeto de la mujer por su vocación religiosa, la hermana Wanzagi accedió. “Tengo muchas bendiciones que puedo compartir con los demás”, dice.

Desde el 2018, ella ha hecho precisamente eso en Timor Oriental, en el sureste de Asia, donde sirve en misión.

La hermana Wanzagi, quien nació en Musoma, Tanzania, es una de cinco hermanas Maryknoll, todas de diversas culturas, quienes actualmente sirven en la parroquia San Pedro y San Pablo en el distrito montañoso de Aileu. Allí ella usa sus habilidades y experiencia como maestra para hacer lo que ella llama “educación informal”, fuera del entorno escolar. “Enseño inglés a niños, jóvenes y profesionales como médicos, bomberos y policías”, dice.

Las hermanas Maryknoll Julia Shideler (izquierda) y Susan Wanzagi (derecha con mascarilla) visitan hogares y escuchan las preocupaciones de sus vecinos en el distrito de Aileu. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

Las hermanas Maryknoll Julia Shideler (izquierda) y Susan Wanzagi (derecha con mascarilla) visitan hogares y escuchan las preocupaciones de sus vecinos en el distrito de Aileu. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

Ella también trabaja con un club juvenil que tiene como objetivo ayudar a profundizar la fe de los jóvenes timorenses a través del estudio bíblico semanal, retiros, celebraciones de fiestas y cantos en su iglesia parroquial.

“Estos jóvenes están aprendiendo que ser cristiano significa tender la mano para ayudar a los necesitados, visitando a los enfermos y realizando obras de caridad”, dice la hermana Wanzagi.

La parroquia, añade, tiene un grupo de la Divina Misericordia que, como otros grupos similares en todo el mundo, está comprometido a difundir el mensaje del amor de Dios para todos. Esta devoción se encendió con las apariciones en la década de 1930 de la hermana polaca Faustina Kowalska, ahora santa, en las que Jesús la instruyó a dar a conocer el amor misericordioso de Dios de diversas maneras. Todos los grupos de la Divina Misericordia se comprometen a rezar oraciones especiales cada tarde a las 3 en punto, la hora de la Crucifixión.

“En nuestro grupo rezamos las oraciones de la Divina Misericordia todos los días a las 3 en punto y visitamos a las personas que están enfermas en casa o en el hospital”, dice la hermana Wanzagi. “También visitamos a personas necesitadas, ancianos y discapacitados. Preparamos y distribuimos paquetes de cosas básicas como comida, champú, aceite y jabón”.

A veces, dice, los grupos de jóvenes y de la Divina Misericordia trabajan juntos en obras de caridad.

La misionera Susan Wanzagi (polo blanco) se une al grupo de mujeres para limpiar su maizal después de cosechar para alimentar a sus familias y vender la cosecha sobrante. (Cortesía de Susan Wanzagi)

La misionera Susan Wanzagi (polo blanco) se une al grupo de mujeres para limpiar su maizal después de cosechar para alimentar a sus familias y vender la cosecha sobrante. (Cortesía de Susan Wanzagi)

La hermana Wanzagi ve su papel en todos estos grupos como de asesoría. “Mis ministerios me ayudan a compartir el amor de Dios con los timorenses y entablar relaciones con ellos”, dice.

Cuando los frailes dominicos portugueses llegaron por primera vez a Timor Oriental con comerciantes portugueses en el siglo XVI, plantaron la semilla de la fe cristiana y la Iglesia católica, que ha ayudado a la gente a sobrevivir a las ocupaciones de naciones extranjeras y a un tremendo sufrimiento, persecución y guerras. Los católicos hoy constituyen alrededor del 85% de los habitantes del país, y la hermana Wanzagi es inspirada por su religiosidad.

Ella también encuentra que la cultura timorense es muy similar a su propia cultura tanzana. “Por ejemplo”, dice, “cuando visitan a una familia, ellos le prepararán la comida, y si no tienen mucha comida, prepararán café o té. Esta cultura de generosidad es la misma que mi cultura de Tanzania y esto me hace sentir como en casa”.

La misionera Maryknoll Susan Wanzagi sonríe al fondo mientras los niños a los que ella enseña muestran sus obras de arte. Además enseña inglés a niños, jóvenes y profesionales en Timor Oriental. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

La misionera Maryknoll Susan Wanzagi sonríe al fondo mientras los niños a los que ella enseña muestran sus obras de arte. Además enseña inglés a niños, jóvenes y profesionales en Timor Oriental. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

Timor Oriental tiene dos idiomas oficiales, el portugués y el tetún, el dialecto del pueblo timorense. Entonces, además del swahili, el inglés y los dialectos tribales de su propio país, la hermana Wanzagi se concentró en aprender el dialecto tetún poco después de su llegada a Timor Oriental, tomando clases formales en la escuela de idiomas en la capital de Dili durante dos meses. Ahora habla tetún con fluidez, lo que le permite ser útil y desarrollar amistades con muchas mujeres, adolescentes y niños con los que trabaja. “Doy gracias a Dios porque ahora hablo tetún y me gusta mucho el dialecto”, dice.

La hermana Wanzagi y el grupo de voluntarios de la Divina Misericordia visitan a un vecino anciano. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

La hermana Wanzagi y el grupo de voluntarios de la Divina Misericordia visitan a un vecino anciano. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

La República Democrática de Timor Oriental es una de las naciones más pobres del mundo. Según el Banco Mundial, el 20% de la población está desempleada y el 53% vive con menos de 1,25 dólares al día. Como resultado, muchos luchan por alimentar a sus familias, educar a sus hijos y cuidar a sus enfermos, todo lo cual conduce al abuso doméstico y, a veces, al abandono por parte de los maridos. La desesperación ha llevado a muchos hombres y mujeres al suicidio.

Durante la pandemia de COVID-19, las mujeres que tenían un pequeño negocio de venta de alimentos o donas tuvieron que cerrar y pronto se sintieron incapaces de alimentar a sus familias.  Entre ellas estaba un grupo de mujeres a quienes acompaña la hermana Wanzagi. El grupo decidió buscar una solución.

“Decidimos tener un huerto y empezamos a cultivar hortalizas, camote, papas blancas y maíz”, dice la hermana Wanzagi. “Esto ha permitido a las mujeres alimentar a sus hijos y familiares, así como desarrollar sus habilidades agrícolas”.

Al cultivar suficientes alimentos como grupo, pueden vender el excedente de lo que cultivan, lo que ayuda a que el proyecto sea sostenible y una fuente de ingresos.

“Otro resultado muy positivo y más importante”, agrega la hermana Wanzagi, “es que ha ayudado a las mujeres a construir buenas relaciones entre ellas y a experimentar que trabajar juntas les da fuerza”. Esto, dice ella, es una bendición para todos.

Imagen destacada: En camino para entregar donaciones, la Hermana Susan Wanzagi (que sostiene una bolsa de suministros en su cabeza) y jóvenes se detienen para tomarse un selfie. (Cortesía de Susan Wanzagi/Timor Oriental)

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Mary Ellen Manz, M.M.

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